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NECROLOGÍA / Goicochea ya no pregunta...


Fotografía Mikel Saiz

José Ramón Encinar

No sé si fue en 1976 o algún año más tarde. Al llegar al aula de la Accademia Chigiana en la que impartía sus lecciones de composición Franco Donatoni, mi maestro y del que yo entonces era ayudante, vi entre los alumnos de ese año a un señor menudo, y algo entrado en años, que al término de la clase se me presentó: "Soy preparador de trujamanes", me dijo. Así conocí a José María Goicoechea, con quien establecería una relación profesional y de amistad que se prolongaría hasta ayer mismo. Profesional porque en no pocas ocasiones "preparó trujamanes" para funciones de El retablo de Maese Pedro que yo dirigí en España y fuera de nuestro país, igual que lo había hecho antes y después muchas otras veces para el maestro Frühbeck de Burgos. De amistad también porque José María, pura humildad, a veces me pedía consejo para tal o cual pasaje de la obra que estaba componiendo en ese momento. Así compartimos momentos en Siena, en Roma, en Madrid, en Pamplona... 

Somos muchas las personas a las que hoy nos duele la desaparición del Padre Goicoechea, sencillamente porque por encima, muy por encima de su indudable valía como organista, como compositor, se nos ha quedado grabada su labor como "preparador", pero no solo de trujamanes, sino de personas en el más amplio sentido del término. Ahí está como ejemplo máximo ese, ese sí, antiguo Trujamán, Javier Ecay, el hijo que José María no pudo tener por su renuncia sacerdotal. Una vida religiosa que no le correspondió como merecía por pertenecer a una orden que le puso mil y una trabas para mantener la discreta actividad musical que pretendía. Una orden  que ya en sus últimos años le obligó a abandonar su querida Pamplona imponiéndole una reclusión en toda regla a varios kilómetros de la que había sido su casa. Allí, en Santander, le vi por última vez, con Javier Ecay, hace menos de dos meses. Ya no era el mismo. Yo creo que la soledad, el aislamiento, además de sus noventa y dos años, habían acabado con sus ganas de vivir, aunque él, naturalmente, no lo dejaba ver, sonriente, contestando casi siempre con gestos, él que había sido tan hablador. Tanto lo fue que cuando visitó los cursos de Darmstadt poco antes de nuestro primer encuentro, acabó siendo conocido entre los demás alumnos como "Goicoechea frage", según me contó Tomás Marco, pues  su infatigable curiosidad en clase le obligaba a intervenir   con sus preguntas siempre que podía, pidiendo la palabra de forma invariable: "Goicoechea pregunta".

La Orquesta de Navarra tiene preparado un homenaje en toda regla a Goicoechea, ofreciendo en primera audición durante la temporada 17/18 dos de sus obras más ambiciosas, la Missa Brevis y el Concierto para piano y orquesta.

Desgraciadamente José María, que estaba al tanto de ello, no podrá asistir, según le animaba a hacerlo delante de mí Javier Ecay.

Javier, Raquel y Simón Andueza, Teresa Catalán, Agustín González Acilu, tantas y tantas personas que hemos tenido el placer de tratar a Goicoechea sentimos hoy una gran pérdida. Porque por encima de todo, en el más cabal ejercicio de su vocación sacerdotal, José María Goicoechea tuvo una larga vida de generosa entrega a los demás. Descanse en paz.