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CRITICA / Cuarteto Granados y Alicia Amo: cómo llegar hasta la magia


Madrid. Museo Nacional Centro de arte Reina Sofía. Auditorio 400. 11-XII-2017. Alicia Amo, soprano. Cuarteto Granados. Obras de Díaz-Jerez, Torres y Schoenberg.

Alicia Amo y el Cuarteto Granados en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía de Madrid

Santiago Martín Bermúdez

Excelente recital el del lunes 11. En la segunda parte, pudimos disfrutar de una cara de la modernidad que se formaba hace ahora unos cien años, los del Op. 10 de Schoenberg, los de los tiempos de la Sinfonía de cámara y Erwärtung que llevaban a los Jardines colgantes a la culminación total. En la primera parte, dos composiciones recientes de músicos españoles en líneas no convergentes, pero no por completo ajenas: Critical Strip, del tinerfeño Gustavo Díaz-Jerez (1970) que se desarrolla en un solo movimiento que distingue episodios internos, aunque con fluidez y como sin avisar. El pizzicato es uno de sus recursos preferidos, como lo es el viaje por el extremo agudo o el mantenerse en gamas bajas (no siempre pianissimo); incluso el sul ponticello.

¿Y la frase? No es la frase, en el sentido habitual (no digamos tradicional, por favor, palabra polémica, motivo de guerra), lo que predomina en este decurso (más que discurso) sino algo que podríamos considerar células, apuntes, ideas que son punto de partida y no motivo originario (celular). El discurso se desarrolla con habituales trinos y hasta temblores puros y simples. Para concluir en una especie de perdendose (la indicación no debe de ser esta, pero no estaría de más en ese final que se disuelve).

Jesús Torres divide su Cuarteto de cuerda de 2013 en cuatro movimientos que desarrollan cuatro relatos en los que los movimientos dos y cuatro parecen desmentir a los impares en cuanto a métrica, dinámicas y, sobre todo, tempo: "El virtuosismo frente a la expresividad", podríamos decir siguiendo las declaraciones del propio compositor. En las indicaciones mismas en español (aparte de las alemanas del programa de mano) hay una evidencia de todo esto: los pares se denominan Frenético y Vertiginoso el tercero, Nocturnal, y sabemos bien que nada como la noche para la introspección y el temblor (y el temor, ya puestos; o el entusiasmo, si se tratara de Novalis). El inicial, en cambio, indica simplemente Con plasticidad, y esto llama a la formación y a la conformación, a lo que se puede tocar con el dedo o la mano, a la pintura y a la escultura.

Hablar de tonalidad o lo contrario en estas obras no tiene sentido. La tonalidad no está ausente, porque hay llamadas a un ámbito central de descanso. Desatendidas por la certidumbre de una sonoridad que ha conquistado un área amplia y no total de la conciencia sonora de nuestro tiempo. Esos niveles de conciencia sonora son amplios; incluso hay conspiraciones diatónicas por ahí, y no se avergüenzan de ello. El cambio de conciencia sonora supone la asimilación de otras armonías. Ya no son otros planetas, como en el poema de Stefan George para el Cuarteto de Schoenberg.

La segunda parte trajo al maestro. Hay que decir que determinados episodios o ideas del Cuarteto de Torres nos sonaban muy vieneses; no por mímesis, desde luego, a Torres le sobra creatividad personal, propia, sino por transitar ciertas vías que siguen sin agotarse cien años después. Y el maestro es Schoenberg, y Viena es una de las reinas del sonido del siglo pasado; las otras “reinas” se llamarían Bartók y Stravinsky; en ópera, Janácek, claro.

El Op. 10, ese cuarteto cuyos dos movimientos finales reclaman una voz de soprano (Litanei, Entrüchkung), es obra de un momento de especiales descubrimientos, mas también de crisis en muchos sentidos: la indefinición o acaso indecisión tonal, la inclusión de textos del simbolista Stefan George (poeta estimable y menor, desde nuestro punto de vista, o al menos el de Borges), el mismo de los poemas del futuro Op. 15, los Jardines. Hay drama de cansancio vital, ya, justo cuando el matrimonio Schoenberg se prepara para la más dura prueba con ese joven expresionista plástico, Gerstl, intruso y agitador de conciencias. Suicida, pronto. La belleza de esa línea la desgranó Alicia Amo con una mezcla no tan imposible de fuerza y dulzura, porque esa mezcla es propia del dolor, y el dolor se expresa con ese tipo de equilibrios; Schoenberg lo hizo sin importarle demasiado el público; Berg lo haría sabiéndose él mismo parte del público.

En esta segunda parte se lució de veras el Cuarteto Granados. Y no es que en la primera no lo hiciera a conciencia y mejor que bien, pero ahí estaba al servicio de dos creadores de nuestro tiempo, y eso los obligaba a mostrarse más discretos. Con el Cuarteto de Schoenberg no se tornaron indiscretos, sino que se permitieron brillar bajo el sol vienés de un momento decisivo de la historia. Y estuvieron a la altura, con contrastes, y en la demostración de que esto no es arduo, sino intenso; y, como quería Schoenberg: basta con tocarlo bien. Y en eso se incorpora al grupo Alicia Amo, lírica y ligera, bellísimo timbre, esmalte, y entonces se producen dos episodios —especialmente el segundo— en el que la magia de la belleza se apodera de la sesión. Y de nosotros.