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CRÍTICA / Todavía puedo escuchar el dulce estribillo


Madrid. Auditorio Nacional. 23-IV-2017. Bejun Metha, contratenor. Akademie für Alte Musik. Obras de Haendel, Vivaldi, J. S. Bach, J. C. Bach, Caldara y Hoffmann (?).

Eduardo Torrico

Bejun Metha forma parte del Top 10 de los mejores contratenores del momento. Y por derecho propio, ya que el cantante norteamericano —que frisa la cincuentena— ha ensanchado la voz en los últimos años y ha mejorado en su técnica (resulta asombrosa la capacidad que ahora tiene para encontrar resonancias en su anatomía más allá de las que le proporciona el falsete) y en su capacidad de proyección (recuerdo los serios problemas que tuve para captar su voz hace once años en Santiago de Compostela, durante el recital que ofreció junto al Ensemble Matheus... y eso que estaba en la séptima fila). Lo que sigue inalterable es su excelente fraseo y su buen gusto, aunque ambas circunstancias se manifiesten mejor en según qué obras: Mehta es, por encima de todo, un animal de la escena y por eso brilla más en un aria operística o en una cantata profana que en una pieza religiosa, donde su expresividad teatral a veces no casa del todo con la espiritualidad y el recogimiento que requiere esta música.

Y es que Mehta mezcló ambas cosas en su recital de ayer en el Auditorio Nacional (Sala Sinfónica, que quede claro, porque para un contratenor no es lo mismo cantar en un espacio grande como este que en otro más reducido como podría ser la Sala de Cámara), junto a la Akademie für Alte Musik berlinesa, que sustituía a La Nuova Musica de David Bates, la cual había sido anunciada como orquesta acompañante cuando se dio a conocer la actual temporada del CDNM. No es que la formación alemana suene mal —todo lo contrario—, pero habría resultado interesante el debut en España de La Nuova Musica, una de las formaciones barrocas más descollantes surgidas en los últimos años en Europa (del buen hacer de Bates, su director, ya quedó constancia, como clavecinista, en la reciente Rodelinda del Teatro Real: fue el único que escapó de la abulia en la que Ivor Bolton tenía sumida a la orquesta).

También hubo numerosos cambios respecto al programa anunciado, reduciéndose la presencia de Haendel y aumentándose la de Bach, de quien se pudo escuchar la conmoveroda Ich habe genug, que no estaba prevista originalmente. Por suerte, la exclusión a la que se había condenado a la bellísima aria Yet can I hear that dulcet lay (es decir, el “Todavía puedo escuchar ese dulce estribillo” que sirve de titular a esta crónica), de la cantata dramática en un acto The choice of Hercules, se enmendó cuando Mehta la ofreció como única propina. Sí, porque, pese al éxito cosechado, el contratenor solamente regaló un bis, acaso porque su situación física no era la más indicada para hacer alardes canoros: antes de comenzar el recital, se anunció por la megafonía que Mehta sufría “una leve indisposición vocal”, algo que se constató sonoramente en algunos glissandos y visualmente en un incesante ir y venir a por el paquete de kleenex.

Lo de Mehta fue un homenaje a la cantata barroca en sus diferentes versiones: profana o sacra; con acompañamiento orquestal o con bajo continuo; en lengua italiana, alemana o inglesa… Empezó con la haendeliana Siete rose ruggiadose (que el compositor sajón, como buen reciclador que era, utilizó años más tarde íntegramente para una de las nueve arias alemanas, Künft’ger Zeiten eitler Kummer), tras la que vinieron otra cantata de Haendel (Mi palpita il cor); la ya mencionada Ich habe genug; el lamento Ach dass ich wasser g’nug hätte zum weinen (de Johann Christoph Bach, el más reputado de toda la extensa familia Bach hasta la irrupción de Johann Sebastian); la vivaldiana Pianti, sospiri e dimantar mercede RV 676; Schlage doch, gewünschte Stunde (durante largo tiempo atribuida a Bach y ahora, a Melchior Hoffmann, aunque tampoco es seguro que sea de este, como bien ha apuntado Masaaki Suzuki) y I will magnify Thee (que no es una cantata, sino un anthem, pero que queda bien como cierre de programa).

Particularmente no me convencieron demasiado sus lecturas de Ich habe genug y de Ach dass ich wasser g’nug hätte zum weinen (que se ha puesto de moda entre los contratenores), por la impresión que dio Mehta de no entender muy bien de qué trata el texto: si estás diciendo que te vas a morir pronto o que la ira del Señor va a caer sobre ti por haber pecado, pues no es como tirar cohetes, sino para mostrar contrición y pesadumbre. Pero, en fin, tampoco vamos a ser nosotros los que impidamos a Mehta que extrapole el asunto para poder demostrar sus cualidades líricas. La incomprensión del texto importó menos en Schlage doch, gewünschte Stunde, pues aún cuando estás implorando que llegue la anhelada hora de reunirte con el Salvador, las campanitas (tañidas, por cierto, por la excelente oboísta Xenia Löffler) tienen un aire festivo que le sienta muy bien al estilo desenvuelto de Mehta.

La Akamus, con Bernhard Forck de concertino, sonó suave y transparente, alejada de los excesos que se dan en otras formaciones (excesos que algunos adoran y que otros aborrecen). Sus interpretaciones del Concerto “Madrigalesco” RV 129, de Vivaldi, y de la sinfonía de La Passione di Gesù Cristo Signor Nostro, de Caldara, no pasaron de cabales, por lo que se agradeció la brevedad de las mismas.