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CRÍTICA / Recuperaciones solerianas


San Lorenzo de El Escorial. Monasterio (Real Colegio Alfonso XII). 23-IV-2017. Camerata Antonio Soler. Coro Padre Antonio Soler. Director: Gustavo Sánchez. Obras de Soler y Mozart.

Arturo Reverter

La Camerata Antonio Soler y su creador, el director alicantino Gustavo Sánchez (1969), lleva algunos años realizando descubiertas importantes en nuestro patrimonio musical, últimamente en colaboración con el musicólogo Germán Labrador. Fruto de esas investigaciones ha sido el alumbramiento de muchas de las 41 sinfonías del italiano Gaetano Brunetti (1744-1798) —que pasó gran parte de su vida en España y sirvión en las Cortes de Carlos III y Carlos IV—, grabadas en una pequeña parte. Ahora han recuperado tres de los villancicos de Padre Soler, representativos de un grupo de siete dedicados a San Lorenzo (integrados en un amplio catálogo de 132).

Con esas composiciones como base, la Camerata ha realizado tres conciertos en tres distintas localidades madrileñas. Hemos asistido al tercero, desarrollado en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Los títulos de las obras (El laurel lleno de amor; Flores, vientos, aves, fuentes y El sufrimiento más noble) nos anuncian un panorama idílico de buenos sentimientos y nobles propósitos que la música cumplimenta adecuadamente a través de construcciones bien pensadas y ensambladas en las que intervienen rasgos muy hispanos, propios de seguidillas y tonadillas, y rasgos procedentes de otras latitudes, reconocibles en aires y formas como recitativos, ariosos y arias; o danzas como el minueto y que el musicólogo Paulino Capdepón ha descrito en sus autorizados escritos.

Dieciséis instrumentistas, con el concertino Abelardo Martín a la cabeza, y un coro de una veintena de voces, atendieron las siempre claras órdenes de Sánchez, de gesto amplio y bien dibujado y buen subrayado de compases. No siempre se acertó en la perfecta conjunción y en ocasiones, sobre todo al comienzo de la introducción del primer villancico, hubo inseguridad y relativa afinación en los seis violines, que poco a poco se fueron entonando acabando por empastar con las dos trompas, el chelo, el contrabajo y el positivo; y más tarde con los oboes. Todos ellos instrumentos de época. Los muy naturales timbres de los cantores se fueron amoldando paulatinamente bajo la segura guía directorial, aunque  no se alcanzara en todo momento la ideal redondez y equilibrio, con unos tenores en exceso tímidos y unos bajos a falta de una mayor densidad.

En todo caso, el mensaje interpretativo fue nítido y muy respetuoso en los estilístico, lo que permitió penetrar en las muy bellas estructuras y gozar de la gracia de los ritmos y las melodías. Cinco solistas colaboraron con solvencia: la soprano Patricia Paz (a su vez directora del coro), la contralto Miren Astui, el barítono Christian Contreras, el tenor Fran Braojos y la también soprano Manon Chauvin, que destacó en un aria a la italiana, con da capo y hermosas florituras, en la que hizo brillar un timbre argénteo de soprano lírico-ligera.

En la Misa de Mozart, bautizada como Solemne, se echó en falta un mayor contingente orquestal a fin de dar prestancia a su planteamiento abiertamente sinfónico, timbales incluidos. De hecho, de las cuatro trompetas naturales previstas, sólo actuaron dos, manejadas, eso sí, con seguridad. Se logró el equilibrio entre partes homófonas y contrapuntísticas y una correcta acentuación.

La seca y algo ingrata acústica de la sala —a medias disimulada— no ayudó demasiado, pero no impidió que llegaran hasta nosotros con suficiente claridad los valores de estas músicas tan infrecuentes y, por lo que respecta a las de Soler, afortunadamente recuperadas para la posteridad. Los conciertos han venido promovidos, como actos benéficos, por la Fundación Aladina, que lucha contra el cáncer infantil.