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JAVIER ALFAYA, que además fue narrador


Santiago Martín Bermúdez

Bromeábamos. Te llamaba maestro. Y tú me decías “querido discípulo”. Tal vez no era solo una broma. Me enseñaste muchas cosas, luego merecías que te llamara maestro, y acaso yo merecía que lo admitieras.

Hoy voy a recordar tan solo algunos de tus libros de narrativa. El periodista, el traductor, el fundador de Scherzo los trataremos en otro momento. Pero no puedo por menos de evocar, siquiera un poco, al poeta.

Nos sorprendiste con tu libro de relatos El traidor melancólico, que contenía la pieza magistral de ese título y algunas otras narraciones espléndidas. Pero nos dejaste estupefactos con tu novela Eminencia, o la memoria fingida, sobre la figura del último Gran Inquisidor, Ramón José de Arce y Reinoso, en realidad un ilustrado, que te inspiró Julio Caro Baroja y en cuya época y figura te pusiste a indagar y a investigar. Recuerdo, en tu casa, las Memorias del Príncipe de la Paz, Godoy, que interrogabas entre otros muchos documentos para por fin lograr esa soberbia pintura que hiciste de la época en que empezaba a cambiar todo, el reinado de Carlos IV, la guerra llamada de la Independencia y los afrancesados, el exilio de los protoliberales. Siguió otra novela tuya sobre otro ilustrado, pero ahora hacia atrás en el tiempo. Con Leyenda estamos en pleno siglo XVIII. El Abad de tu novela Leyenda era una contrafigura de Benito Jerónimo Feijoo, como tú mismo nos admitías. Leyenda era una novela que renunciaba a algo que, sin embargo, se te daba bien en otros géneros; renunciabas a la acción trepidante, a la peripecia, al suspense. Renunciabas a las trampas. Tuve ocasión de dedicarle una amplia reseña en la revista Ínsula. Después de esta novela, como te dije a menudo, nos debías otra, para cerrar una especie de trilogía sobre la Ilustración española. Pero se ha quedado en díptico. Para el lector interesado, hay que decir que estos tres libros, el Traidor, Eminencia y Leyenda, los publicó Alfaguara.

Hace unos años volviste a sorprendernos con Inquietud y desorden en la Casa abacial (Antonio Machado Libros), reviviscencia sin nombrarlo de un dictador que te producía repulsión y fascinación, nada menos que António de Oliveira Salazar. Admiramos esas frases amplias, esa introspección, ese dibujo del cinismo y del intelectual convertido en dictador implacable por una serie de circunstancias que al parecer él no buscó, y que también tiene su alma, ya que no su descargo, aunque pretenda él apuntarlo a través de tus palabras. Qué ejercicio de comprensión de alguien tan distinto a ti, a tus ideales y sensibilidad.

No hay que olvidar que escribiste algunas narraciones para público juvenil, como El muchacho rumano, Una luz en la marisma o Pasar el límite, libros que ha tenido mucha difusión.

De estas líneas apresuradas, escritas con algo más que pesadumbre ahora que nos has dejado después de esa enfermedad repentina e implacable, lo mejor es que se despida el poeta (que tantas músicas ha inspirado), con aquellos versos tuyos de La libertad, la memoria (triste ironía que invocaras tan a menudo la memoria, ay):

Vendrá la muerte, el frío,

La ignorancia suprema

En el cero sin límites.

Pero habremos vencido.

Nuestros cuerpos que vibran

Viven su noche oscura,

El hogar infinito

De la inmortalidad. 

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