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CRÍTICA / Selecta música del siglo XVIII


Baeza. Auditorio de San Francisco. 02-XII-2017. XXI FESTIVAL DE MÚSICA ANTIGUA ÚBEDA Y BAEZA. Varvara Nepomnyashchaya, piano. Obras de Bach, Blasco de Nebra, Haendel y Soler.

José Antonio Cantón

Fotografía Jesús Delgado

El compromiso con que acomete sus actuaciones, la solidez musical que desarrolla en cada obra y la delicadeza que irradia su personalidad son algunas de la características que hacen de la pianista moscovita Varvara Nepomnyashchaya, una de las intérpretes de mayor proyección internacional en la presente centuria desde que se diera a conocer internacionalmente con la obtención del prestigioso Primer Premio del Concurso de Piano Geza Anda de Zúrich, creado en honor del ilustre pianista suizo de origen húngaro 

La influencia recibida de su maestro Evgeni Koriolov, referente indiscutible sobre el tratamiento en el piano de la música barroca para teclado, enseñanza que imparte desde su cátedra en la Alta Escuela de Música y Teatro de Hamburgo, ha quedado patente desde el primer compás de la Sonata en Fa Mayor, R. 5 del padre Antonio Soler. El estilo vihuelístico que dio a las repeticiones propuestas por el monje jerónimo nacido en Olot, demuestran hasta qué punto Varvara ha interiorizado el pensamiento del compositor, expresando su característico arte contrapuntístico como el que contiene el Allegro de la Sonata R. 79 en el que mostró su virtuoso mecanismo, después de la expresividad alcanzada en el Cantabile, donde puso acento en la audaz armonía de la que autor hace uso.

Su interpretación de la Suite nº 5 de Haendel fue un dechado de detalles musicales bien pensados y mejor expresados. Así en el Preludio supo dibujar su discurso desde un inteligente planteamiento de su estructura armónica que siempre quedaba claramente definida. En la Alemanda se ajustó con exquisita elegancia al compás binario de esta tranquila danza, dejando una sensación de plenitud en el oyente. La sutileza con la que trató la complicada digitación de la Courante subsiguiente mitigó la sonoridad osca de los registros graves del piano de que dispuso, hándicap que tuvo que superar a lo largo de toda su actuación, demostrando una gran capacidad de adaptación al instrumento. El conocido Air final, completado por cinco variaciones sirvió para que pudiera apreciarse el sentido polifónico de la pianista al expresar con nitidez meridiana las cuatro voces en la que está ensamblado este pasaje que lleva por título El Herrero armonioso.

La segunda parte del recital tuvo el aliciente de ser iniciada por dos sonatas de Manuel Blasco de Nebra, autor que va siendo cada vez más considerado por los intérpretes que aprecian en él ese muy personal estilo preclásico de gran inspiración melódica y segura capacidad armónica, cualidades que Varvara supo destacar con sentido musical y cierta gracia, y de las que, desde su natural talento, siempre extrajo el máximo partido estético.

El momento cumbre de su actuación vino con la interpretación de la Sexta suite inglesa BWV 811 de Johann Sebastian Bach. En esta quedó de manifiesto cómo ha asumido con gran aprovechamiento las lecciones de su maestro Koriolov, uno de los intérpretes de referencia de las paradigmáticas Variaciones Gilbert, también fruto del genio inigualable del Cantor de Santo Tomás de Leipzig. La calidad de su musicalidad quedó plasmada con creces en el extenso Preludio, expresando con seguridad técnica y motivación emocional las distintas imitaciones e inversiones que contiene su allegro central, siendo resolutiva en el da capo final, lo que dejó en el oyente la sensación de poseer un espíritu bachiano de alto rango. Ofreció su mejor sentido rítmico tanto en la Alemanda como en la Courante, destacando en ésta su seguro mecanismo en la mano izquierda, pese a las inconveniencias ya apuntadas del instrumento. Un manifiesto dominio del aire contemplativo que pide la Courante quedó asegurado en todo momento, dada la delicadeza emocional que irradia esta pianista. En ambas Gavotas expresó con alegría y viveza el carácter de estas danzas, preparándose para la contundente técnica que exige la Giga final en la que exhibió su poderoso y claro mecanismo para destacar los pasajes a tres voces que, desde sus endiabladas semicorcheas, supo recrear con admirable eficacia rítmica y sentido estético.

Agradeciendo los aplausos de un público admirado por su pianismo, Varvara ofreció una conmovedora zarabanda de Bach que ponía fin a uno de los recitales más hermosos habidos en los veintiún años de historia del Festival.