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CRÍTICA / Un "Orfeo" para la historia


Madrid. Teatros del Canal (Sala Roja). 11-III-2017. Monteverdi, L’Orfeo. Cyril Auvity, Hannah Morrison, Lea Desandre, Miriam Allan, Carlo Vistoli, Sean Clayton, Zachary Wilder, Antonio Abete, Cyril Costanzo, Paul Agnew. Les Arts Florissants. Director musical y de escena: Paul Agnew.


Eduardo Torrico

Cinco rocas en medio del escenario, a modo de monumento megalítico tipo crómlech, según la tradición solar celta, y un lecho de flores… Ese es el decorado minimalista ideado por Paul Agnew para la primera parte de su Orfeo monteverdiano. En la segunda parte, ya con Orfeo en el Hades en busca de su amada Eurídice, se mantiene la tramoya, pero todo cambia con el juego de luces. Y con los personajes, claro: al principio aparecen felices pastores (cantantes y músicos) que danzan en torno a Orfeo y Eurídice, en una escena arcádica que pareciera salida de un cuadro de Nicolas Poussin, pero luego esos mismos cantantes y músicos se transforman en las sombras que deambulan por el inframundo. Y siempre al fondo, como mudo testigo de lo que para bien o para mal sucede, está Apolo, el dios del sol (de ahí, el monumento megalítico) y el padre de Orfeo, quien solo interviene al final de la obra para consolar a su desdichado hijo por la irreparable pérdida de Eurídice.

Cinco rocas son suficientes para dejar evidencia a toda esa legión de directores escénicos empeñados en situarse por encima de la música, del autor y de los protagonistas y, al mismo tiempo, emperrados en que el espectador no se enteré de nada de lo que sucede en el escenario, por que no cuentan la historia tal cual es, sino sus historias, que no interesan nunca nada a nadie. Y ha tenido que ser precisamente alguien como Agnew, que no es director escénico sino musical y que, además, en este Orfeo actúa y canta (poco, es verdad, porque el papel de Apolo es mínimo). Y es que en este mundo, en general, y en la ópera, en particular, no hay nada que escasee más que el sentido común, ni nada que abunde tanto como la petulante ignorante de los registas.

Por si a esta alturas no lo han colegido, les diré que sí, que estamos ante un Orfeo antológico, de esos que marcan un antes y un después, como sucedió hace justo treinta años, también con Les Arts Florissants (dirigidos entonces por Williams Christie), con aquel inolvidable Atys de Lully. Un Orfeo del que quedará testimonio para la posteridad, pues, al margen de esta pequeña gira que la formación francesa ha hecho a las órdenes de Agnew, se ha realizado una grabación videográfica. Un Orfeo antológico en lo escénico, sí, pero también lo musical, pues pocas veces se ha sabido plasmar mejor lo que Claudio Monteverdi quiso contar en Mantua en aquel lejano 1607.

Por indicaciones del propio Monteverdi, en unos casos, y por intuición, en otros, Agnew intenta recrear fielmente el Orfeo de la corte de los Gonzaga. Los diez cantantes solistas asumen también las funciones del coro y los instrumentistas (dos violines, dos violas, una viola da gamba, un violone, dos flautas —que también tocan las cornetas—, cuatro sacabuches, un arpa, un archilaúd, una tiorba —la de Massimo Moscardo, que en algún pasaje también usa una cítara—, y dos claves, dos órganos y un regal) actúan además de tocar (algo que, a mi modo de ver, supone uno de los pocos peros de este Orfeo: los violines y las violas están detrás en el escenario y eso hace que su sonido no llegue con la necesaria fuerza al patio de butacas).

Todo está en su sitio, todo funciona con la precisión de un reloj suizo, aunque cantantes y músicos son los propios directores de sí mismos. Señal de lo mucho y bien que han trabajado en los ensayos. Cyril Auvity hace uno de los mejores Orfeos que se recuerdan, lejos de esos cantantes chillones a los que, por desgracia, nos hemos acostumbrado cuando escuchamos este rol. Hannah Morrison está espléndida en su desdoblamiento Eurídice/La Música. Lea Desandre (Mensajera/Esperanza) confirma que nos hallamos ante una cantante dejará huella. Extraordinarios, asimismo, Miriam Allan (Proserpina), Carlo Vistoli (Espíritu/pastor), Zachary Wilder (Espíritu), Sean Clayton (pastor) y Cyril Costanzo (Caronte/Espíritu). Correcto simplemente Antonio Abete (Plutón/Espíritu/pastor) y testimonial Agnew en su mínima intervención. Todos ellos, con una impecable dicción, haciendo bueno el precepto monteverdiano de “prima le parole, e poi la musica”.

Fue una jornada inolvidable, solo alterada por la sinfonía de incesantes toses de un público poco acostumbrado a estas íntimas veladas de música antigua, por algún que otro horrísono teléfono y por el cafre desalmado que decidió poner en marcha el aire acondicionado justo cuando Orfeo comenzaba el lamento por la pérdida de su amada.

Foto: Philippe Deval