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NECROLOGÍA / Montserrat Caballé: Compendio del belcanto


Arturo Reverter

6-X-2018.- La soprano barcelonesa, que había nacido en 1933, fue un auténtico icono del mejor canto, una recuperadora de viejas esencias belcantistas, una recreadora de partituras del XIX deformadas y desvirtuadas con el paso del tiempo. En eso siguió y mantuvo la línea que, cada una a su manera, habían iniciado, tras la segunda guerra mundial, sopranos de la talla de Maria Callas, Joan Sutherland y Leila Gencer, que trataron en cierto modo de poner al día, con los métodos y técnicas de hoy, el canto tradicional más depurado; aquel que había asombrado al mundo en las voces privilegiadas de Isabella Colbrán, Giuditta Pasta o María de Malibrán; por citar tres de los muchos nombres que vistieron toda una época.

Partes como las de Norma e Imogene de Bellini, las tres Reinas, Lucrezia Borgia, Parisina d’Este o Lucia di Lammermoor de Donizetti o las primeras heroínas verdianas, herederas de un colorista y fundamental romanticismo, encontraron en su garganta el mejor acomodo ofreciendo lo más destilado de su belleza melódica, de su intenso lirismo y su sabor elegíaco gracias al servicio escrupuloso a su línea vocal y a la aplicación del fraseo, ataque, legato, reguladores y matices adecuados, aspectos fundamentales en los que la desaparecida soprano era ducha. Cierto es que el canto corría en ocasiones el peligro de convertirse en demasiado instrumental y ornamental, en acabar tapado por el más sutil y precioso efecto canoro dejando debajo, orillando, la almendra expresiva, la emoción más profunda, el calor de la pasión. En todo caso, pocas han delineado, con tal grado de matización, papeles de Verdi más maduro como Elisabetta o Aida. Y no fue nada despreciable su acercamiento a Violetta; pese a su falta de desgarro interior.

Con todo, en los mejores tiempos de la cantante terminábamos por extasiarnos. Lo hacíamos, naturalmente, con su Norma, de la que realizaba una soberana interpretación, con la voz fresca, igual, la afinación impoluta y, sobre todo, su gran arma, el pianísimo a flor de labios. Sus intervenciones estaban tocadas de ese aura irreal, de ese milagroso filado que todo y a todos envuelve. Es histórica e inolvidable su versión en el Teatro al aire libre de Orange en 1974: el tiempo se detiene durante un extática Casta diva, cantada al compás del viento reinante. Una imagen estática y extática imborrable. Cierto es que echábamos de menos en otros momentos el arrebato, la llama apasionada, el impulso que sale de dentro y que, junto a otros factores, acaba por componer y diseñar la psicología del personaje. Pero, ya se sabe, que es difícil tenerlo todo.

Caballé, siempre distinguida, desde sus comienzos en el mundo del canto, por la pureza de la línea, la suavidad de emisión, la tersura instrumental, la nitidez tímbrica, por su famosa arcada de violín y filados prodigiosos, nació, en la Barcelona de 1933, con una voz privilegiada. Desarrolló sus innatas cualidades en el Conservatorio del Liceo, donde trabajó con Eugenia Kemeny y Conchita Badía. Napoleone Annovazi, que fuera de 1942 a 1953 responsable musical del Gran Teatro del Liceu, intervino igualmente en su formación. En 1955 se produjo, al parecer, su primer contacto con la escena. Fue en el Teatro Fortuny de Reus con el papel de Serpina de La serva padrona de Pergolesi. Sus primeras actuaciones tuvieron lugar en la Ópera de Basilea con una Bohème en 1956, aunque al poco cantaría ya Salomé. La cantante siempre tuvo presente estas palabras de su colega Mirella Freni: "Tienes que hacer bel canto. Posees la voz adecuada. Y sabes cantar. Eso es lo indispensable". Curiosamente, su debut en Barcelona, el 7 de enero de 1962, sería con la straussiana Arabella, parte que le iba mejor que la de la hija de Herodías. Como le iría posteriormente el de la Mariscala de El caballero de la rosa.

La voz, la de una lírica pura, dotada ya de cuerpo y envergadura desde el principio, iría adquiriendo singulares tornasoles. Su singular emisión hacía parecer que el sonido venía de la nada, como si no proviniera de un cuerpo concreto, una apreciación comentada por el histórico barítono y maestro de canto Martial Singher. El instrumento estaba muy bien plantado gracias a una técnica respiratoria extraordinaria, que le facilitaba el empleo de un fiato legendario. El timbre estaba dotado de unos reflejos de rara sensualidad, de inesperadas irisaciones, de vibraciones misteriosas, que se aplicaban en la búsqueda de matices, de coloraciones inauditas, sorprendentes, que alumbraban con luces insospechadas los pasajes más elevados. Siempre nos asombraron sus eternos filados —allá donde "nace la voz", en expresión de la propia soprano— sus frases en arco, sus messe di voce, la sutileza de sus acentos, el maravilloso y único legato, capaz de unir palabras, fonemas, oraciones con la pureza sonora y la limpidez de un violín.

Timbre mórbido, de rico metal, de hermosa cremosidad. Extensión suficiente y poco cuidado en la emisión de las notas situadas por debajo de la segunda línea del pentagrama de la clave de sol. Lo que la llevaba a abrir el sonido en graves con el consiguiente cambio de color, un salto que se fue haciendo más ostensible y feo con los años. Fiato descomunal y rara habilidad para filar, apianar, smorzare, aquilatar las dinámicas y regular cualquier sonoridad, en ella de extraña pureza teñida de carnalidad. Temperamento apto para el repertorio romántico y para algunas páginas sensuales de Strauss; antes que para Mozart o el verismo. Las largas frases instrumentales eran cosa suya, en las que no tuviera que entregarse y llegar al fondo de la expresión épica o dramática. No tan perfecta como Sutherland, daba sin embargo una imagen más humana, más cercana —ligeramente matronil—de sus heroínas.

Recojamos para terminar la carta que Giancarlo Del Monaco le ha dirigido a la extinta cantante y que nos acaba de llegar: "Cara Montserrat: nos conocemos desde hace mucho, de cuando tuve el honor de encontrarte y escucharte. Has partido hacia un mundo seguramente mejor desde el punto de vista de la vocalidad y nos dejas solos en medio de un mundo que contempla el declive de la ópera. Has sido mucho más que una inmensa cantante, has sido una grandísima personalidad de las que hoy no existen. No puedo terminar este mensaje sin usar las mismas palabras que usó Giuseppe Verdi tras la muerte de Richard Wagner: ‘Triste, triste, triste, la Caballé ha muerto’. Ahora me detengo porque estoy llorando. Tu Giancarlo".