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CRÍTICA / Rossini en doble homenaje


Madrid. Auditorio Nacional. 2-II-2018. Rossini, Petite Messe solennelle. XLV Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música. Música por la paz. Homenaje a Tomás y Valiente. Gaudí, Molinari, Anduaga, Ruiz. Coro El Molino. Okiñena, Sánchez-Vieco, Tallante (pianos y harmonio). Director: José Ramón Encinar

Fernando Fraga

Motivado por otro aniversario del asesinato de Francisco Tomas y Valiente he aquí esta celebración musical la cual ha extendido su homenaje a Alberto Zedda, fallecido hace unos meses. El músico milanés estuvo bien presente en esta velada porque su nombre y el de Rossini no son fáciles de separar, y porque, además, el coro El Molino y casi todo el cuarteto vocal han pasado por su cátedra canora. Al contrario, no es normal asociar a José Ramón Encinar con el mundo rossiniano pese a haber dirigido en Pésaro (2013) una muy recordada Italiana in Algeri, además de un anterior y soberbio Stabat Mater en Las Palmas con su ORCAM y un cuarteto vocal casi nacional (Arteta, Montiel Jordi y Ulivieri).

Encinar no es batuta limitada a una estética concreta y su lectura aparte de muy trabajada en pro de la unidad estilística, destiló una especie de encanto íntimo que quizás fue el mismo del estreno en 1863 en la mansión parisina de la condesa Pillet-Will dedicataria de la obra. Deliciosa versión sí pero igualmente muy volcada en contrastar las partes líricas con las dramáticas. El coro, voces jóvenes sin excepción, ya desde el Kyrie exhibió una profusión de matices que se repetirían a lo largo de la partitura. Atentos y fervorosos, muy fusionados con los cantantes, estuvieron los pianistas Josu Okiñena y Rubén Sánchez-Vieco (luciéndose en solitario con el original, inesperado y placentero Prélude religieux), quienes hallaron precisa correspondencia en el harmonio de Miguel Ángel Tallante.

La soprano Isabella Gaudí, no obstante algunas notas de no muy precisa entonación, unió su voz con la de la mezzo en el delicado Qui tollis, sacó a la luz todo el dramatismo del Crucifixus y dio lo mejor de sí en el exigente O salutaris hostia. Un poco sorda se escuchó a Cecilia Molinari en el terceto Gratias agimus tibi, quizás por encontrase su voz algo fría puesto que a continuación sonó en plenitud sobre todo en una musicalísima, matizada y emocionante lectura del Agnus Dei. Bella y noble la zona central de la voz de bajo de Pablo Ruiz, algo corta de graves, pero de intenciones certeras. Brillante, entregado y sutilísimo de expresión el tenor Xabier Anduaga con una sobresaliente traducción del tan ostentoso y atractivo Domine Deus. La velada se saldó con un éxito incuestionable y quedarán bien presentes varios momentos de la ejecución donde la magia se impuso, como claramente ocurrió en el Sanctus