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Canción cansina



Canción cansina

Cada cierto tiempo llegan voces lastimeras —y sus correspondientes ecos— acerca del estado en que se encuentra la música contemporánea en España. Generalmente proceden de directores o compositores que pertenecen a las filas de los que han hecho de ello parte fundamental de su trabajo o su trabajo entero. Es decir, que dependen de dos cosas fundamentales, a saber, el apoyo de las administraciones culturales y el favor del público: unas administraciones a las que piden y un público al que riñen con frecuencia por no ser partidario. De entre los creadores, como sucede en la literatura o en la pintura, suelen ser los más privilegiados por las circunstancias los que más se quejan, pues aunque se les programe se lamentan de que se hace menos de lo que se debiera. Nadie puede negar el derecho del artista a procurarse una presencia activa que lleva consigo, además, aunque sea en muy pocos casos, la autonomía profesional, pero también cabe preguntarse si el discurso de los quejosos no corresponde a un sentido excluyente de esa misma profesión, a una suerte de limitadísimo esprit de corps al que la evolución de las cosas da la espalda. En la esencia de ese discurso está la consideración unívoca y poco realista de lo contemporáneo no como lo que pertenece al tiempo presente sino como aquello que representa una de las facetas de ese tiempo presente, exactamente la que trató de adueñarse del discurso musical en los años de la posguerra y que paulatinamente hubo de confrontarse con otras ideas estéticas, con otros modos de composición y de comunicación que partían de raíces distintas, incluidos, naturalmente, los que habían asimilado, entre ellas, la propia corriente de la vanguardia atonal.

Del mismo modo que el surrealismo es un clásico sentado en la academia, también están ya en ella —si no fuera así habría que lamentarlo— las ideas de Schoenberg o Cage, esas de las que salieron logros indiscutibles pero también hijuelos que, ajenos a la realidad, siguen tratando de convencer al oyente que no los oye de que sólo la investigación y el análisis tienen sentido en un mundo en el que, a contrario sensu, la experiencia de la vida parece conducir a aquel a la búsqueda de una compañía que determinada música de hoy, bien valorada por los profesionales, no le presta.

Queja igualmente recurrente es el escaso interés de las orquestas españolas en estrenar o reprogramar estas obras nuevas, lo que si se aplica a las que pertenecen a lo que nuestros quejosos se refieren no deja de ser verdad. Pero, acudamos por ejemplo a la programación del mes de febrero de la OSG: estrenos absolutos de Vladimir Rosinskij —viola de la propia orquesta y residente en España hace muchos años— y Federico Mosquera, y estreno en España de Toshio Hosokawa en tres programas de abono seguidos. Claro, para algunos no son contemporáneos, pero sí que lo son, pues viven al mismo tiempo que nosotros. Como viven las generaciones posteriores a la de los quejosos, aquellos que han sabido crearse un estilo que no reniega de un pasado inmediato y ya insoslayable si se quieren hacer las cosas con seriedad y que saben de sobra dónde está la clave del hacer música y cómo la vocación está en la esencia y no en la cáscara. Y en dar a esas generaciones —por ejemplo a la de los que están entre los cincuenta y los sesenta años de su edad y, por tanto en puertas de la definitiva madurez— lo que se merecen, que es ser programados porque hacen una música de enorme calidad, es donde hoy tendrían los responsables de los abonos orquestales la máxima responsabilidad. Y cuando se hagan mayores, los siguientes y así sucesivamente. Basta con mirar la programación de la Orquesta de la Radio de Finlandia para comprobar cómo puede armonizarse la protección a lo propio con la atención al gran repertorio. Por cierto, en España también tenemos una orquesta de la radio —y la televisión— a quien correspondería seguir con esa obligación que le dio sentido en su día. Por ahí hay que ir y no en dirección a ese muro de las lamentaciones que nada tiene que ver con la realidad de un mercado cultural que en otros ámbitos —la literatura, por ejemplo, y hasta la pintura— han entendido mucho mejor, empezando por unos creadores que se saben mucho mejores que los que triunfan pero callan, quizá por autoestima.

(Editorial publicado en el nº 327 de Scherzo, de marzo de 2017)

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