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Oír y ver




PorBlas Matamoro - Publicado el 25 Abril 2013

Oír y ver

En su juventud, Gabriele d´Annunzio ejerció como cronista de sociedad en la flamante capital del reino italiano, Roma. Una buena colección de estas crónicas se acaban de publicar traducidas y prologadas por Amalia Pérez de Villar (Fórcola, Madrid, 2013). En un par de ellas aparece Franz Liszt: abacial, anciano, acompañado por su discípulo Giovanni Sgambati y por un séquito de señoras romanas de la aristocracia, devotas y bien vestidas. Liszt tenía una especial querencia por Italia, que se atestigua en sus Años de peregrinaje y, en especial, por Roma, donde había recibido su graduación como abate. Inmóvil como una estatua de sí mismo, concentrado en la escucha musical, su negra figura coronada por una cabellera canosa y argéntea, el maestro húngaro ya vacilaba entre este mundo y el otro, al cual había dedicado numerosas páginas religiosas.

Robert Schumann, escaso de benevolencia, dejó escrito que el joven Liszt perdería gran parte de sus efectos como virtuoso del piano si tocase detrás de una cortina, oculto al público. Su seducción, compuesta de virguerías y arrebatos, alcanzaba por igual a hombres y a mujeres, a pesar de su fama de conquistador entre ellas. Y, en consecuencia, perdiendo su inmediatez, perdería una parte esencial de su arte.

No hemos visto a Liszt tocando el piano pero bien sabemos que no es lo mismo estar junto a un pianista en acción que escuchar sus grabaciones, por impecables que ellas sean y por riesgoso que siempre resulte el concierto, en que la menor pifia no puede corregirse. Hay algo imponderable en esta experiencia y es el instante único de la ejecución musical, el tiempo que no volverá y que tiene la singularidad radical de la vida misma. El tiempo, ese pseudónimo de la vida, como quiere Antonio Gramsci.

Desde luego, puede ocurrir lo contrario. Ante ciertas versiones de ópera a las que  estamos ensayando a resignarnos como a  la crisis económica, tal si fueran una fatalidad mundanal, lo mejor es retirar la vista del escenario y seguir los movimientos del director de orquesta. Al menos en ellos habrá una relación armoniosa entre lo que escuchamos y lo que vemos.