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CRÍTICA / Un gran y profesional instrumento


Madrid. Auditorio Nacional. 12-V-18. Coro Nacional de España. Juanjo Guillem, Rafael Gálvez, Joan Castelló, Antonio Martín y Eloy Lurueña, percusión. Kevin Bowyer, órgano. Director: Miguel Ángel García Cañamero. Obras de Finnissy, Janácek, Ligeti y Erkoreka.

Daniel De la Puente 

Con el fenomenal recuerdo del "Zuhaitz" (árbol en euskera) que la Orquesta Nacional de España y Juanjo Mena estrenaron a Gabriel Erkoreka hace dos temporadas y que dejó en sombras al Mahler que completaba el programa en esa ocasión, llegaba este concierto con 'carta blanca' al compositor vasco y un interesante planteamiento que otorgaba su merecida importancia a la percusión y gran protagonismo al coro y que, lamentablemente, no tuvo respuesta en una audiencia que apenas ocupó un tercio de las butacas de la sala de cámara del Auditorio.

Juanjo Guillem, solista de percusión de la ONE, abrió el concierto descalzo y en penumbra con una íntima pero intensa obra, Ru Tchou, para "tres grupos de parches" que fue imposible disfrutar por el ya habitual acompañamiento de toses, carraspeos y sonoros movimientos de un público que, aunque escaso, se encargó de manifestar su presencia con ruido continuo (esta participación del respetable en el Auditorio Nacional se ha convertido en el último tiempo en una tónica generalizada que convierte algunas fases de los conciertos en un verdadero calvario).

Con el ambiente apropiado, habría sido una obertura perfecta para la Fauve (bestia salvaje en francés) que colmó el ambiente de colores y ecos de la tradicional txalaparta, un instrumento típico vasco de láminas de madera, imitado aquí con marimba y xilófono, tañidos con perfecto sentido camerístico por Rafael Gálvez, Joan Castelló, Antonio Martín y Eloy Lurueña y dirigidos con gesto poco académico pero muy efectivo y unificador por Juanjo Guillem.

Desde el órgano, Kevin Bowyer dejó un prescindible y trabado solo de órgano de la Misa Glagolítica de Janacek que hizo recordar el que se vivió no hace demasiados meses en la sala anexa. De las cuatro diferencias de Erkoreka, también para órgano, fue la segunda la que dejó mejores sensaciones por su delicadeza, mientras que las otras tres se vivieron como un cierto enmarañamiento de temas con pocos momentos memorables. Para destacar, la torpeza y los titubeos que se percibieron en los cambios de registración y que hicieron aún más discontinua la vivencia de la música en los momentos en los que el órgano participaba del concierto.

Una cuidada selección de dieciséis voces del Coro Nacional se encargó de servir el plato fuerte del concierto, en una segunda parte en la que se demostró que el enorme esfuerzo de renovación de la agrupación pública da sus frutos, no solo con un sonido de extraordinaria factura, sino con gran precisión técnica y capacidad de abordar repertorios al alcance únicamente de músicos profesionales como estos.

Dirigidos con la elegancia y compromiso que caracteriza a Miguel Ángel García Cañamero, los dieciséis cantantes brindaron un Pápainé de György Ligeti para enmarcar. Un empaste envidiable en todas las cuerdas sin perder variedad cromática: delicadeza en las sopranos, buen color en las altos, una cuidadosa línea de tenor y unos convincentes bajos aportaron la variedad cromática precisa en una obra que genera extraordinaria complejidad a través de temas aparentemente sencillos.

El Veni Creator para coro, órgano y percusión del propio Erkoreka, que cerró el concierto, se mostró como una obra irregular, con momentos de gran belleza que se veían casi inmediatamente eclipsados por complicaciones poco orgánicas para la voz y que convierten estas obras en 'carne de cajón', por la dificultad que entrañan para grupos que no sean, precisamente, el Coro Nacional.

García Cañamero y los músicos del coro gestionaron con maestría todas las dificultades, y el gesto del director consiguió amalgamar acertadamente colores, volúmenes y balances entre coro, órgano y percusión, además de dar continuidad a una obra cuya inteligibilidad se veía complicada con recursos compositivos que no parecían aportar más que dificultades a un discurso que en otros momentos discurre fluido y bello. 

El (escaso) público agradeció el esfuerzo de los intérpretes y el compositor con un largo aplauso final. Merecido.