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Música del presente



Música del presente

Este número de SCHERZO incide, en las dos entrevistas que ofrece, en un aspecto fundamental del presente de la cultura española e hispanoamericana, la que se produce a un lado y a otro del océano, que es esa capacidad de autoafirmación sin la cual, y más cuando llega del conocimiento propio, es imposible traspasar las fronteras propias. Podríamos llamar autoestima a esa figura y haríamos bien porque, además, la actitud supera a su escaparate, lo desborda y en ocasiones hasta lo ridiculiza. Eso que se ha llamado, no con demasiada fortuna a la vista de su aplicación, emprendimiento o Marca España tiene en muchos de nuestros jóvenes músicos una traducción que simplifica el concepto: trabajo y humildad, aprendizaje y valor. Se ha tardado mucho tiempo en cambiar el paradigma del músico español, desde el valor que la sociedad le otorgaba hasta el carácter de excepcionalidad de su triunfo. Todavía se cae en los medios de comunicación en el hecho de señalar como excepcional lo que en ellos es cada vez más la consecuencia de su trabajo. Llega ya el momento en que no debiera ser noticia el debut de un maestro español en Berlín o Viena, de un pianista en Nueva York o de cualquiera en cualquiera de las grandes plazas, como no lo es en los lugares donde la realidad musical está, por así decir, más o menos estabilizada. La propia naturalidad de los intérpretes, la que muestra Andrés Salado en sus palabras, la idea de que hay un futuro hecho de trabajo y humildad pero también de aportación de las administraciones públicas —eso que vuelve a ponerse en duda a la vista de los recortes que se anuncian— mientras las iniciativas privadas necesitan cada vez más imaginación, más valor añadido, más cariño a sus abonados para que cumplan su función adecuadamente en la suma de esfuerzos y en ese legítimo afán de supervivencia que sería imposible sin aquella.

Del lado americano, el compositor puertorriqueño Roberto Sierra reivindica sus señas de identidad latinas en un contexto como el actual en Estados Unidos, donde el candidato Trump pretende no ya reducir esa influencia sino anularla desde el principio, desde la presencia de la inmigración en un país que no se comprende sin ella. Y no se comprende en lo económico pero tampoco en una cultura que ha ido afirmando su mestizaje en todas las artes partiendo de la base de que el patrocinio privado más potente muchas veces no ha estado por esa labor. La conciencia de lo propio que manifiesta Sierra, la afirmación de sus raíces, la naturalidad con la que aplica términos como salsa o bolero mientras los integra en una obra cada vez más poderosa, es la evidencia de un camino ya ineludible para el creador e imparable por parte de sus censores, alguno de los cuales militará sin duda en la más aparentemente progresiva de las vanguardias, esas que al fin acaban en la academia.

Salado y Sierra son, así, dos ejemplos de cómo el intérprete y el creador dan sentido a su trabajo para que su obra —efímera en un caso, duradera en el otro—, con vocación las dos de vivir en la realidad y de que esta permeabilice su arte, llegue a su destinatario. Quizá en esta conciencia de realidad —es decir, de algo cambiante por naturaleza pero que también pelea por su persistencia— está también la difícil vocación de servir a la contemporáneo, de leer y de componer desde un aquí y un ahora que no siempre entienden quienes sostienen la superioridad de cualquier tiempo pasado. Combinar la humildad frente a una tradición que a veces pesa como una losa con la seguridad al pisar un suelo no siempre sólido es la aventura en la que empeñan a fondo gentes como Salado o Sierra, desde generaciones distintas y comunicantes, todo lo que son y lo que lo serán.

(Editorial publicado en Scherzo nº 319, junio de 2016)

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