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CRÍTICA / Royal Ballet: opulencia sin excesos


Helena Núñez Guasch

19-VII-2018.- Hacía 20 años que el Royal Ballet no pisaba las tablas del Teatro Real, al que han vuelto para conmemorar las dos décadas de su reapertura. Por aquel entonces, para su paso por la capital eligieron La bella durmiente, que también se pudo ver hace ocho años en la última visita de la compañía a nuestro país, esta vez en el Liceu. Ahora han vuelto con otro emblemático ballet (puede que el más reconocido de todos) también del tándem Petipa-Chaikovski: El lago de los cisnes. 

El joven coreógrafo británico Liam Scarlett se embarcó en la aventura de ofrecer su propia versión de este clásico, que se estrenó el pasado 17 de mayo en Covent Garden. Madrid ha tenido el privilegio de ser la primera y única ciudad extranjera en la que, desde ayer y hasta el domingo, se puede ver esta producción, con la que Scarlett pretende homenajear a Petipa y Chaikovski y ofrecer un mayor contexto y profundidad a esta historia. Por ello, ha insistido en el aspecto psicológico de personajes como Siegfried, para el que además ha creado una variación con la que, de forma muy inteligente, se une el primer acto con el segundo ofreciendo un hilo narrativo con una mayor lógica espacio-temporal. 

En 2011 la crítica de The Telegraph Laura Thompson escribió sobre una función del antiguo Lago del Royal: “Watch the real thing done properly”, algo así como “véalo hecho como dios manda”. Esta misma idea se puede aplicar en esta nueva puesta en escena que es majestuosa y opulenta, pero sin acercarse ni lo más mínimo la excesividad —que a veces roza lo hortera— en la que suelen caer muchas otras formaciones. No hay purpurina, ni telas satinadas y brillantes, y mucho menos mangas abullonadas, muy recurrentes en otros Lagos que se pueden ver más a menudo en nuestro país. La propuesta del Royal, con escenografía y vestuario de John Macfarlane, es elegante y verdaderamente imponente, a la vez que austera. 

El bailarín ruso Vadim Muntagirov y la estrella argentina Marianela Núñez fueron los encargados de protagonizar la función de anoche en la que el público madrileño, sobre todo el de los pisos más altos del teatro, mostró apasionadamente su entusiasmo desde la aparición de los cisnes.

Las grandes ovaciones vinieron sobre todo de la mano de greatests hits de este ballet como La danza de los pequeños cisnes, la Coda del segundo acto o el Paso a dos del tercero, en el que tanto Muntagirov como Núñez hicieron las delicias de los aficionados. 

Ambos, como sucedió con la puesta en escena, ofrecieron una interpretación alejada de los excesos de otras compañías en las que se priman los saltos, giros, y extensiones, a veces sin tener en cuenta la necesidad de control, la elegancia y el poso interpretativo. Una vez cayó el telón el público ovacionó fervientemente a toda la compañía, y en especial a Núñez, Muntagirov y Scarlett —que también subió a escena—. Tal fue el entusiasmo del público que no bastó con la ovación a toda la compañía y los británicos ofrecieron su tradicional red runner, en el que los bailarines principales salen en pequeños grupos junto al telón.