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Pablo González



Pablo González

En el director de orquesta Pablo González (Oviedo, 1975) se dan cita el entusiasmo y la reflexión, la agudeza y la emoción, envuelto todo en lo que se diría una tendencia indisimulable al equilibrio. Las cosas de la vida y las de su oficio se entrecruzan con la naturalidad de quien parece haber vuelto de algún lejano confín de su propia vida interior y no puede dejar de reflejar ese viaje en su trabajo como músico. Director titular de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya desde 2010 y hasta el final de la próxima temporada, recibe a SCHERZO tras haber corrido la maratón de Madrid y antes de viajar hacia su debut en Australia.

¿Por qué elige Londres para su formación musical?

Yo quería estudiar flauta. Había empezado en Asturias con Juan Manuel Díaz y luego en Barcelona con Magdalena Martínez. Y ella me dijo que Londres era el sitio ideal para mí, con lo inquieto que yo era, tocando la flauta, el piano, queriendo componer… Y el consejo fue un acierto total, allí tuve el despertar como músico y como ser humano, en una ciudad con la que me identifiqué enseguida, en la que puedes coger de aquí y de allá, cambiar de rumbo cuando quieres, llena de actividad, de cultura. Fue llegar y decidir ir a por todas.

Y, en Londres, la Guildhall School of Music and Drama.

El sistema educativo era muy abierto y en la Guildhall, las posibilidades infinitas. Podía ir al jefe de estudios y decirle quiero más de esto y menos de lo otro. Y negociábamos. “Si quieres hacer dirección te quito una hora de flauta”. Y yo le decía que de acuerdo pero que me quitara otra de flauta y me pusiera alguna de composición. O que, mejor que tres de contrapunto, dos de dirección y una de composición. Y así.

La Guildhall no tiene ahora curso de dirección de orquesta.

Aquel era un momento muy interesante allí porque ellos habían tenido un curso de dirección y empezaban a creer que eso no se podía enseñar. Pensaban que, en su experiencia, en los grandes directores lo que cuenta es la personalidad y eso se aprende más en el medio propio que en una enseñanza regulada. Así que decidieron terminar con el curso pero mantener el profesorado y me ofrecieron un reto: “Si quieres estudiar dirección de orquesta demuéstranos que vas a ser un gran director. Si la cosa va para adelante te apoyamos”. Así que junté a cincuenta y seis compañeros de la escuela y, después de tres clases con Alan Hazeldine, que había estudiado con Celibidache, hicimos una Primera de Beethoven que fue un éxito. Y después, con ochenta, una Quinta de Shostakovich. Más clases individuales, más análisis y fuimos haciendo un curso casi a la carta. Abrieron la posibilidad de graduarse como director para mí y la volvieron a cerrar. Y en esos años aprendí también algo muy importante en esta profesión: si de verdad quieres algo, pelea por ello y, si tienes algo que comunicar, motiva a quienes van a estar contigo. Mis compañeros venían a los ensayos, de 6 a 9 de la noche, porque les gustaba, porque era para ellos una motivación muy especial. Y así me di cuenta de cómo hay que aprender a dirigir, que la teoría es importante, claro que sí, pero que también hay que empezar pronto. En España las cosas han cambiado pero en aquella época, hace quince años, todavía había una mentalidad muy teórica, hacer muchas cosas, terminar muchos años de armonía y de composición y, cuando casi tenias treinta, te ponían delante de una orquesta. Y hay quien tiene esa capacidad de comunicación y quien no, aunque pudiera componer fugas como nadie pero sin esa habilidad para conectar con un grupo. En Londres, allí y entonces, era al revés: tu demostrabas esa capacidad de conectar, de inspirar, y ellos te apoyaban.

Y enseguida a trabajar.

Doce días después de graduarme como director en la Guildhall saqué la plaza de asistente en la Sinfónica de Bournemouth y allí dirigí en dos años sesenta conciertos. Esa formación de aprender trabajando no la cambiaria por nada del mundo. (...)

De su síndrome de fatiga crónica usted ha dicho: “La enfermedad estaba allí para que aprendiera a ser feliz”.

Bueno, es una expresión muy personal de lo que yo viví, algo que a algunas personas enfermas les puede ayudar y a otras hasta molestar. Pero, a toro pasado y mirando el proceso, en mi caso fue una oportunidad, un mensaje que yo tenía que recibir por la manera en que estaba viviendo mi vida. Me hizo aprender muchas cosas y era consciente de que, si algún día me curaba, ese proceso iba a ser un billete para una vida más feliz, como así fue. El haber pasado por ahí me da mucha entereza y mucha vida interior. (...)

Luis Suñén
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 297 de Scherzo, junio de 2014)

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