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CRÍTICA / Turquería con 'drag-queens'


San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 28-VII-2018. Rossini, L’italiana in Algeri. Mariana Pizzolato, Carlo Lepore, Francisco Brito, Joan Martín Royo,  Sebastià Peris, Arantza Ezenarro, Alejandra Acuña. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Director musical: Paolo Arricabeni. Director de escena: Joan Anton Rechi.

Arturo Reverter

Recala en el festival veraniego de la localidad serrana esta producción de La italiana en Argel procedente del Colón de Buenos Aires. La ópera fue estrenada en el Teatro San Benedetto de Venecia el 22 de mayo de 1813. Desarrolla una acción típica de rescate, recogida por el compositor de un libreto de Anelli escrito para una obra de 1808 de Luigi Mosca. La acción discurre en el palacio de Mustafà, Bey de Argel. Rossini consigue inusitados efectos y memorables pasajes contrapuntísticos, con abundante juego de onomatopeyas. Las aventuras en la corte, la manera de tomarle el pelo al pobre hombre, con la adjudicación del falso título de Pappataci, cuyos únicos deberes son los de comer, beber y dormir, componen un hermoso y animado tejido músico-dramático.

Rechi se ha liado la manta a la cabeza y ha creado una acción de dobles sentidos y equívocos integrando elementos de dispar procedencia que ponen en peligro la inteligibilidad narrativa y a veces confunden. De todo hay en esta viña, como se apunta en el programa de mano (que no contiene ningún comentario musical sobre la obra: aire revisteril, de comedia musical, un imaginario Argel de los años 40, conexiones con el Marruecos de la película Casablanca, algo de Shakespeare —lo que no apreciamos con claridad— y, también, el típico planteamiento en la que una situación se integra dentro de otra: teatro dentro del teatro, lo que no queda siempre bien explicitado.

Alguna sal gruesa, toques horteras, gotas de buscada cursilería se integran en el espectáculo, que está, sin duda, muy bien movido y en el que son protagonistas un pequeño grupo de drag-queens que no paran de contonearse y acaban por resultar algo cargantes. Pero colorean y animan. De ese atavío participa también, episódicamente, el coro, y un solitario personaje que aparece en escena con ropaje moderno, con una maleta y una partitura. Parece querer introducirnos en la acción. Enseguida, y de esa guisa, se coloca ante el clave situado en un altillo lateral sobre el foso. De vez en cuando abandona su posición y se mete en la juerga. Su nombre: Miguel Huertas.

Hay escenas muy graciosas y bien resueltas, como la del dúo del Bey con Lindoro, en el que éste aparece al principio encerrado en una suerte de gigantesco farol; o la que cierra convulsivamente el acto I, en la que juegan un gran papel los diabólicos teléfonos, que terminan por enredar a todos los protagonistas. Aquí puso toda la carne en el asador desde el foso Paolo Arrivabeni, que imprimió la adecuada y enloquecida marcha a la stretta, sin duda un anticipo de la que cierra el acto inicial del posterior Barbero de Sevilla. El director mantuvo en general tempi muy plausibles, otorgó variedad a los acentos y mantuvo la agilidad de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, no siempre refinada en los timbres pero profesional y generalmente pulcra. Echamos de menos en algunos crescendi una mayor cantidad de dinamita, de impulso y de control más contrastado de dinámicas.

Del equipo vocal habría que destacar en primer término a Carlo Lepore, un Mustafá no exageradamente caricaturizado, en su punto de comicidad, que maneja una voz no bella, de agradable espectro tímbrico, pero sí muy personal, resonante, bien colocada, extensa y con notas graves muy corpóreas, que emplea con buena técnica. Un instrumento que lo ha de facultar para otorgar carne a otros papeles de basso buffo (Don Magnifico, Dulcamara, Melitone, por ejemplo); y algunos no tan cómicos y más enjundiosos. Es intérprete, por ejemplo, de Falstaff, lo que indica que circula con cierta soltura en tesitura baritonal. Nos obsequió con alguna lustrosa nota abisal de buena calidad. Muy entonado Joan Martin Royo, que avanza lenta pero firmemente, aunque no tenga un instrumento de postín en su bien labrado camino de barítono lírico, como Taddeo.

Mariana Pizzolato cantó con gusto y picardía, con un timbre de mezzo bien coloreado, homogéneo, con agilidades prestas y con aceptables reguladores, que le permitieron exponer con autoridad la hermosa aria Pensa alla patria. Sale perjudicada, sobre todo en los concertantes, por la escasa potencia y brillo del instrumento. Sus dimensiones corporales otorgan un plus de retorcida comicidad al personaje. Francisco Brito es un tenor ligero no muy poblado de armónicos y ciertos toques nasales, pero no tuvo problemas en agudos y sobreagudos y mantuvo una discreta línea de canto salvando con suficiente pericia los pasajes de agilidad. Sebastià Peris, un Haly vestido de lentejuelas, prestó su noble timbre de barítono lírico, de buen centro, en camino de una prometedora madurez. En su punto las dos habitantes del harén, la soprano Arantza Ezenarro, de timbre soleado, y la mezzo Alejandra Acuña, mezzo de tersa sonoridad.

Se portó el coro, masculino en este caso, cuyos componentes tuvieron que cambiarse continuamente de atuendo, incluido el militar. Las luces, manejadas por Sebastián Marrero, estuvieron generalmente en su sitio. Trajes fantasiosos de Mercè Paloma y variopinta escenografía de Claudio Hanczyc. Gran éxito y teatro lleno.