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CRÍTICA: Viejos y nuevos sones


Madrid. Auditorio Nacional (Sala de Cámara). 2-XII-2016. Ciclo Fronteras. Rocío Márquez, voz. Fahmi Alqhai, viola da gamba. Agustín Diassera, percusión. Mi son que trajo la mar. Nana sobre El cant dels ocells. Bambera de Santa Teresa. Si dolce è'l tormento. La mañana de San Juan. Cante de Alosno. Canarios. Aires de peteneras. Seguiriya.

Eduardo Torrico

Cada vez es más frecuente ver a especialistas en música antigua dentro de proyectos de eso que se ha dado llamar “fusión”. Hay quien tira por el jazz, hay quien tira por el folk, hay quien tira por la música contemporánea (acaba de salir, sin ir más lejos, el último disco de Forma Antiqva, titulado “The Volcano Symphony”, en el cual el grupo asturiano interpreta música de Ernst Reijseger )… El violagambista Fahmi Alqhai ha optado por el flamenco. Su colaboración aún reciente con el cantaor Arcángel, plasmada también en disco, ha sido un éxito en España y fuera de España. El pasado septiembre presentó en Sevilla su nueva propuesta junto a la cantaora Rocío Marquéz; ahora lo ha hecho en Madrid.

Si en “Las idas y las vueltas” Alqhai exploraba las raíces que vinculan a la música antiguas y al flamenco, en “Diálogos de viejos y nuevos sones” lo que han hecho él y Márquez ha sido volcar sus propios gustos personales y, como reconoce el propio violagambista sevillano, “ver qué es lo que puede salir de ahí”. Para los más puristas, a priori, la cosa es de anatema. Sin embargo, vista la excelente acogida que el espectáculo tuvo hace unos meses en la Bienal de Flamenco y vista la no menos excelente acogida que ha tenido en Madrid, habrá que convenir que Alqhai —que tiene un especial talento para detectar lo que gusta y lo que no gusta al público— ha vuelto a dar en la diana.

En “Diálogos de viejos y nuevos sones” hay de todo, como en botica. Desde esos sones de ida y vuelta, que a medida que se hacen más evidentes se hacen también más familiares, hasta Claudio Monteverdi (Si dolce è’l tormento), pasando por seguiriyas, peteneras, canarios, sones sefardíes (A la una yo nací) o canciones tradicionales muy alejadas de Andalucía o de América (el popular catalán Cant dels ocells, muy apropiado para las “entrañables” fiestas navideñas que ya nos están acechando amenazantes ahí, a la vuelta de la esquina).

Lo que más destaca de Márquez es la naturalidad con que canta algo tan rebosante de artificiosidad como es el flamenco. Nunca se la ve forzada y hasta adentrándose en el italiano, de la mano de don Claudio, demostró maneras, que dicen los taurinos (pese a que en dos ocasiones castellanizó la palabra “belleza”; pero lo hizo con tanto salero que ni se notó). Alqhai (que tuvo hacer un auténtico tour de force durante la hora y medida que dura el espectáculo, pendiente hasta del más mínimo detalle del acompañamiento del cante y, también, de la percusión) se soltó el pelo en sus solos violagambísticos y acabó metiéndose al público en el bolsillo.

La propina final trajo una inesperada sorpresa (que, por eso, por inesperada es sorpresa; si fuera esperada, no lo sería): el bolero Angelitos negros de Antonio Machín, que sonó tan antiguo como flamenco. Hasta quedó plenamente justificada su inclusión en el programa cuando Márquez explicó que el cantante cubano se había inspirado para componerlo cuando visitó la iglesia sevillana de San Luis de los Franceses y que fue precisamente ahí donde ella y Alqhai estrenaron este espectáculo.

A mi modo de ver, la amplificación restó un punto de brillantez al espectáculo. Entiendo que una voz “pequeña” como la de Márquez la necesite, pero lo que se gana en volumen sonoro se pierde en espontaneidad y autenticidad. Tampoco dio la sensación de que le ingeniero de sonido tuviera su mejor tarde. Pero, en fin, son los peajes que hay que pagar cuando de fusionar se trata.