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CRÍTICA / Un tributo a la calle Leganitos


Madrid. Auditorio Nacional. 1-III-2018. Alicia Amo, soprano. Musica Boscareccia. Director: Andoni Mercero. Obras de D. Scarlatti y Corselli.

Eduardo Torrico

Hay calles que han quedado indeleblemente entroncadas con la música por haber sido lugar de residencia de uno o de varios compositores célebres. Por ejemplo, la Peterstrasse hamburguesa, en la cual o cerca de la cual residieron Telemann, C.P.E. Bach, Hasse, Mendelssohn y Brahms. O la londinense Brook Street, en cuyo número 23/25 vivió Haendel (y, muchos años después, Jimmy Hendrix). Los ayuntamientos a las que pertenecen las han sabido promocionar, convirtiéndolas en lugar de peregrinaje para el turista melómano (profileran en ellas los museos dedicados a los que fueron sus inquilinos). Madrid podría haber hecho lo mismo, pero, ¡ay!, Madrid es España y no hay país en el mundo entero que desprecie más su patrimonio musical que el nuestro. 

Hay una calle en Madrid que también podría haberse erigido como santuario musical: la castiza Leganitos. En ella, en donde hoy se sitúa el número 35, vivió y murió Domenico Scarlatti, y en ella se ubicaba el Real Colegio de los niños cantores (o cantorcicos), también llamado Colegio de los niños músicos de Santa Barbara, que en realidad era para el pueblo llano el colegio de los niños capones o el colegio de los castrados, de los cuales se surtía la Capilla Real para que sirvieran de tiples. En ese colegio residió durante varios decenios Francisco (Francesco) Corselli, en su condición de director del mismo. No hace falta echar a volar demasiado la fantasía para imaginar, una mañana cualquiera de mediados del siglo XVIII, a Scarlatti y a Corselli saludándose en la calle Leganitos, quizá cuando iban a comprar el pan, ese mismo pan del que abastacía en exclusiva a toda la urbe, por concesión real, otro músicos llegado como ellos desde Italia, Domingo (Domenico) Porretti, yerno del ilustre violinista y compositor Jayme (Giacomo) Facco y futuro suegro (a título póstumo) de Luigi Boccherini, que había contraído segundas nupcias con Joaquina Porretti Facco. 

Por azar —acaso no tanto—, la soprano Alicia Amo y el grupo con el que colabora de forma más estrecha y habitual, Musica Boscareccia, han grabado hasta la fecha dos discos: el primero, dedicado a Corselli; el segundo, a Scarlatti. Auténticos expertos en la vida musical de la calle Leganitos, vamos. Amo y Musica Boscareccia ofrecieron anoche en el Auditorio Nacional un concierto en el que figuraban obras incluidas en estos dos discos: la cantada al Santísimo Al molino venid, finos mortales y una Sonata para violín en Re menor, de Corselli, y las cantatas Tinte a note di sangue y Pur nel sonno al men tal'ora, y una Sonata en trío en Re menor, de Scarlatti.

Aclaración: la última obra es tanto de Andoni Mercero —director de Musica Boscareccia— como de Scarlatti. Lo explico: siguiendo el mecanismo que hace dos siglos y medio utilizó Charles Avison para transformar en concerti grossi las sonatas para clave de Scarlatti, el violinista donostiarra también ha trocado en sonatas en trío esas sonatas para clave de Scarlatti. La que sonó ayer, por ejemplo, está basada en las sonatas K. 69, 233, 208 y 120. El arreglo (que es bastante más que un arreglo, ya que hay mucho de la propia cosecha de Mercero) es realmente extraordinario, ya que, sin perder ni un ápice de la esencia scarlattiana, la enriquece con ese orgánico de dos violines, violonchelo, archilaúd, tiorba y clave. Particularmente conmovedor es el Adagio e cantabile (K. 208), que suena en manos de Musica Boscareccia como —me atrevo a decirlo— nunca jamás había sonado antes. 

Alicia Amo desgranó con igual soltura las dos cantatas (profanas) de Scarlatti que la cantada (sacra) de Corselli. Es una artista poliédrica, que se mueve con comodidad en cualquier repertorio (desde Gesualdo a Schoenberg), que posee una coloratura admirable, una agilidad asombrosa y unos graves infrecuentes en una soprano. A todo ello le une una sensibilidad exquisita, no solo cuando canta, sino también cuando recita (en el Barroco italiano el recitativo es casi tan importante como el aria, aunque muchos directores —incluso, aquellos especializados en interpretación historicista— no son capaces de verlo). Estuvo espléndida de principio a fin, gracias también sostén que le brinda Musica Boscareccia, que, en contra de lo que es la tónica habitual, se caracteriza por contar siempre con los mismos integrantes (además de Mercero, el violinista Alexis Aguado, la violonchelista Mercedes Ruiz, el laudista Juan Carlos de Mulder y el clavecinista Carlos García Bernalt). En ese sentido, funciona realmente como un quinteto estable. ¡Y bien que se nota!

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