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CRÍTICA / Realidades y promesas


Pamplona. Teatro Gayarre. 22-X-2017. Rossini, La cenerentola. Clara Mouriz, Xavier Anduaga, David Menñendez, Salvatore Salvaggio, Jeroboam Tejera, Sofía Esparza, Marta Huarte. Orquesta Virtuosos Brunenses. Coro Premier Ensemble de AGAO. Dirección musical: Nicola Valentini. Dirección de escena: Curro Carreres

Arturo Reverter

Siempre es de alabar los esfuerzos de las distintas asociaciones operísticas que pueblan parte de nuestra geografía para proyectar, organizar y llevar a la escena, con sus modestos medios, representaciones operísticas que, mal que bien, van cultivando el gusto y el espíritu de los aficionados, promoviendo vocaciones y ampliando el horizonte cultural. La AGAO, Asociación Gayarre de Amigos de la Ópera de Navarra, tiene ya a sus espaldas muchos años de trabajo en este sentido. Con escasas ayudas oficiales ha ido forjando una afición y mantiene alto su pabellón pese a las vicisitudes políticas y a los eventuales cambios de sus responsables.

Tras la larga etapa en la que fuera presidente Juan Ramón de Andrés y la gerencia y dirección defendidas por Eduardo Solano, hace unos meses sustituido por Iñigo Laborería, parece haberse asegurado la permanencia de una institución que preside ahora Luis Miguel Alonso Nájera y que ha propiciado una nueva producción de esta ópera rossiniana, representada ya hace 23 años en el mismo escenario. Hay que reconocer que, dentro de los limitados medios, en esta ocasión se ha alcanzado una loable dignidad musical nacida en primer lugar de la solvencia del joven director italiano de 33 años Nicola Valentini, que ha crecido en parte a la sombra de Ottavio Dantone, con quien ha colaborado en la actividad de la Accademia Bizantina de Rávena, habitual servidora, con instrumentos de época, de los repertorios barroco y clásico.

Quizá le venga de ahí a Valentini, creador a su vez del conjunto Dolce Concento, su gusto por la acentuación incisiva, por el discurso ligero y por el fraseo bien cincelado, todo ello administrado con una orquesta pequeña de poco más de veinte integrantes, pertenecientes todos ellos a la formación checa Virtuosos Brunensis (también llamada Czech Opera Symphony Orchestra), que, en la más bien seca acústica del Gayarre, suenan algo desvaídamente, lo que propicia que las voces puedan escucharse sin problemas. Valentini defiende esta apuesta, que parece bastante lógica, si se tiene en cuenta que Rossini consigna con mucha frecuencia dos efes en el acompañamiento a las voces. Con una orquesta grande hay que hacer juegos malabares para que se escuche con claridad la línea canora. Buena labor, pues, del director, de batuta clara y elástica. Echamos de menos, no obstante, una mayor agitación, una mayor electricidad en los ataques, una vertiginosidad más reconocible en los crescendi. La obertura, por ejemplo, se nos antojó escasamente chispeante. Los planos podrían haber tenido asimismo una mayor clarificación y los colores una más amplia variedad cromática.

Joven, entusiasta, prometedor equipo vocal, con varios elementos vascos y navarros. Clara Mouriz, muchos años residente en Inglaterra, es una mezzo lírica bien sombreada, elástica, homogénea, con graves bien apoyados, centro lustroso y agudo bien dirigido, con una coloratura adecuadamente labrada. El timbre no es especialmente rico pero la voz corre y se proyecta con soleada presencia. Al parecer se encontraba algo indispuesta, pero no lo notamos demasiado. Entonó con hermosos acentos su primera y lírica intervención, Una volta c’era un rè, y modeló con inteligencia sus números más comprometidos. El rondó de cierre sonó en su sitio, aunque no faltaron los apuros en las roulades y los rotundos saltos interválicos. Escaladas relativamente desahogadas al si natural agudo.

Estupendo porvenir parece que le espera al tenor de 23 años Xavier Anduaga, que ha aprendido, entre otros, de Ana Luisa Chova y Alberto Zedda. Posee una voz en formación de lírico-ligero, todavía más ligero que lírico, extensa, de fácil agudo y sobreagudo, fraseo vivaz y expresivo y una media voz y falsete muy naturales, a veces aplicados de manera un tanto indiscriminada. Todavía ha de asegurar la emisión, la direccionalidad del aliento, el apoyo, que lo traicionó no poco en las notas más altas del Allegro final del aria Si ritrovarla lo giuro. Muy inexpresivo aún como actor.

David Menéndez es un barítono de amplio espectro, de instrumento en principio lírico, dotado de cierta penumbrosidad, flexibilidad y seguridad emisora. Tiende en los últimos tiempos a vestir papeles en los que se pide a la voz una presencia en graves que en principio no posee, como la de Leporello de Don Giovanni, lo que ha determinado una búsqueda espuria de resonancias en la zona inferior de la tesitura. El timbre pierde por ello brillo y naturalidad y resulta pasajeramente engolado. Dandini es un barítono rossiniano típico, un barítono brillante, de buen centro y grave bien provisto, con agilidades fáciles, a menudo staccato, que Menéndez sortea con profesionalidad y relativa exactitud. Cumplidor y eficaz en la vertiente escénica, como lo fue en Don Magnifico el aún tierno Salvatore Salvaggio, un barítono, que no bajo, de buena encarnadura bufa, sin excesos, y canto hasta cierto punto ortodoxo. Timbre agradable, más bien claro e interesantes dotes de actor. 

Jeroboam Tejera posee una de las pocas voces de bajo auténtico que existen en nuestro país, con un centro y unos graves rocosos, oscuros, berroqueños, con metal, con amplitud y con apoyo canónico. Es una pena que la voz aparezca no poco desleída en la zona superior, a partir del do o el re 3. Por eso las pasó canutas en su difícil y comprometida aria, frecuentemente eliminada, Là del ciel nell’arcano profondo. Interesantes las prestaciones de dos sopranos de la tierra en los desagradecidos papeles de las hermanastras. Sonia Esparza es una lírico-ligera de timbre muy claro y emisión algo estridente en las notas altas. Cantó con apuros un aria nada fácil ni nada destacable escrita por Rossini después del estreno. Se lo pudo ahorrar. Tisbe fue Marta Huarte, de voz más lírica, más llena y homogénea.

Curro Carreres, con los medios a su disposición, trazó una narración bien delineada y explicada con elementos fantásticos y fantasmagóricos —proyecciones, estratégicas nieblas, imágenes de ingenios medidores del tiempo— y movió todo con soltura y animación, fluidez y cordura sobre funcionales decorados y figurines ad hoc de Juan Sebastián Domínguez. Todo transcurre bajo el mismo paraguas escénico: tres paredes blanqueadas con sus puertas que enmarcan toda la acción. Carreres salpimentó las situaciones con detalles hasta cierto punto originales, como el de ubicar la larga escena que se cierra con el dúo bufo entre Dandini y Don Magnifico en lo que se supone que es el cuarto de baño del palacio. No tiene mucho sentido pero dota de animación a un discurso que para entonces pueda llegar a ser algo pesado.