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CRÍTICA / Sinestesia


La Coruña. Salón de actos del Museo de Belllas Artes. 7-V-2017. Concierto matinal bajo la rúbrica, "Cinco compositores para un museo". Estíbaliz Espinosa, mezzosoprano. Despina Ionescu, viola. Alejandra Díaz, violonchelo. José Manuel Dapena, guitarra. César Viana, shakuhachi. Director: Hugo Gómez. Obras de Otero Moreira, del Puerto, Viana, Gómez-Chao y López Estelche.

Julio Andrade Malde

Como es bien sabido, la sinestesia consiste en una capacidad singular del ser humano, una especial sensibilidad que le permite relacionar unos sentidos con otros. Así, por utilizar ejemplos en que interviene la música, Hermann Hesse, en un admirable poema, asocia un lied de Schubert con el lirio amarillo (Iris pseudacorus) y con la primavera que es cuando florece la planta. Es decir, la música, el color y hasta el olor vernal. Alexander Scriabin relacionaba las tonalidades musicales con los colores. En el interesante concierto del museo coruñés, se hermanaron la audición y la visión: la escucha de la música y de textos poéticos con la visualización de cuadros mediante su proyección sobre pantalla. De este modo, se supera la tradicional división de las artes ya que se interrelacionan música, pintura y literatura.   

Estuvieron representados mediante sus obras e incluso con su propia presencia cinco compositores: cuatro españoles y un portugués, César Viana (afincado en España); y de ellos, dos, coruñeses: Hugo Gómez y Ramón Otero. Cada uno de los cinco creadores presentó dos partituras (salvo López Estelche, solo una; y Hugo Gómez, tres). Cinco de ellas, estaban escritas para voz e instrumentos; y cada una se inspiraba en un cuadro y un poema. Las otras cinco, sólo instrumentales, ejercían la función de elemento de contraste entre las piezas vocales. Muchas eran encargos del Museo y por tanto estrenos absolutos. Los poemas tenían muy diversa procedencia; los cinco cuadros pertenecían a la propia pinacoteca, elegidos con total libertad por los músicos. Estos pertenecían a tres distintas generaciones: los más veteranos, David del Puerto y César Viana; de una generación intermedia, Ramón Otero e Israel López Estelche; el más joven (21 años) era Hugo Gómez, que actuó además como director del conjunto.

Cinco intérpretes compusieron una singular agrupación: voz, viola, violonchelo, guitarra y shakuhachi. Este último instrumento tan sólo se escuchó en la obra de César Viana, In time of daffodils (En la época de los narcisos), y fue el propio autor el que tañó esa suerte de flauta japonesa, cuyo sonido profundo, hermoso y hasta un poco inquietante puede recordar en cierta medida el de la quena andina. Comenzó el concierto con Nós, notable partitura de Ramón Otero Moreira para mezzo, viola, violonchelo y guitarra, sobre unos versos del poeta gallego, Manoel Antonio, pertenecientes a su libro de poemas, De catro a catro, y con referencia a un precioso cuadro, en verdes y azules, del pintor coruñés, Urbano Lugrís, Mariña surrealista. El compositor utiliza diversos recursos expresivos (cuerdas golpeadas, percusiones sobre la caja de los instrumentos) para comunicar una sensación de irrealidad y de misterio. Luciérnagas, de David del Puerto, es una hermosa obra, fruto de un compositor experimentado que sabe combinar la modernidad con un lirismo de buena ley; dialogan viola y violonchelo. 

César Viana presentó Penas, pieza que se inspira en un poema de las Metamorfosis, de Ovidio (VIII, 231-235) y un notable lienzo de Jacob Peter Gowy, La caída de Ícaro; escrita para voz, viola, violonchelo y guitarra, el compositor utiliza efectos vocales (bocca chiusa, parlati) e instrumentales (golpes en caja) para producir interesantes sonoridades. Hugo Gómez eligió el poema que da título a su obra, Todo en el aire es piel, de El tiempo menos solo, de Abraham Gragera, que tradujo con sobriedad mediante un solo de guitarra. El cántabro, Israel López Estelche, eligió un soberbio desnudo, del pintor gallego, Felipe Criado. El cuadro se titula Tensión para un equilibrio y la partitura, Tres cantos sobre tensión; está escrita para voz, viola, violonchelo y guitarra. La extraordinaria belleza y carnalidad de un lienzo, donde la figura femenina es de color blanco (también la Olympia, de Manet, es blanca, incluso con tonalidades verdosas, y transmite una sensualidad asombrosa), y los textos de La cotidiana nada, de Maritza Núñez, sirven de inspiración para una interesante partitura. Sólo con la guitarra, Ramón Otero Moreira, evoca el rumor del viento entre el follaje (una visión/audición que comparte con Pondal en su poema para el Jimno gallego: Que din os rumorosos…) en su obra, Ventar de árbores.

David del Puerto, inspirado sin duda por la belleza de los claroscuros y de los oros en el cuadro de Pérez Villamil, Interior de catedral, compone sobre versos propios, una partitura móvil, de gran belleza que titula En el atardecer. La mezzo se expresa con frecuentes melismas sobre viola y guitarra. Hugo Gómez, consigue una página espléndida mediante los sonidos irreales obtenidos con los armónicos en pianísimo de viola y violonchelo; se utiliza un hilo de sonido que, al final, alcanza el filo del pleno silencio. El singular poema de E. E. Cunnings En el tiempo de los narcisos da nombre a la partitura de César Viana que en parte ya se ha comentado más arriba; la música se confía al shakuhachi, la flauta japonesa, en dúo con el violonchelo, para crear una página extensa, más bien dramática, en la que los pizziccati del instrumento de arco semejan pasos misteriosos, que recuerdan los que produce el mismo instrumento en el Adagio de la Sonata para violonchelo y piano nº 2, de Brahms. La época en que florecen los narcisos es la primavera temprana; cabría preguntarse qué dramatismo halla Viana en una época del año que ya trae la esperanza del dulce tiempo vernal.

Hugo Gómez presenta Vanitas vanitatum con jarrón de flores; se trata de una partitura cuyo carácter altamente descriptivo se obtiene mediante la utilización de recursos vocales (susurros, parlati, emisión entrecortada o declamatoria…) e instrumentales. Ese carácter sorprende, tanto por la elección del cuadro Florero, de Juan de Arellano, como incluso por la del poema, Estrella fugaz, de Abraham Gragera. ¿Se puede describir con música un recipiente con flores? Tal vez la respuesta la tuviese Richard Strauss que se creía capaz de describir con el  sonido una jarra de cerveza. 

Los cinco intérpretes estuvieron, todos ellos, a un nivel extraordinario; sobre todo si tenemos en cuenta la dificultad de las composiciones. Y no parece razonable establecer ningún tipo de distinción. Sin embargo, tal vez deba sentarse una excepción con Estíbaliz Espinosa, la espléndida mezzosoprano coruñesa, que ha salido airosa de una verdadera prueba de enorme dificultad merced a la calidad de su voz y a su indiscutible talento.