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CRÍTICA: Un milagro llamado Stradivarius


Madrid. Palacio Real (Salón de Columnas). 16-X-2016. Josetxu Obregón, violonchelo. La Ritirata. Obras de Facco, Paganelli, Soler, Boccherini, Porretti y Bach.

Eduardo Torrico

A veces en un concierto se dan circunstancias tan extraordinarias que relegan a un segundo plano al intérprete e, incluso, a la propia música. Sucedió anoche en Madrid, en el Salón de Columnas del Palacio de Oriente, cuando Josetxu Obregón hizo sonar uno de los dos violonchelos Stradivarius de la Colección Real. En concreto, el que el lutier cremonés construyó en 1700 y es independiente de sus hermanos del Cuarteto Palatino.

Violines, violas y violonchelos Stradivarius suenan con frecuencia en los auditorios de medio mundo, pero no como sonaban primigeniamente, porque todos han sido víctimas del aquelarre violero que se perpetró en el siglo XIX y que llevó a transformarlos de tal manera que muchos de ellos lo único que conservan de Stradivarius es el nombre. Solo uno, el “Servais” perteneciente a la Sociedad Smithsonian de Washington, no ha sufrido cambios sustanciales y se mantiene un estado muy parecido al de 1701, cuando salió del taller de Antonio Stradivari. Al resto —violines, violas o violonchelos— les han sustituido los mástiles y los puentes, les han puesto mentoneras y picas y, en no pocos casos, han sido recortados para ser tocados con más comodidad. Por supuesto, hoy en día es imposible ver un Stradivarius con cuerdas de tripa, porque todos las llevan metálicas.

Lo que ha tenido de excepcional en esta ocasión el Stradivarius del Palacio Real es que ha sonado entripado y desempicado. Se trata de un instrumento mayor de lo habitual (la estandarización del violonchelo llegaría más o menos a finales del siglo XVII, pero Stradivari aún siguió construyendo varios modelos algo más grandes) y que no ha sido recortado, si bien su actual mástil es más corto que el original y su puente es el de un violonchelo moderno. Las cuerdas de tripa le confieren un sonido apabullante que inunda cualquier de la sala, por grande que esta sea, y que demuestra, incluso a los más escépticos, que el mito que rodea a los Stradivarius tiene una base científica irrebatible.

En tales condiciones, un Stradivarius es un ser vivo, capaz de irse transformando poco a poco hasta llegar a la perfección acústica. Lo explicaba el propio Obregón gráficamente: hace justo una semana Patrimonio Nacional le autorizó a ponerle cuerdas de tripa; el martes pudo ensayar por primera vez y ayer fue el concierto. Pues bien, a medida que lo iba tocando —algo que nadie ha hecho en los últimos dos años— el violonchelo mejoraba de manera milagrosa. Tanto, que terminó por fagocitar a los otros dos instrumentos que le hacían compañía: el violonchelo de Diana Vinagre y el clave de Daniel Oyarzábal. La experiencia resultó asombrosa no solo para el ejecutante, sino para los que asistíamos pasmados al acontecimiento.

No es cuestión de entrar en detalles sobre la interpretación. Obregón es un violonchelista excepcional, capaz de tocar cualquier instrumento, así que si cae en sus manos uno de los mejores violonchelos del mundo aún se muestra más excepcional. Tocó obras de aquellos compositores italianos del siglo XVIII —en algunos casos, también eran reputados violonchelistas— que hicieron la mayor parte de su carrera musical en España (Boccherini, Porretti, Facco…) o que en algún momento determinado de sus vidas pasaron por nuestro país (Paganelli…). Su música sonó como nunca en los tiempos modernos gracias al Stradivarius del Palacio Real. También hubo tres piezas del Padre Soler (dos sonatas y el célebre Fandago), magníficamente ejecutadas por Oyarzábal al clave. También, como colofón y como "capricho" personal, Obregón ofreció como propina el preludio de la Segunda suite de Johann Sebastian Bach.

Experiencia inolvidable, que algunos de ustedes podrán vivir en persona esta tarde si son de los afortunados que poseen una de esas entradas que se pusieron a la venta la pasada semana y que se agotaron en apenas una hora.