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EN LA MUERTE DE JOSÉ LUIS PÉREZ DE ARTEAGA: A la vera del misterio mahleriano (por Arturo Reverter)


Arturo Reverter

En un trance como el presente, en el que se llora la muerte de un antiguo amigo, compañero de andanzas desde muchos años atrás, de un profesional que conocía todos los entresijos de la música, resulta difícil, por no decir imposible, pergeñar unas líneas que no por urgentes han de ser menos sentidas dado el impacto emocional que supone la marcha del camarada hacia no se sabe qué desconocidos territorios; en los que, en cualquier caso, no nos cabe duda, ese maravilloso arte de los sonidos estará presente.

Mi relación con Pérez de Arteaga se inició allá por 1971, durante un pequeño curso sobre Mahler impartido en una de las dependencias del Teatro Real –todavía sala de conciertos- por Federico Sopeña, que nos abrió los ojos a los principales misterios de la música del compositor bohemio, una de las figuras a las que en un próximo futuro se iba a dedicar José Luis en cuerpo y alma. Sus trabajos y exploraciones fructificaron en un libro editado por Salvat en 1987, ampliado años más tarde, con incorporación de nuevos análisis y una completísima discografía, en un nuevo volumen publicado por Scherzo y Machado Libros en 2007, ampliado todavía en una segunda edición en 2011. Fue muy importante para la culminación del libro la colaboración de la que hoy es su viuda, Almudena de Maeztu.

Grandes cualidades personales y profesionales adornaban al amigo extinto. Desde muy niño había estudiado solfeo y había comenzado a penetrar en los intríngulis del pentagrama. En paralelo a sus estudios de leyes, cultivó todo lo referente al arte de los sonidos hasta adquirir una cultura musical de altos vuelos, tan extensa como variada, que tocaba todos los palos y que fue desde siempre su estandarte, incluso en tiempos en los que se ganaba la vida al frente de su bufete e impartía clases de derecho en el ICAI. Dedicado de lleno a la crítica, el periodismo, el análisis, la enseñanza, la comunicación de la música, acabó por ser imprescindible en ese mundo, en el que ocupaba un lugar cenital.

Siempre buen compañero, tiró de mí a mediados de los setenta para acceder a las redacciones de las revistas Reseñas y Ritmo, en las que su labor era imprescindible. Como lo fue, andando los años, en la antigua Radio 2, hoy Radio Clásica, en la que el firmante fue director en dos ocasiones entre 1984 y 1991 y a la que, naturalmente, llamó al amigo y profesional, que enseguida se hizo con las riendas de uno de los programas más señeros, competentes, informativos y redondos de la radio cultural de este país, El Mundo de la fonografía, en el que se daba cuanta de novedades discográficas, se hablaba de producciones históricas, de efemérides diversas y se analizaban interpretaciones al tiempo que se abría la puerta al conocimiento de creadores poco difundidos del pasado y del presente.

Recordaremos durante mucho tiempo su gracejo personal, su sapiencia, su galana pluma, tan amena, tan fluida, tan ágil y elegante, su mirada omnicomprensiva hacia la creación de todo tiempo y lugar, su facilidad para comunicar, con un estilo vocal en el que se daban cita los más sutiles matices, su cultura enciclopédica. Su monumental discografía… Era un entrevistador fabuloso, ya que sabía encontrar en todo momento los puntos básicos del entrevistado, y un extraordinario transmisor a través de las ondas de todo tipo de acontecimientos musicales. Su presencia en los más grandes festivales de este país, en las más variadas salas de concierto o, sustituyendo a Rafael Taibo, ya desde hace tiempo, en el tradicional Concierto de Año Nuevo desde Viena, era proverbial y esperada.

Con Scherzo mantuvo una relación permanente. En esta revista publicó algunas de sus mejores entrevistas a gentes de la música del más diverso signo. Su fachenda, simpatía y conocimiento de idiomas facilitaban esa labor.

Amigo José Luis: te echaremos de menos. Dejas un hueco que no creemos nadie pueda ocupar.