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CRÍTICA / Tempo vorace


Bilbao. Edificio San Nicolás (BBVA). 3-X-2017. Nicolas Hodges, piano. Obras de Ferneyhough, Erkoreka, Sciarrino y Dusapin. 

Asier Vallejo Ugarte

A primera vista, Nicolas Hodges parece un pianista áspero, seco, distante, pero cabe preguntarse si se puede defender con sangre caliente un programa como el presentado en el estreno del nuevo Ciclo de Música Contemporánea de la Fundación BBVA de Bilbao. Con Ferneyhough, por ejemplo, conviene siempre tomar distancias, pues la densidad de su escritura puede acabar por aturdir tanto al intérprete como al oyente. En Quirl (2013) aún queda el rastro de la New Complexity que abanderó en los 80, los ritmos se pliegan unos con otros, las líneas se muestran irregulares y quebradas, las notas se agolpan masivamente hasta alcanzar la saturación total, pero no está tan claro como en algunas piezas pioneras, como el Tercer cuarteto de cuerda, que se mantenga el orden desde el punto de vista gramatical. Tampoco tiene la direccionalidad de la Primera balada (2017) de Erkoreka, en la que el vasco combina su admiración por Boulez (los dos acordes iniciales del sexteto Dérive 1 conforman su punto de partida) con la fantasía y el sentido narrativo de las Baladas de Chopin y Brahms, de las que tiene resonancias muy lejanas dentro de una escritura libérrima y sumamente abstracta. 

La Sonata nº3 (1987) de Sciarrino debe de ser una de las obras más difíciles del repertorio desde el punto de vista técnico, como si esa dificultad extraordinaria fuese un elemento constitutivo de su estilo, situado siempre en las fronteras de lo conocido y a las puertas se lo que queda por conocer. Pero a diferencia de Quirl, ésta es una obra de gran claridad en la que distintas superficies paralelas (vendavales de notas, rápidas escalas y arpegios, fortísimos clústeres) sobresalen con mucha luz dentro del caos, un caos buscado, paradójicamente, entre los ecos de una forma tan antigua y definida como la sonata. 

Hodges, espléndido siempre, reservó para la segunda parte el verdadero bombón del concierto: los Siete estudios para piano (1999-2003) de Dusapin. Al igual que sus mejores precedentes, desde Chopin hasta Ligeti, estas siete piezas cumplen con su finalidad práctica al tiempo que operan como muestras condensadas del espíritu de su época. Técnicamente son soberbias, por supuesto, pero Dusapin tiene también muy en cuenta la experiencia de los idiomas de Bartók, Debussy, Prokofiev y los grandes románticos para ofrecer una síntesis de la literatura pianística entera, desde casi todos los puntos de vista posibles, en el momento histórico de transición del siglo XX al XXI. Difícilmente podía haber comenzado mejor este octavo ciclo de la Fundación BBVA.