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CRÍTICA / Santa Bárbara obró un milagro


Madrid. Iglesia de Santa Bárbara. 9-III-2017. Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. María Espada, soprano. Nereydas. Director: Javier Ulises Illán. Obras de Vivaldi.

Eduardo Torrico

La pregunta es bien simple: ¿cabe imaginar un Vivaldi tan bueno como el que hacen las formaciones —las buenas, claro— italianas especializadas? Quien se lo haya planteado alguna vez habría tenido inmediata respuesta si hubiera asistido al concierto que ayer brindaron en la iglesia de Santa Bárbara la soprano María Espada y el director Javier Ulises Illán, con el grupo de este, Nereydas. Yo abundaría aún más en la contestación: no solo se puede hacer (y se hace, como se han encargado de demostrar Espada e Illán) igual de bien, sino incluso mejor. Se dio anoche en el histórico templo madrileño (lugar de reposo de los dos únicos reyes de España que no están enterrados en el monasterio de El Escorial, Fernando VI y su esposa María Bárbara de Braganza, precisamente la impulsora de la construcción de esta iglesia y del convento que la acompañaba) uno de esos escasos acontecimientos musicales que jamás desaparecen de la memoria de los que han tenido la fortuna de presenciarlos.

Y todo ello, con el añadido de la extrema dificultad de la música, pues Espada tuvo que lidiar con tres de las obras más endiabladamente enrevesadas que jamás alguien haya compuesto para la voz humana: los motetes In turbato mare irato RV 627, Sum in medio tempestatum RV 632 e In furore RV 626. Todo, puro melisma, que no da la más mínima tregua a la cantante y que la obliga a viajar por una especie de desquiciante montaña rusa vocal de las que solo unas pocas elegidas son capaces de salir airosas. A veces uno piensa que es una exageración eso que se dice de que Vivaldi tenía un mango de violín por garganta. Pero no hay más que escuchar estos motetes para aceptar que la afirmación no puede ser más cierta: cuando Vivaldi escribía música vocal no pensaba en voces, sino en violines. Por eso los cantantes que conocen el repertorio lo temen más que a un nublado. 

Lo de Espada no sorprende porque estamos ante una de las mejores sopranos del mundo. Y de las más versátiles (la noche anterior había cantado en el Auditorio el Requiem de Mozart con la Orquesta de RTVE y un par de días antes había estado haciendo Mahler). Lo que seguramente sí sorprendió, y hasta extremos insospechados, fue el salvaje desempeño de Nereydas. Illán está llamado a hacer cosas muy grandes en la música y lo de anoche fue un anticipo. Bajo su enérgica y precisa batuta, el joven grupo sonó con una precisión asombrosa (¡Virgen Santísima, qué ataques!), con una vitalidad atronadora y con una italianidad superior a la de los propios italianos. 

Estuvieron espléndidos Joan Espina y Daniel Pinteño, al frente de los primeros y segundos violines respectivamente, como quedó de manifiesto en los tres conciertos que completaron el programa. Pero lo que más me llamó la atención fue la descomunal fuerza del bajo continuo, con Paz Alonso (violonchelo), Manuel Minguillón (tiorba y guitarra), Asís Márquez (clave y órgano) y un prodigio llamado Ismael Campanero —la criatura no sé si llega siquiera a la veintena—, cuyo contrabajo es capaz de dejar atónito al más pintado. 

Quizá a alguno le pueda parecer encomiástica en exceso esta reseña. Yo, con sinceridad, creo que me quedo corto. Lo de ayer no fue un concierto, lo de ayer fue uno de esos hitos que se dan rara vez en la vida de un melómano. 

(Foto: Pablo Fernández Juárez)