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CRÍTICA: Una gran soprano para el gran Purcell


Madrid. Auditorio Nacional. 2-I-2017. Berit Solset, soprano. The King’s Consort. Director: Robert King. Obras de Locke, R. Johnson, Wilson, Morley, E. Johnson, Edwards y H. Purcell. 

Eduardo Torrico

Imposible confeccionar un programa tan inglés como el que presentó anoche Robert King en la capital de España. Se trata de un homenaje a William Shakespeare, del que el pasado año se conmemoró el cuarto centenario de su muerte (llega, pues, la cosa con algo de retraso a nuestros escenarios). Todo compositores ingleses. Todo intérpretes ingleses. Bueno, no todo… la soprano Berit Solset, que al final resultó lo más interesante de la velada, es noruega. Lo mismo que el primer violín, Cecilia Bernardini, que es una curiosa mixtura ilaliano-holandesa.

El concierto se dividió en dos partes isométricas. La primera, confeccionada con canciones y danzas utilizadas en el siglo XVII durante representaciones teatrales de obras del bardo de Stradford. En la segunda sonó una selección de piezas vocales e instrumentales de The Fairy Queen, semiópera estrenada por Henry Purcell en la primavera de 1692 y basada en la comedia shakesperiana El sueño de una noche de verano. 

La primera parte resultó monótona (por no decir directamente que aburrida) debido a dos causas. La primera, que la música vocal de la Inglaterra del XVII (especialmente, la profana) no pasó nunca de discreta, salvo contadas excepciones durante el periodo isabelino (la más paradigmática, John Dowland, sin discusión). La segunda, que King y su King’s Consort hicieron bueno el estereotipo de la frialdad de los grupos ingleses que se dedican a la música antigua (la mayoría de ellos, no todos).

Tras la pausa, la situación cambió radicalmente porque Purcell es mucho Purcell y porque los intérpretes parecieron contagiarse de la alegría que irradian las canciones y las danzas contenidas en la mágica atmósfera de la Reina de las Hadas. Solset cantó con una increíble dulzura y con una asombrosa transparencia, que llegó a su punto culminante con el Lamento (O let me weep). Solo por ese instante de arrobo ya mereció la pena haber asistido al concierto. Conviene no perder la pista a esta soprano.