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Discusión y reflexión



Discusión y reflexión

Anduvo revuelto el mundo de la música antigua este verano que ya pasó con polémicas y enfados que, sobre la personalidad un punto egotista de sus protagonistas, revela un nada curioso movimiento de animación de un cotarro a punto de morir de éxito. Imaginación frente a rigor histórico o, si queremos, y para enfriar un poco la discusión, improvisación frente a presunta rutina, fueron los puntos calientes de una polémica surgida a raíz de una entrevista con Jordi Savall en el diario italiano La Stampa, que suscitó una airada respuesta del también director y violagambista (además de discípulo, como tantos otros, del maestro catalán) Roberto Gini, que literalmente incendió las redes sociales durante algunos días del mes de julio. Al margen de si las declaraciones de uno acerca de cierta crisis creativa e interpretativa en el mundo de la música clásica, y la desabrida reacción del otro vertiendo acusaciones de todo tipo contra Savall, tengan sus matices no cabe desligarlas del contexto. El mundo de la música antigua ha madurado, y ya sabemos lo que pasa cuando un mercado o el producto que se ofrece —y perdón por utilizar estos términos que sólo dolerán a los ingenuos— están demasiado maduros: lo mismo que al fruto que pretenden vender, que se estropean. La repetición de la fórmula de éxito puede ahogarse a sí misma en sus propias almohadas de plumas. Y, al mismo tiempo, quienes llegan tienen la obligación de recoger lo que sus mayores les enseñaron para llevarlo más allá, lo que no significa hacer locuras, aunque muchas veces la audacia sea preferible a la cautela. Los maestros por encima de estas cosas debieran ver pasar la vida, y las opiniones de sus discípulos, con la relatividad y la calma de quien nada ha de demostrar, sobre todo si siempre ha afirmado que su vía es la correcta. Así el aprendiz no tendrá ocasión de volverse contra la mano que tanto le enseñara. Apocalipsis, los justos. En cualquier caso, tómense estas cosas como muestra de vitalidad, de la eterna pelea de los creadores en un terreno en el que libertad y rigorismo nunca acabaron de entenderse y que ve cómo es el momento de recapitular.

Pierre Hantaï, por su parte, protesta desde la música antigua de lo que es una evidencia de difícil solución: la importancia de lo mediático, del aspecto físico del intérprete, de lo que la mercadotecnia supone en la difusión de la música. Ha tardado el gran clavecinista francés en caerse del guindo o el día de sus declaraciones estaba de especial mal humor, cosa que puede pasarle a cualquiera. Sin embargo, acierta de pleno cuando señala a la música antigua como el nuevo vehículo para un crossover que le desagrada y con el que algunos están haciendo su agosto, cosa a la que, por otra parte, tienen perfecto derecho. Hantaï declara la guerra a la realidad, y hace muy bien, y no seremos nosotros quienes le quitemos la razón pues por su boca habla el amor apasionado por un arte que nos ayuda a seguir viviendo, cosa que al mercado le trae perfectamente sin cuidado pero que deberemos defender de un modo u otro, en los conciertos, en los discos, en la radio o en la tradición oral si fuera menester tras la hecatombe mediática.

Bajo ello está también la propia incapacidad de la música llamada clásica para imponerse en un terreno comercial de dificultad creciente. Otra cosa sea lo que ámbitos especializados, como festivales o programaciones dizque serias, caigan en un vale todo que trivialice el total de la oferta. Es lo que pasa muy frecuentemente en los festivales de jazz donde convive la rumba, el mambo, el postbop, el flamenco y lo que ustedes quieran con resultados no siempre demasiado aleccionadores. Quizá lo que ocurra en este caso sea lo más parecido a la querella de la música antigua, en tanto su sustrato es en ambos casos líquido, maleable, indefinido, vocacionalmente libre en tanto en cuanto las normas se desdibujan por no decir que nunca se sentaron suficientemente. Todo eso es, al mismo tiempo, muy atractivo, muy tentador para quien sea capaz de unir como es debido lo de ayer y lo de hoy, el ser humano de hace siglos con el que hoy se plantea el cambio climático, la precariedad endémica, la inmigración o la guerra interminable. ¿Debe la música abrirse a todo eso o seguir inmutable el paso de los siglos porque la emoción que propone es eterna y para todos?

(Editorial publicado en el nº 333 de la revista SCHERZO, octubre de 2017)

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