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Ema Alexeeva: proeza con Alban Berg


Santiago Martín Bermúdez

En el próximo número de SCHERZO, que aparecerá dentro de unos días, reseñamos un espléndido concierto del PluralEnsemble, dirigido por nuestro inquieto músico integral Fabián Panisello (ciclo de la Fundación BBVA, Auditorio Nacional, 18 de mayo). Con obras de Alberto Posadas, Franco Donatoni y Alban Berg. Pero un Alban Berg transfigurado en un acompañamiento de grupo de cámara frente al solista. Si en la obra de Donati, Hot —jazzística en lo aparente, ordenadora del caos en lo explícito— brilló el aliento amplio y arrebatador a veces de Andrés Gomis al saxo, en el de Alban Berg nos sorprendió mucho y muy gratamente el discurso solista de Ema Alexeeva. 

Alexeeva, de origen búlgaro y se diría que vocación española (no sé si tiene la nacionalidad), despliega un amplio repertorio, que va desde el Barroco hasta su predilección por la música de nuestro tiempo; esto es, de hace ochenta o cien años para acá, con mucha dedicación en el PluralEnsemble a los contemporáneos estrictos. Pero tocar la parte solista del Concierto de Berg —el gran concierto para violín del siglo XX junto con el de Bartók; perdonen si uno se repite— es otra cosa, es otro horizonte, algo muy superior.

Eso se reserva solo a los violinistas de mayor nivel. Resolverlo como lo hace Alexeeva frente al conjunto es toda una hazaña; su musicalidad, su sentido de la frase, su contenido dramatismo, toda esa asunción de personaje que tiene el violín en este retrato, este réquiem, este lamento, pensamos que supone un punto culminante (más) en la carrera ascendente de esta espléndida intérprete. El violín de Alexeeva susurra y se diría que reprime un gemido, canta con filato y, cuando se tercia, con plena voz. Gran artista, gran sensibilidad; y la técnica se da por supuesta, y se nota aunque su interpretación nos la haga olvidar en el momento. Gran artista, Ema Alexeeva. A muchos nos gustaría verla y oírla en esta obra de Berg con un conjunto sinfónico, en la versión original.

La tímbrica y la masa de la adaptación del alemán Andreas Nicolai Tarkmann permiten tal vez que el Concierto de Berg se mueva en ámbitos que no lo tendrían en cuenta por su carácter de obra para el repertorio sinfónico. El camerismo, desde luego: quinteto de cuerda, cuatro maderas, acordeón, piano y diversa percusión para un solo músico (no sé si olvido una trompeta o algún otro instrumento de la familia de los metales): a esto se reduce, con extraordinaria capacidad sonora, la masa que acompaña o se opone al solista. Fabián Fanisello, una vez más, mostró su sensibilidad en la elección del repertorio (tres obras muy distintas, todo un viaje sonoro) y su sabiduría y técnica como director del PluralEnsemble.  

Y lo ya dicho: en el inmediato número de SCHERZO, más sobre las obras de Posadas y Donatoni.