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OBITUARIO / Kurt Moll: De piedra berroqueña


Arturo Reverter

Con la desaparición de Kurt Moll (Buir, Colonia, 11 de abril de 1938-Colonia, 5 de marzo de 2017) se pierde a uno de los pocos bajos de verdad que quedaban en esta era en la que proliferan sobre todo las voces líricas, claras, penetrantes, en la que las de contratenor han alcanzado un resplandor impensado hasta hace pocos años; en la que barítonos de medio pelo abordan partes abisales; en la que ya nada es lo que era en lo que atañe a ciertas cuerdas. Voces sólidas, contundentes, robustas, oscuras tienden a evaporarse, se evaporan y no son sustituidas. Quedan pocos ejemplares que puedan acceder a esos rincones del repertorio en los que brillaban, lustros ha, nombres como los de Alexander Kipnis, Ludwig Hofmann, Emil List, Ludwig Weber, Josef Greindl, Gottlob Frick, Kurt Boehme. Martti Talvela… o, en efecto, Kurt Moll.

El futuro cantante quería ser, según cuentan las biografías, violonchelista y, al tiempo, plantearse un futuro como industrioso hombre de negocios, pero poseía un instrumento grave de natura demasiado importante, como le hizo ver el maestro del coro de la escuela. Enseguida se enroló en el conservatorio de Colonia y completó estudios en Krefeld con Emmy Müller. A los 20 años ya aparecía en pequeños papeles. Debutó en la parte de Lodovico del Otello verdiano en 1961. La Ópera de Maguncia lo acogió hasta 1964 y pasó enseguida a Wuppertal y, ya como profesional serio, a la de Colonia de nuevo. Hamburgo, la Staatsoper de Viena y Bayreuth, aquí en 1968, fueron sus siguientes destinos. En la colina sagrada, para foguearse, le hicieron cantar el modesto cometido de sereno en Los maestros cantores de Nürenberg. Luego vinieron Fafner, Pogner y Marke. 

Su carrera tomó entonces un sesgo definitivo y empezó a conocer una época de auténtico apogeo, tanto vocal como actoral. Salzburgo, Múnich y otros centros lo reclamaron para servir los más relevantes papeles de bajo profundo o bajo cantante. Ochs, Sarastro, Kaspar, Rocco, Landgrave y sobre todo, Gurnemanz, fueron nuevas conquistas, que se ampliaron episódicamente al repertorio italiano (Sparafucile), en el que nunca destacó realmente, y al ruso, con Pimen o Gremin. Como mozartiano brilló en un impagable Osmin y en un rotundo Comendador. Estrenó el 15 de mayo de 1975 en Hamburgo Der gestiefelte Kater de Günter Bialas.

Tuvimos ocasión de verlo por primera vez en Múnich incorporando a uno de los dos obreros de Wozzeck de Berg en 1971. Ya en ese momento nos impresionaron su enorme humanidad y su vozarrón. Veinte años después, en el mismo escenario de la Ópera de Baviera, disfrutamos de lo lindo con su asentada, bien destilada, sobria, solemne encarnación de Gurnemanz, sin duda una de sus grandes creaciones junto con Marke, Ochs u Osmin; aunque, al ser un artista de gran seguridad, tanto en lo canoro como en lo expresivo, aunque una permanente cara de póker podía disimular esos valores, escondía un latido reconocible y generoso y sabía darle a todos los palos. No a los de la literatura italiana. Recordamos un nada memorable Monterone en su grabación de Rigoletto. La lengua de Dante se le atravesaba, aunque sabía acoplarse con inteligencia a los textos de Bartolo de Bodas de Fígaro o del citado Commendatore de Don Giovanni.

Moll también sirvió con gusto y notable solidez, mostrando una desconocida veta lírica, el Lied, siguiendo con ello la estela de otros cantantes de su tipo y talla, como Kipnis o como, en otro orden de cosas, Hotter. Hay un recital en Orfeo con canciones schubertianas verdaderamente sorprendente. La voz se adelgazaba ahí de manera inesperada. Lo hacía también en algunas de las extensas baladas de Loewe, a las que lograba insuflar una amplitud y una dimensión formidables.

Se ha dicho a veces que su voz era la de un infrabajo, la de un octavista o contrabajo, de radio de acción inferior al de un bajo profundo, un tiefer bass. Creemos que Moll era justo esto último, un bajo negro, oscuro, robusto, sólido. No un bajobarítono, como podían ser el mencionado Hans Hotter o George London, que también podían ser calificados de barítonos dramáticos. Aptos para Wotan, Holandés, Sachs o, incluso, Hagen. Moll nunca interpretó estas partes, que requieren una mayor agilidad y una tesitura algo más elevada. El timbre de nuestro cantante era, como decimos arriba, berroqueño, pétreo, granítico. La emisión era canónica, bien apoyada en las notas de pecho, que sonaban penumbrosas, como salidas del centro de la tierra, con una consistencia rara. El timbre permanecía igual, homogéneo, de abajo a arriba, incluso en un agudo al que faltaba algo de redondez, de resonancia, de proyección, de campaneo, bien que ello motivara que el timbre no variara en ningún punto de la tesitura. Lo que compartía, por ejemplo, con Frick, al que le costaba un riñón acceder a la zona superior.

Con menos metal, menos armónicos que este último, con menor flexibilidad que Greindl (mucho más nasal, sin embargo), con menores grados de matización que Weber, con un arte de canto más pulido y equilibrado que el de algunos bajos de hoy, tales como Salminen —a punto de retirarse—, de mayor pegada en el agudo, no obstante, o Selig, más monótono y de técnica menos eficiente, nuestro hombre fue siempre un valor seguro, musical, dotado de una gracia eficaz y directa, sin los aspavientos o gracietas de un Edelmann o de un Jungwirth, no digamos del mediocre Hawlata, en una parte capital como la de Ochs —sin hacer olvidar en ningún caso al grandioso List—, en la que se desenvolvía con una fachenda inolvidable y en la que su descomunal instrumento era manejado y regulado con gran habilidad. Como lo había hecho con anterioridad un colega llamado Franz Crass, un bajo de menor tonelaje y dimensión.

Curiosamente, Moll se retiró de los escenarios en 2006 cantando en Múnich la parte con la que se había presentado en Bayreuth en 1968, la del Nachtwächter de Meistersinger. Luego se dedicó, como tantos, a la enseñanza. Y vaya si tenía cosas que transmitir. Su ejemplo para voces de su cuerda y para cualquiera que desee recordarlo queda encerrado en multitud de grabaciones de todo tipo. Había llegado a registrar hasta en siete ocasiones el Barón de Der Rosenkavalier, seis la de Sarastro, otras seis la de Marke. Son abundantes asimismo sus intervenciones en videos. Su ejemplo queda ahí, su arte puede ser repasado y su estela recordada por mucho tiempo. Desde aquí nuestro adiós agradecido.