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CRÍTICA / Un programa valiente de la Orquesta de Extremadura


Madrid. Auditorio Nacional de música. Temporada de la ORCAM. Lluìs Homar, actor. Orquesta de Extremadura. Director: Álvaro Albiach. Obras de Prokofiev y Shostakovich.

Santiago Martín Bermúdez

La Orquesta de Extremadura ha presentado un atrevido y original programa doble en la temporada de la ORCAM. Temporada que, dicho sea de paso, concluirá dentro de unos días nada menos que con el Elías de Mendelssohn, dirigido por Victor Pablo Pérez. Álvaro Albiach, director titular de la Orquesta de Extremadura, se ha presentado con un programa ruso del siglo XX: la música incidental para Hamlet, film de Grigori Kozintsev de 1964, una maravilla de la historia del cine.  La música tiene nivel, calidad, pero no es el mejor Shostakovich, ni mucho menos. Shostakovich, como es sabido, tuvo que hacer mucha música para el cine cuando se cerraron para él las salas de conciertos y los teatros de ópera; no por prohibición expresa, sino porque los que parecían decidir sabían que tenía que ser así. Y así fue, por ejemplo, de 1948 en adelante. En 1964 es distinto; hace buena música para su amigo Kosintsev y para un proyecto artístico importante, un Hamlet que, igual que el Rey Lear del mismo director (1971, también con música de Shostakóvich), no parece haber sido superado por nadie, ni siquiera los británicos.

La novedad de la suite de trece números que presentaron Albiach y Extremadura fue la inclusión de pasajes dramáticos extraídos del Hamlet de Shakespeare por un shakespeariano impenitente y excelente director teatral, el irlandés Denis Rafter. Y, para mayor acierto, esos textos los decía, los susurraba o los elevaba a crispación un actor como Lluìs Homar, de lo mejor de nuestro país, como saben los que van al teatro, al cine o ven alguna serie de televisión. Desde hace tres décadas y media veo de vez en cuando a Lluìs Homar, desde aquellas puestas en escena del Teatre Lliure, direcciones de Fabià Puigcerver o Lluìs Pasqual, desde aquel Shakespeare, aquel Strindberg, aquel Fígaro que después repuso y dirigió el mismo Homar; hasta interpretaciones espléndidas como la de Los abrazos rotos, que al parecer hizo sufrir al actor más de lo que acostumbra a hacer sufrir un papel complejo.  Este actor privó a su drama/relato de Hamlet de todo pathos excesivo, rehuyó lo fácil, y matizó, sobre todo matizó, como matizó la orquesta, que tiene tendencia al forte pero que sabe descender al piano. Ahí se entendieron muy bien Albiach, Homar y la orquesta. Bravo por ellos. Lástima que la megafonía del Auditorio Nacional siga siendo de tan ínfima calidad. Más aún en la sala de cámara, me da la impresión. ¿No pueden hacer algo? Una megafonía así es un artefacto en contra de cualquier proyecto artístico que la precise. Emborrona la palabra tan bien dicha, tan bien murmurada.

Se ve que Albiach conoce bien la Séptima Sinfonía de Prokofiev, la última. Es una sinfonía de factura ortodoxa, con sus cuatro movimientos, su más o menos forma sonata, su más o menos scherzo (que evoca el ballet Cinderella), su más o menos cantabile lírico, su más o menos rondó. Y, sin embargo, carece de aspecto sinfónico. Es cierto que estamos en e 1952, pero también es cierto que estamos en la URSS, cuyas autoridades pretenden que la música retroceda cien años, por el bien del pueblo. Aquí se ve, se percibe, se oye el Prokofiev teatral, el de las danzas, el de Guerra y paz, el de Romeo y Julieta y, claro, Cinderella. No tanto el de su último ballet, el tercero de los ballets considerados operísticos: La leyenda de la flor de piedra. Francamente, no me suena conformista esta sinfonía, por mucho que nos digan que aquí quiso corregirse. Tiene obras de por entonces más conformistas para con los grandes expertos artísticos del Kremlin, como su última ópera o ese lamentable Guardián de la paz (ya sabemos quién era ese guardián y en qué consistía esa paz). En fin, cuando se estrenó esta sinfonía, faltaban menos de cinco meses para que Prokofiev falleciera. En manos de Albiach, segurísimas como decimos, la Séptima Sinfonía es una vitalísima suite de danzas que a veces se detiene en el amplio tema épico del primer movimiento, ese que regresa en el Finale y que identificamos como muy "Guerra y paz". Toda esa dramaturgia, esa peripecia, ese baile trufado de animada épica de vez en cuando, los daba Albiach y los daba la Orquesta de Extremadura con alegría, con virtuosismo. Con eso que se llama musicalidad, elevada de no sé qué potencia. Pero elevada. Un bello concierto.