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CRÍTICA: Recuperando a Francesco Corradini


Madrid. Auditorio Nacional (Sala de Cámara). Ciclo Universo Barroco del CDNM. 13-I-2017. Ruth Rosique, Marta Infante. Harmonia del Parnàs. Directora: Marian Rosa Montagut. Obras de Corradini, Durón, Torres, Literes y Nebra.

Eduardo Torrico

El veneciano Francesco Corradini (c. 1700-1769) es uno de los compositores italianos menos conocidos de entre los que se instalaron en España con la llegada de la dinastía Borbón. Hasta cierto punto es lógico, porque no hay mucha música suya que haya sobrevivido. Pero también se ha dado un componente de desidia por parte de los investigadores, pues obras de Corradi, haberlas… háylas. Se pudo comprobar anoche en el concierto ofrecido dentro del Ciclo Universo Barroco del CDNM, donde sonaron varias arias de la ópera La Dorinda, recientemente rescatada de los fondos del archivo musical de la Biblioteca Nacional. Marian Rosa Montagut, siempre bullidora, incluso ya las ha grabado —junto a otras de esta misma ópera— en un disco que verá pronto la luz. El siguiente paso que se pretende dar es llevarla íntegramente a la escena (o, al menos, interpretarla en versión concierto), ya que La Dorinda se conserva intacta.

Corradini trabajó en Nápoles antes de ser contratado, en 1728, por el virrey Príncipe de Campoflorido para la pequeña capilla musical que tenía en Valencia. Pero no estuvo allí demasiado tiempo, pues en 1729 ó 1730 ya se había establecido en Madrid, donde rivalizó con Nebra, Corselli o Conforto como autor de música para la escena, esa que en el Teatro del Buen Retiro se encargada de programar el gran Farinelli. Aquello debió de desgastarle más de lo deseable, pues en 1741 Corradini solicitó a Felipe V que le nombrase maestro de la Capilla Real, de la que era organista. No lo logró, por lo que tuvo que seguir componiendo óperas y zarzuelas hasta que finalmente entró como maestro de capilla en el madrileño Monasterio de las Descalzas Reales, cargo que ostentó hasta su muerte.

La Dorinda, ópera en tres actos (en realidad, un melodrama pastoral), se estrenó en Valencia con motivo de la onomástica de la reina Isabel de Farnesio (19 de noviembre) y seguramente fue la primera composición de Corradini que sonó cuando se trasladó a Madrid. Se trata, pues de una muy interesante recuperación histórica, pero… ¿merece también la pena en el aspecto musical? Acompañadas estas arias de otras de José de Nebra, Antonio Literes, José de Torres y Sebastián Durón, la verdad es que supieron a poco. Habría que escuchar en su conjunto La Dorinda para establecer un más aquilatado juicio de valor. La buena noticia es que en la Biblioteca Nacional quedan aún más obras de Corradini, sobre todo, sacras, esperando a salir del olvido.

Al público que llenaba la Sala de Cámara del Auditorio Nacional también debió de darle esa impresión, ya que el concierto empezó, con la música de Corradini, en un ambiente bastante frío, que se encargaron de ir caldeando con su buen hacer la soprano Ruth Rosique y la mezzo Marta Infante, plenas de desparpajo y musicalidad (y ello, a pesar del fuerte proceso gripal que padecía Infante, que se vio sometida a un auténtico tour de force por culpa del trancazo). Brillaron como solistas, pero más aún cuando cantaron a dúo, sobre todo el jacarandoso Quiéreme picarita con que concluyó el concierto (de la inspiradísima zarzuela de Nebra Viento es la dicha de amor) o con Pues ¡arma!, pues ¡guerra! —que sonaría dos veces, al ser luego ofrecido como bis— de la zarzuela El imposible mayor en amor, le vence Amor, que por mucho que se empeñen algunos no es obra de Durón, sino de Torres (a confundir la autoría ha contribuido sobremanera el Teatro de La Zarzuela, que la incluyó el pasado año en su programación como parte de las conmemoraciones por el tercer centenario de la muerte del compositor briocense, aun teniendo la absoluta certeza de que el padre de El imposible mayor es realmente Torres).

La orquesta, dirigida desde el clave por Marian Rosa Montagut, sonó empastada  —pese a tener que parar a afinar las cuerdas de tripa en cada pausa debido al calor de la sala—, aunque en algunos momentos eché en falta un poco más de brío. Magnífica la labor del continuo, integrado por Guillermo Martínez (violonchelo), Silvia Jiménez (contrabajo y violone), Manuel Vilas (arpa de dos órdenes) y la propia directora del grupo. Mención especial para el flautista David Antich, brillante en el único pasaje instrumental del concierto (un arreglo del aria Misera pastorcilla de Corradini).