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CRÍTICA / Un instante en medio de fragor


Madrid. Auditorio Nacional. 20-II-2018. Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. Miembros de la JORCAM. Katia y Marielle Labèque, pianos. Director: Semyon Bychkov. Obras de Wagner, Bruch y Shostakovich. 

Arturo Reverter

Hay un instante del meditativo Largo de la Sinfonía nº 5 de Shostakovich que pone los pelos de punta si se realiza con el tacto, el control, la tensión con el que pudimos escucharlo en esta ocasión: es aquél en el que el oboe expone quedamente una melodía tristemente interrogativa sobre un lecho de cuerdas en pianísimo. Bychkov logró que éste fuera casi irreal, próximo a lo inaudible. Tuvimos que aguzar el oído. Pero el resultado fue mágico y se constituyó en uno de los puntos esenciales de una interpretación formidable, en la que la batuta, con su habitual vaivén, desplegó toda su amplia panoplia gestual y dominó con suficiencia el curso de la partitura, que se nos brindó en todo su fulgor, sus brillos a  veces exteriores, sus contrastes, sus ritmos desbocados y sus gigantescos crescendi.

Antes ya habíamos podido seguir la cuidadosa introducción del Moderato inicial, tocado con fruición, con delicadeza suma, aunque bien contrastado con el carácter histriónico de la siguiente idea, marcada con pulso adecuado. Buena construcción del gigantesco crescendo y soberbio unísono con el tema de apertura. Las notas espaciadas de la celesta establecieron la calma chicha deseada. Los bajos de la Orquesta abrieron magníficamente el furibundo Allegretto, en el que afloró como se pide el sarcasmo típico del compositor gracias a una acentuación bien estudiada.

El bombástico —que diría el llorado Pérez de Arteaga— Allegro final se expuso con toda la intensidad requerida y la claridad ideal, con el súbito paso del más horrísono fortísimo al piano más exquisito. Los ecos de músicas populares acertaron a reflejarse. La batuta persuasiva y dominadora, la autoritaria guía se impusieron, como era de esperar, en ese final un tanto facilón, de un descaro militante tan evidente que siempre dio pie a la posibilidad de que fuera una sabia burla hacia el poder reinante del soviet. Fuera como fuera todos vibramos en el asiento hacia ese monumental despliegue, remate de una interpretación de altos vuelos, que, como era de esperar, provocó el delirio del respetable. Al final se nos obsequió con una bien medida, bien proyectada, hábilmente construida dinámicamente, de la variación Nimrod, de las Enigma de Elgar.

La velada había comenzado con una plausible —con un fugato central bien expuesto y calibrado— interpretación de la obertura de Los maestros cantores de Wagner en la que colaboraron, casi al 50 por cien, integrantes de la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, de acuerdo con el proyecto Side-by-Side que lleva a cabo la formación holandesa en sus visitas. La primera parte se cerró con el más bien insustancial Concierto para dos pianos op. 88 A de Max Bruch, un trabajo de oficio, melódico, de buena factura pero de relativo interés. Del conservadurismo del músico da cuenta el que la obra es de 1915. Las hermanas Labèque tocaron con su gracia y desparpajo habituales, aunque se vieron perjudicadas por lo crecido de la orquesta acompañante.

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