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Josep Colom



Josep Colom

Josep Colom (Barcelona, 1947) lleva en la mano una imaginaria lámpara con la que busca la verdad de cuanto le rodea. La música es para él, según confiesa, un acto de exploración profunda y, al mismo tiempo, una inmejorable vía de comunicación con el resto del mundo. Ante ese mundo, el pianista o, mejor, el artista, se posiciona con la humildad y la valentía del Diógenes griego, desnudo de ataduras.

El mes pasado, su recital en el Ciclo de Grandes Intérpretes fue para algunos un descubrimiento y para la mayoría la confirmación de la hondura de Josep Colom…

Hablar de hondura es, quizá, el mejor elogio que hoy se le puede hacer a un músico. Digamos que, como en el ejército, el oficio se te supone cuando tocas en un ciclo de tal prestigio y, por tanto, la solvencia técnica no es, en sí, un mérito. Tampoco es que podamos estar siempre a salvo de tener una mala tarde, ¿verdad?, pero, por encima incluso del nivel de la ejecución, creo que el objetivo está en la profundidad de los planteamientos. Los autores que toqué en ese recital me son muy afines. He convivido con ellos durante muchísimos años y, de alguna manera, acabas sintiéndolos casi como amigos tuyos. Al tocar obras que empezaste a abordar en tu juventud encuentras un poso que vas enriqueciendo cada vez que retornas a ellas.

Ya que menciona lo de la afinidad, me sorprendió encontrar a Bach entre esos autores.

He tocado Bach desde siempre. Sin embargo, es verdad que en público lo he frecuentado poco. A mí me tocó vivir la época en la que había mucha reticencia a abordar su música desde el piano. Estaba incluso mal visto. Flotaba en el ambiente un planteamiento muy academicista, tan respetuoso que lo ahogaba. Había que pensárselo muy mucho antes de aportar algo personal y, honestamente, durante mucho tiempo no me he atrevido a tocar Bach en público.

Habla usted en pasado…

Sí. Afortunadamente, el movimiento de la música antigua ha dado la vuelta a esto. Se entiende la partitura como un esquema para ser completado por el intérprete y eso te hace sentir mucha más libertad. Actualmente me apetece mucho tocar Bach.

Si no le estoy entendiendo mal, ¿viene a decirme que hemos vuelto a las libertades interpretativas de la mano del mismísimo purismo historicista?

En cierta medida, sí. Ese purismo al que alude, en realidad, nos está dando lecciones de libertad. Bach es un repertorio que marca una frontera histórica. Mientras para los clavecinistas es el final de su repertorio, la culminación si se quiere, para nosotros, los pianistas, es el inicio. Bach no llegó a conocer el pianoforte, si exceptuamos algunos prototipos Silbermann que, por cierto, no le convencieron demasiado. Por tanto, se trata de un repertorio que no nos corresponde directamente, pero por su repercusión en la música posterior es el origen. No hay compositor posterior que no haya sido influido por él: Mozart, Beethoven, Schumann, Chopin, Schoenberg… ¡todos! Creo que le vemos con reverencia en tanto que fundador, por decirlo de alguna manera. A ello hay que sumarle esa  herencia pseudo-academicista heredada de los años sesenta y setenta según la cual había que ser radicalmente fieles al texto, a pesar de tratarse de textos en los que no tenemos nada más que las notas. Esa concepción correspondería con fidelidad a un texto de Stravinski, pero no a lo escrito por un músico del Barroco.

Admiro su valentía, porque cosas como la que me acaba de decir suelen levantar polvareda.

La lección de los clavecinistas que han investigado el tema a fondo, como Leonhardt o toda la escuela posterior, nos enseña que es necesario contemplar con amplitud de mira los aspectos ornamentales, agógicos e históricos de estas obras. Desde el punto de vista del piano, ¿por qué no vamos a utilizar los pianistas las posibilidades dinámicas que nos brinda nuestro instrumento?

El propio Leonhardt, hace algunos años, me decía muy tajantemente que los pianistas interpretan la música de Bach de forma completamente equivocada…

Respeto su opinión aunque no la comparta. La libertad interpretativa de la que hablo empieza ahora a no verse como una fantasía o un mero producto de libertinaje, sino como algo que forma parte del estilo mismo. Sobre la eterna cuestión de si tocar al Bach al piano has de jugar con todos los recursos, lo que es totalmente absurdo es tratar de imitar el sonido del clave, partiendo de la base de que además es una misión imposible. Si tocas un piano, tocas un piano, con todas sus consecuencias. Si no, tocaríamos el clave, ¿no? Creo que puedes inspirarte en la estructura y la claridad de las líneas, pero no buscar la imitación. También en el concepto del tempo está aflorando la libertad en forma de flexibilidad. Estamos tan influidos por nuestro aprendizaje dentro de los patrones del compás que, cuando un fraseo tiende a tirar de nosotros hacia una mayor elasticidad, sentimos una especie de culpabilidad métrica. Esto, que evidentemente es mucho más relevante para la música del XIX, tiene, a mi manera de ver, plena vigencia también aquí.

¿Y si le pregunto cómo entiende usted la música, en general?

Bueno… ¡ésa es la gran pregunta! Entiendo la música… como un lenguaje. Un lenguaje que no necesita palabras. En segundo lugar, diría que es una ventana abierta a la trascendencia, a algo que está fuera del tiempo o fuera de esta dimensión. No soy especialmente místico pero tengo conciencia de que hay algo, algo que no nos es posible explicar. A continuación, sin querer parecer pretencioso, diría que la música es, también, una manera de conocerme a mí mismo en el proceso por comprender las experiencias y emociones que han tenido músicos con dotes por completo fuera de lo normal y que nos han legado sus obras. Ese proceso lo entiendo más desde el campo de la emoción y del sonido directo que desde el intelecto. Es una manera de abordar las obras que me viene desde niño.

Juan García-Rico
(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 257, Noviembre 2010)

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