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CRÍTICA / Schumann en pie


Madrid. Auditorio Nacional. 7-III-2018. London Symphony Orchestra. Piotr Anderszewski, piano. Director: John Eliot Gardiner. Obras de Beethoven y Schumann

Rafael Ortega Basagoiti

Segunda visita de la Sinfónica londinense en la presente temporada de Ibermúsica. Tras la primera (doble) con el veteranísimo Bernard Haitink, la de ahora, In memoriam al llorado Jesús López Cobos, con un maestro de planteamiento artístico bien lejano al del holandés. El previsto monográfico Schumann (que incluía el Concierto para piano con Maria Joao Pires como solista) se vio truncado por la decisión de la portuguesa de retirarse de la escena el pasado diciembre. El polaco Piotr Anderszewski (a quien escuchamos hace poco en el Ciclo de Grandes Intérpretes), fue el elegido para reemplazarla, cambiando el concierto previsto por el Primero de Beethoven. Creo que Anderszewski, con ese aire entre tímido (casi se cortaba de saludar en solitario pese a la continua invitación de Gardiner) y desenfadado que a uno le recuerda al inolvidable Tony Perkins, y sin un poderoso marketing detrás, es un pianista y sobre todo un músico estupendo que creo infravalorado. Artista serio, detallista, cuidadoso en el sonido y las inflexiones, deja siempre la sensación del trabajo bien hecho, impecablemente ejecutado y con un inteligente equilibrio entre espontaneidad y sólida planificación y construcción.

La tuvo su planteamiento del concierto beethoveniano, justamente vital, rico en contrastes e inflexiones, dibujado con nitidez y elegancia pero siempre con nervio, como en la estupenda cadencia del primer tiempo, admirablemente expuesta. Capaz también, sí, de cantar con refinada delectación el sereno Largo, pero igualmente de plantear con contagiosa alegría y desenfado el Rondó final. Su interpretación fue, como era lógico, calurosamente recibida por el público que llenaba la sala, y nos regaló una preciosa versión de un fragmento de la segunda parte de Por el sendero cubierto de Janacek, en el que brillaron de forma especial la sensibilidad del canto y la exquisita matización. Respecto al resto del programa, vaya por delante que, aun tratándose de una centuria moderna como la Sinfónica londinense, cuando al frente de la misma se sitúa un maestro como Gardiner, uno debe ir preparado para una aproximación sonora, y por ende interpretativa, bien distinta de la, llamémosle así, tradicional.

En efecto, el fundador de los English Baroque Soloists no renuncia, antes al contrario, a algunas premisas de partida esperables en los músicos que persiguen las interpretaciones llamadas ahora "históricamente informadas": timbales pretéritos con baquetas duras, ataques y acentos incisivos, la cuerda tocando prácticamente sin vibrato, y los tempi en el lado predominantemente rápido, entre otras cosas. Todo ello fue ya evidente en la Obertura Genoveva de Schumann, en opinión de quien esto firma obra estimable pero inferior a su hermana Manfred (aunque si me escuchara mi admirado Harnoncourt, a quien encantaba la ópera en su totalidad, probablemente me excomulgaba). La traducción fue enérgica antes que especialmente cálida en la efusión, con sobresaliente ejecución de la estupenda orquesta británica, tan atenta, maleable y ágil como acostumbra a ser. Sorprendió, y mucho, el planteamiento escénico de la Segunda del compositor de Zwickau.

Quien esto suscribe, después de unas cuantas décadas de asistir a conciertos en unos cuantos rincones del planeta, no recuerda una interpretación de una sinfonía del romanticismo (diría, en realidad, que de nada fuera del repertorio camerístico del barroco…) con toda la orquesta en pie, excepción hecha, claro está, de contrabajos, violonchelos y timbal. Creo (porque no se identificó y lo deduzco de ser el único violinista de nombre inconfundiblemente hispano) que fue el violinista Julián Gil el encargado, micrófono en mano, de explicar el público la inusual presentación, en nombre de Gardiner. Comentó al respecto el antecedente de Mendelssohn cuando llegó a la Gewandhaus de Leipzig, en su intención, dijo, de "recuperar el espíritu solista de los instrumentistas de la orquesta". Pero creo que el argumento principal vino después, y es frecuente escucharlo a los violinistas: es más cómodo y da más libertad de movimientos tocar de pie.

La cosa, pues, no carecía de fundamento y no debía ser interpretada como un mero show de apariencia. Menos aún si a continuación, como ocurrió, se nos presenta una sinfonía como la Segunda de Schumann, en la que aguardan pasajes temibles para la cuerda como el Scherzo, hueso duro de roer que los violinistas conocen bien por convertirse en piedra de toque en las pruebas de acceso a las formaciones sinfónicas. Lo es más aún si el maestro, lejos de la serenidad de un Rattle (en su reciente grabación con la Berliner) imprime un tiempo frenético que obliga a los violinistas a la apoteosis del malabarismo con el arco y la articulación, muy especialmente en la stretta final, llevada a un tempo vertiginoso en el que muchas otras orquestas se hubieran más que probablemente atropellado (el fragmento citado, en su da capo, fue ofrecido luego como propina incluso más rápido, ya en clima de apoteosis).

Aparte de este eléctrico Scherzo, lo mejor, creo, fue el nervio imprimido por Gardiner al primer tiempo y sobre todo al último, vibrante y lleno de brillantez, con estupendos diálogos de primeros y segundos violines (distribuidos de forma antifonal), y la exquisita claridad de planos conseguida a lo largo de toda la interpretación. Para el firmante, el Adagio espressivo, algo ligero de velocidad, quedó, por ello y por la parquedad de vibrato, un poco corto de calidez expresiva en frases de los violines que parecen pedir algo más de serena recreación y plenitud en el canto. Pero también es cierto que todo forma parte del planteamiento "semi-historicista" de partida, que se ha de aceptar si se quiere disfrutar en plenitud. Y el de Gardiner tenía, sin duda, mucho de qué disfrutar. Así lo entendió el público, encendido aún más tras el brillantísimo regalo ofrecido por la formidable centuria londinense.  

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