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Juan Diego Flórez



Juan Diego Flórez

Desde su triunfal consagración en el Rossini Opera Festival pesarés en 1996, Juan Diego Flórez (Lima, 1973) se convirtió de inmediato en la máxima referencia como tenor belcantista. Hijo del cantante y guitarrista de música criolla peruana Rubén Flórez Pinedo (acompañante, entre otros, de la gran Chabuca Granda) y de María Teresa Salom, hermana de Carlos, integrante de una de las bandas de música experimental más reconocidas del país, también él comenzó una carrera como músico “popular”, hasta que sus dotes fueron descubiertas por varios maestros de canto que lo iniciaron en un mayor control de sus medios naturales. Posteriormente, ya en los años 90 del pasado siglo, llegarían los estudios en el prestigioso Curtis Institute de Filadelfia y, sobre todo, con Marilyn Horne en los Cursos de Verano de Santa Barbara (California), quien le daría el espaldarazo definitivo como cantante rossiniano. Desde su llegada a Europa de la mano de su compatriota Ernesto Palacio, su carrera no dejaría ya de acumular éxitos. En los últimos años, además, Flórez ha desarrollado una importante labor humanitaria creando la fundación Sinfonía por el Perú. Al acercarse a la madurez, y como demuestra en su último disco, ha querido adentrarse de lleno en el mundo mozartiano, un repertorio al que pretende dedicarse con especial énfasis en los próximos años, lo cual supone una ansiada novedad en su admirable trayectoria.

Su última grabación presenta un repertorio nuevo para usted, al menos discográficamente hablando.

Sí, a excepción de un pequeño papel en Mitridate, re di Ponto con Christophe Rousset y Les Talens Lyriques (y que fue una de mis primeras grabaciones, digamos, “oficiales”, porque hay algunos lives anteriores, como Il tutore burlato de Vicente Martín y Soler o L’Étoile du Nord de Meyerbeer en el Festival de Wexford), puede decirse que es el primer acercamiento por completo a la música de Mozart. Aunque anteriormente ya había incluido en mis conciertos algunas páginas suyas y arias de concierto de gran virtuosismo. Aquí hay únicamente una de ellas (Misero! O sogno...). Sin embargo, es ahora cuando quiero acercarme de lleno al maestro salzburgués, incorporando también algunos papeles, como Tamino, Don Ottavio (que tengo ya previsto para el año 2020), Belmonte y, quizá en el futuro, Tito e Idomeneo. Creo que tengo la madurez necesaria.

¿Qué exige realmente Mozart a un tenor?

Por lo general, Mozart no te exige dar tantas notas altas —aunque algunas de las piezas son muy exigentes, y hay que mantener la voz fresca y ágil para realizar esas coloraturas y agilidades—, pero a cambio tiene una magia, un encanto muy especial que hay que saber encontrar y plasmar. Me admira también su gran humanidad y su sentido del perdón y de la comprensión. Me emociona esa capacidad que tienen sus héroes para la compasión. Todas ellas, además, son arias muy bonitas, especialmente las alemanas, como Ich baue ganz auf deine Stärke, la segunda del tenor en El rapto en el serrallo, o Dies Bildnis ist bezaubernd schön de La flauta mágica). Constituye para mí toda una novedad cantar en este idioma, pero hay que asumir riesgos. Es muy importante haber contado para el proyecto con una agrupación como La Scintilla, la orquesta de instrumentos de época de la Ópera de Zúrich, con la que yo ya había registrado La sonámbula de Bellini junto a Cecilia Bartoli en un acercamiento similar, digamos, más historicista, que te permite no forzar tanto la voz y buscar matices, colores o detalles en el fraseo.

Por cierto, en su último recital madrileño, interpretó el aria Che gelida manina de La Bohème. ¿Piensa cantar el papel de Rodolfo algún día?

Pues, la verdad, creo que no. Una cosa es cantar el aria, que es bellísima, y otra la ópera completa, con toda la orquestación pucciniana. Es verdad que, en los últimos años, mi voz ha ensanchado un poco en el centro y he hecho algo de repertorio romántico francés, en el que me siento mucho más cómodo que antes (Werther, Nadir, Romeo... y el año que viene voy a añadir a Hoffmann en la Ópera de Montecarlo, otro escenario de dimensiones apropiadas). Pero no quiero dejar nunca el bel canto. Y eso requiere conservar las agilidades y los agudos. (...)

Rafael Banús Irusta

(Comienzo de la entrevista publicada en el número 334 de SCHERZO, de noviembre de 2017)

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