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CRÍTICA / Ya es hora


Cáceres. Monasterio de Yuste. 16-VI-18. Collegium Musicum Madrid. Manuel Minguillón, vihuela y dirección. Obras de Milán, Ortiz, Narváez, De la Torre y Juan Del Encina.

Amadeo Arroyo

Decenios de maltrato después, tuvieron que llegar Carlos Primero (de España y Quinto de Alemania) y Manuel Minguillón —no necesariamente en ese orden— para poner ídem en un repertorio que ha sido arrastrado por los suelos durante décadas de maltrato coral y escasa preparación, no compensadas por la buena voluntad de intérpretes y músicos audaces pero de limitada sensibilidad.

La música de Juan del Encina y otras piezas del Renacimiento hispano, verdadero patrimonio artístico y "marca España", en palabras del propio director del grupo, sonaron el sábado como servidor no las había escuchado nunca antes.

El trabajo de orfebrería de Manuel Minguillón con un programa estructuralmente complejísimo dio un fruto sonoro repleto de matices, colores y afectos en las voces y las manos de los intérpretes, que desgranaron casi una treintena de piezas para las pocas decenas de personas que se desplazaron al Monasterio de Yuste y para las que pasaban por allí y decidieron quedarse a disfrutar del concierto.

Cabe preguntarse el porqué de tan escasa afluencia (la difusión fue pobre, cuanto menos) y de las condiciones de ruido constante que hubieron de sufrir los intérpretes y, por supuesto, un público por otra parte disciplinado y silencioso. Y, por supuesto, esperar que los programadores entiendan que esta es una música que requiere difusión urgente y urbi et orbe.

Fue este un gran viaje interpretativo por infinidad de estilos, texturas y formas de hacer de los compositores del XVI, explicado con interés y acierto por el propio Minguillón, y que no se pareció en nada a las experiencias (en vivo y discográficas) recientes de este repertorio.

El cuarteto vocal, de extraordinaria solidez, cantó con perfecta inteligibilidad los textos en una acústica muy complicada, y la plétora de recursos técnicos e interpretativos, dejó momentos de gran belleza con la quietud de las piezas Mi libertad en sosiego y Pues que jamás olvidaros, o la juerga distendida de un Hoy comamos inédito por su factura, hasta el Rodrigo Martínez que cerraba oficialmente el concierto y que levantó al público de sus asientos en una cariñosa ovación.

Las columnas instrumentales que jalonaban el programa fueron, igualmente, tesoros escondidos y sacados a la luz por el propio Manuel Minguillón, que desplegó una sensibilidad estilística fabulosa en sus interpretaciones a la vihuela.

La vihuela de arco (o viola de gamba) de Alejandro Marías sonó especialmente convincente en las virtuosísticas recercadas de Diego Ortiz, y Belén Nieto con las flautas de pico dio una lección de colorido y afinación de conjunto, sin descuidar su propia faceta técnica, particularmente en la música de Francisco de la Torre.

Mención aparte merece el percusionista Daniel Garay, justificando su omnipresencia en multitud de grupos especializados nacionales e internacionales. Más allá de tocar la percusión, algo que hizo con verdadera pasión y virtud, acarició la música durante todas sus intervenciones. Acompañó con verdadera sensualidad a la vihuela en la música de Narváez e incluso en alguna recercada, e imprimió el carácter necesario a las piezas más festivas, con un maravilloso despliegue de medios.

Más allá de las hipérboles causadas por la pasión, es manifiesta la necesidad de reflexionar sobre la riqueza un repertorio de altísimo valor que no ha recibido el cariño musical adecuado, y sobre la urgencia en revisar unas versiones añosas y trasnochadas de estos "grandes éxitos" de la música española. Será bueno, para ello, seguir la estela interpretativa de Collegium Musicum Madrid y Manuel Minguillón, que pueden dejar auténticas versiones de referencia en las que basar el trabajo en esta música en el futuro.