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CRÍTICA: Siempre / Todavía: la sesión es la obra


Madrid. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Auditorio 400). Centro Nacional de Difusión Nacional. 16-I-2017. Siempre / Todavía (ópera sin voces de Alfredo Aracil con textos e imágenes de Alberto Corazón). Juan Carlos Garvayo, piano. Simón Escudero, realización multimedia.

Santiago Martín Bermúdez

Ni la secuencia pianística ni el vídeo poseen vida propia o autónoma. Se la dan mutuamente. No es que los numerosos movimientos de la obra de Aracil ilustren lo que se expone visualmente, no es que pretendan ser su equivalente (nunca fue así en la música, ni siquiera en la auténtica música descriptiva); no es que las imágenes adquieran sentido con la obra pianística. Es que hay un acoplamiento que hace que el espectáculo sea la obra: la sesión es la obra; no es de esas veces que el audio puede sugerir lo demás. Por otra parte, no se trata de una ópera, aunque sea sin voces y aunque como tal la reclamen los autores. No hay voces, pero hay texto. Textos. Textos unas veces sugerentes, otras que rozan la cursilería, y que Dios me perdone. Tanto el texto como las imágenes de Alberto Corazón son el corazón de la obra. Se podría decir que la secuencia de Aracil es la casa de ese corazón; una casa sin la cual no podría latir ese corazón de Alberto Corazón.

La luz del entendimiento me hace ser muy comedido, reflexionaba el gitano seductor de Lorca. Eso, ante una dama y su secreto. Lo mismo hemos de decirnos ante una partitura nueva, amplia y ambiciosa como la de Aracil, enfrentada además a una secuencia de imágenes o, acaso más: de luminosidades (en sentido estricto, no solo espiritual). Por eso habría que referir lo que la obra nos sugiere y no pontificar sobre algo que acaso no esté por completo concluido  ni sea una propuesta definitiva. La partitura de Aracil, de algo más de una hora (el espectáculo duró, como se anunciaba, setenta minutos), se divide en partes que explotan la sonoridad del piano sin someterle nunca a los suplicios de Cage o la vanguardia. Acordes tonales, sí; y acordes cromáticos, desde luego. Ocasionalmente, arpegios y también intervalos. Pero las referencias tonales no se desdeñan, ni se evitan (como se evitaban, por real decreto vanguardista, hace unos años). Valores amplios en los acordes. Valores mínimos de las notas. Se evita la frase, deliberadamente; se diría que se prepara la frase y se la decepciona, porque sugerir y decepcionar es un procedimiento estético (y ético) como otro cualquiera. Como lo es sugerir, y estos episodios son ricos en eso, en sugerencias, de manera que imagen luminosa y sonido se pasan algo más de una hora sugiriendo cosas, sin afirmar ninguna. No afirman, ni tienen por qué.

Ante determinados episodios o ideas, uno asocia, quizá arbitrariamente: el Satie medieval, el Debussy más radical (entre Preludios y Estudios); pero no quiere uno decir que sean ésas algunas de las referencias o las fuentes de inspiración, no, tan solo se trata de  asociaciones de sonidos, esto es, de ideas, a lo largo de la amplia secuencia. Porque la secuencia es amplia. Amplia en exceso para lo que es. Podría durar exactamente la mitad. O acaso el doble. Glass ha sido letal con bastantes ejemplos suyos.

En cualquier caso, creemos que se trata de una obra abierta, acaso in progress, y que tendrá revisiones después de enfrentarse al público. Aracil y Corazón se apoyan en dos artistas que hacen posible este espectáculo, de belleza innegable, rico en sugerencias: el espléndido pianista Juan Carlos Garvayo, que salió indemne y hasta crecido de esta proeza suya; y el realizador multimedia Simón Escudero, que creó eso que llamábamos luminosidades.