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Herbert Blomstedt



Herbert Blomstedt

El sueco-americano Herbert Blomstedt (Springfield, Massachussets, 1927) es el patriarca actual de los directores de orquesta, el de mayor edad en activo. Ha convertido su natural madurez en un nuevo esplendor. Mantiene colaboraciones con las quince mejores orquestas del mundo y dirige unos noventa conciertos al año. El pasado 11 de julio cumplió noventa años inmerso en una frenética actividad de conciertos por varias ciudades alemanas centrados en las sinfonías Cuarta, Quinta y Séptima de Bruckner. Pero también de lanzamientos discográficos de Beethoven en el sello Accentus, con dos nuevos DVD y una caja con su segunda integral de las sinfonías en CD. Incluso la editorial Pacific Press publicó a comienzos de año la traducción inglesa actualizada de la biografía de Ursula Weigert, Ein grosser Gesang (2013). Y en marzo pasado salió en Bärenreiter-Henschel su libro de conversaciones con la periodista Julia Spinola titulado Mission Musik. La revista SCHERZO viajó a Hamburgo el pasado mes de junio para una entrevista exclusiva en el marco incomparable de la Elbphilharmonie.

Nadie diría que tiene noventa años viéndole dirigir. ¿Cuál es su secreto? 
Muchos me hacen esa pregunta. Mi secreto es la música. Por atracción y por absorción. Para mí es como ese amor joven creciente e imparable. Pero también donde más feliz eres cuanto más sabes. Efectivamente la belleza del sonido es algo físico. Pero esa belleza es también necesario construirla con la mente; y cuanto más estudias, más detalles descubres. 
Tengo entendido que usted se cuida mucho físicamente. Y, aparte de rechazar el tabaco y el alcohol, mantiene una estricta dieta vegetariana.
No creo que sea por eso. Hay mucha gente que llega a los noventa fumando y bebiendo. Ser vegetariano para mí es algo completamente natural. Y, además, me aporta un equilibrio. 
¿Como su fe adventista que le impide trabajar los sábados?
Creo que el descanso semanal en sábado es una institución maravillosa. Lo he observado siempre a pesar de mi trabajo. De hecho, mi maestro, Igor Markevich, pensaba que era la clave de mi éxito; obligarte a parar un día a la semana para dedicarlo a la familia y los amigos es algo extremadamente saludable.
Pues hablemos de sus principales maestros como Markevich o Tor Mann
Mann fue mi primer profesor de dirección de orquesta en la Real Academia de Música de Estocolmo. Era una excelente persona y un músico maravilloso que tocó el violonchelo antes de convertirse en director. Dirigió la Sinfónica de Gotemburgo que era la mejor orquesta de Suecia. Y estuvo muy interesado en la música contemporánea. De él aprendí mucho acerca de Sibelius y de Nielsen, pues mantenía correspondencia con ambos compositores. Pero no siempre estaba de acuerdo en todo; no aceptaba algunos cambios que introducía. De todas formas, para mi concepción de Nielsen resultó determinante mi etapa al frente de la Orquesta de la Radio Danesa (1968-77). La orquesta conocía a la perfección sus sinfonías. Y no por haberlas tocado bajo la dirección del compositor, sino por continuadores como Thomas Jensen, que fue quizá su director ideal.
Estudió con Markevich en el Mozarteum de Salzburgo durante varios veranos en los años cincuenta. Y tuvo compañeros allí como Wolfgang Sawallich, Alexander Gibson o un jovencísimo Daniel Barenboim.
Eso fue en 1954. Éramos una clase francamente talentosa. Pero Sawallisch no apreciaba mucho a Markevich y dejó pronto sus clases. En cambio, para mí era el profesor ideal. Si Tor Mann me enseñó la técnica, Markevich definió mi estilo. Era un músico muy sofisticado y basaba todo su trabajo en el análisis de la partitura. Creo que ha sido infravalorado por la posteridad. No fue para nada un director frío, sino un músico tan emocional como controlado. Además era un compositor excelente y nunca comprendí que se alejase tan pronto de la composición. 
Ya sabrá que Markevich fue bien conocido en España como fundador de la Orquesta Sinfónica de la RTVE en 1965.
Sí, es verdad. Incluso trabajé como asistente suyo antes en Santiago de Compostela. Llegamos a ser buenos amigos y tuve mucha relación con su segunda esposa, Topazia Caetani, y con sus hijos Allegra y Oleg, que es también director de orquesta. Pero Markevich también podía ser muy difícil como persona. Era intransigente y nunca admitía un error. En cierto modo era como un zar ruso.

Nadie diría que tiene noventa años viéndole dirigir. ¿Cuál es su secreto? 

Muchos me hacen esa pregunta. Mi secreto es la música. Por atracción y por absorción. Para mí es como ese amor joven creciente e imparable. Pero también donde más feliz eres cuanto más sabes. Efectivamente la belleza del sonido es algo físico. Pero esa belleza es también necesario construirla con la mente; y cuanto más estudias, más detalles descubres. 

Tengo entendido que usted se cuida mucho físicamente. Y, aparte de rechazar el tabaco y el alcohol, mantiene una estricta dieta vegetariana.

No creo que sea por eso. Hay mucha gente que llega a los noventa fumando y bebiendo. Ser vegetariano para mí es algo completamente natural. Y, además, me aporta un equilibrio. 

¿Como su fe adventista que le impide trabajar los sábados?

Creo que el descanso semanal en sábado es una institución maravillosa. Lo he observado siempre a pesar de mi trabajo. De hecho, mi maestro, Igor Markevich, pensaba que era la clave de mi éxito; obligarte a parar un día a la semana para dedicarlo a la familia y los amigos es algo extremadamente saludable.

Pues hablemos de sus principales maestros como Markevich o Tor Mann.

Mann fue mi primer profesor de dirección de orquesta en la Real Academia de Música de Estocolmo. Era una excelente persona y un músico maravilloso que tocó el violonchelo antes de convertirse en director. Dirigió la Sinfónica de Gotemburgo que era la mejor orquesta de Suecia. Y estuvo muy interesado en la música contemporánea. De él aprendí mucho acerca de Sibelius y de Nielsen, pues mantenía correspondencia con ambos compositores. Pero no siempre estaba de acuerdo en todo; no aceptaba algunos cambios que introducía. De todas formas, para mi concepción de Nielsen resultó determinante mi etapa al frente de la Orquesta de la Radio Danesa (1968-77). La orquesta conocía a la perfección sus sinfonías. Y no por haberlas tocado bajo la dirección del compositor, sino por continuadores como Thomas Jensen, que fue quizá su director ideal.

Estudió con Markevich en el Mozarteum de Salzburgo durante varios veranos en los años cincuenta. Y tuvo compañeros allí como Wolfgang Sawallich, Alexander Gibson o un jovencísimo Daniel Barenboim.

Eso fue en 1954. Éramos una clase francamente talentosa. Pero Sawallisch no apreciaba mucho a Markevich y dejó pronto sus clases. En cambio, para mí era el profesor ideal. Si Tor Mann me enseñó la técnica, Markevich definió mi estilo. Era un músico muy sofisticado y basaba todo su trabajo en el análisis de la partitura. Creo que ha sido infravalorado por la posteridad. No fue para nada un director frío, sino un músico tan emocional como controlado. Además era un compositor excelente y nunca comprendí que se alejase tan pronto de la composición. 

Ya sabrá que Markevich fue bien conocido en España como fundador de la Orquesta Sinfónica de la RTVE en 1965.

Sí, es verdad. Incluso trabajé como asistente suyo antes en Santiago de Compostela. Llegamos a ser buenos amigos y tuve mucha relación con su segunda esposa, Topazia Caetani, y con sus hijos Allegra y Oleg, que es también director de orquesta. Pero Markevich también podía ser muy difícil como persona. Era intransigente y nunca admitía un error. En cierto modo era como un zar ruso.(...)

Pablo L. Rodríguez
(Comienzo de la entrevista publicada en el número 332 de SCHERZO, de septiembre de 2017)

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