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Ricardito y el Imperio




PorBlas Matamoro - Publicado el 27 Marzo 2014

Ricardito y el Imperio

Entre las tantas cosas que se llevó por delante la guerra de 1914 figura el Imperio alemán, que no llegó a cumplir su medio siglo. Sin embargo, perduró hasta después de la segunda conflagración mundial en la figura de su músico más notorio, Richard Strauss. Heredero de Wagner, mereció el rebautizo de Richard II o, más familiarmente, Ricardito, proporcional al gran Ricardón.

No obstante esta envergadura nacional, lo suyo le costó ser aceptado como, primero, notable director de orquesta y segundo, compositor protagónico en todos los géneros. Sus poemas sinfónicos parecieron a muchos unos engendros amorfos, suerte de óperas sin canto, hibrideces. Críticos mordaces y espectadores rabiosos que abandonaban las salas en medio de un concierto, preludiaron su fama posterior.

El emperador Guillermo II, tan aficionado a la música y al teatro que supervisaba los ensayos en los teatros oficiales como una suerte de hiperdirector de orquesta y de escena, detestaba a Strauss y se lo dijo en plena cara (inclinada y reverencial, dicho sea de paso). No obstante, lo nombró maestro de capilla de la corte, en Berlín. El músico bávaro fue honrado por el monarca prusiano, acaso porque era uno de los emblemas culturales del Imperio. Junto a una filosofía incomprensible, una música como lenguaje universal y comprensible.

Strauss fue aclamado y requerido por todas partes, desde Londres a Petersburgo, desde Nueva York a Buenos Aires. Tuvo tropiezos, ya señalados, en especial por su blasfema Salomé y por la acumulación de disonancias en las orillas de lo atonal durante la escena del reconocimiento en Electra. Alemania era un país musicalmente conservador donde dominaba el academicismo de los Schillings, Pfitzner y Reger, frente a la revolucionaria Viena de Mahler y sus seguidores. Viena, siempre más cercana a Munich que Dresde o Berlín. Lo curioso de Ricardito es que su celebridad, con tanto de racial, debía lo suyo, naturalmente, a Ricardón pero más aún a dos músicos no alemanes: el húngaro Liszt por sus poemas sinfónicos y el francés Berlioz por su virtuosismo orquestal.

Y así sobrevivió el Imperio a la carnicería del Somme y de Verdún. Strauss siguió, como si tal cosa, evocando a los héroes clásicos o montando comedias de salón aristocrático, en la línea de sus caballeros y sus rosas de plata. La segunda derrota alemana ensombreció su vejez y le permitió dar unas obras ensimismadas, depuradas, de una ascética melancolía, como las Metamorfosis y los Cuatro últimos Lieder. Todo eran ruinas en derredor pero el Imperio ideal, hecho de vibraciones invisibles e intangibles, siguió en pie y continúa pidiéndonos que lo visitemos.