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CRÍTICA / Real Academia: El bienio de Menéndez Pidal lo cantó Amancio Prada


Madrid. Real Academia Española. 26-XI-2018. Acto de apertura del Bienio Ramón Menéndez Pidal. Amancio Prada. 

Santiago Martín Bermúdez

El pasado lunes tuvo lugar en la Real Academia un acto que era docto y al tiempo fue entrañable. Una cosa no quita la otra, claro, pero ya me entienden. El acto inauguraba el llamado bienio pidaliano, que ahora veremos qué es, que ha empezado a ser. Discursos de interés indiscutible sobre don Ramón que ya quisiera uno repasar en algún caso, porque esa tarde aprendimos mucho: sabido es que nunca es tarde para toda enseñanza provechosa, y es grato emocionarse por saberes para uno nuevos. 

Ahora bien, después de las interesantes ponencias que se desarrollaron a lo largo de un amplio discurrir, los estudiosos y académicos cedieron el lugar a un artista indiscutible, Amancio Prada, que rindió homenaje a los romances recopilados y rescatados por Menéndez Pidal. Amancio es juglar, Amancio es comediante, Amancio es voz y es instrumento, y ese instrumento es la voz y lo acompaña con instrumentos como la guitarra y la zanfona (o zanfoña). Ese canto deducido del verso del romancero es una continuación y un punto culminante en la carrera de este cantante leonés de no poca vocación gallega, cuyos detalles de vida y arte no son necesarios, por ser vividos por varias generaciones de españoles. Confieso haber gozado el privilegio de verlo cantar en una casa particular, la de Luis Suñén y Cristina Garcá Ramos, tras una cena a la que él se sintió obligado a llevar su inseparable guitarra. En la velada del lunes, en ese rincón francés de la calle Ruiz de Alarcón, atrás del Prado, a un lado del Salón de Reinos y a dos pasos del Casón, cerca de la última casa de Baroja, Amancio desgranó aquellos romances hermosos: Don Gayferos, La hermana cautiva, La bella en misa, Quiero dormir y no puedo, ¡Quedito no me toquéis!, Romance del prisionero, No te tardes que me muero, Romance de la rosa fresca…  Y aquí, Amancio abandonó un instante sus instrumentos, se alzó, apechó con el canto a cappella para el Romance del prisionero y ese canto fue recitado cantábile, por decirlo así. Ahí fue más actor, más comediante, más teatral, y una vez más se demostró que las respetables gradas de la Casa admitían extensiones histriónicas; en este caso, de muy buena ley. Para concluir con El Conde Arnaldos: "Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va".

Cuántos españoles nos habremos despertado a la poética narrativa de nuestra Edad Media a través de la Flor nueva de romances viejos, que don Ramón Menéndez Pidal publicó por primera vez creo que en 1928. Ocho años más tarde, durante el nefasto 1936, publicaba un Romancero en la colección del Instituto Escuela, Biblioteca del estudiante, nº XXV, secuela del anterior. Aquel hermoso libro era relativamente menor en los empeños de la casa pidaliana, pero es muy cierto que alimentó otros libros y otros estudios, que reclamó que los españoles miraran hacia el origen, no para inventarlo al modo político ("volvamos a los orígenes" quiere decir "inventemos una pureza, una legitimidad"), sino para interrogarlo a través de la belleza de restos, documentos, deducción de sonidos. El verdadero historiador no inventa, pero precisa de imaginación. El historiador alquilado (por causa nacional o religiosa incierta) no necesita imaginar, ya lleva el pasado en el alijo y matute de su viaje por el tiempo. Menéndez Pidal buscó y preguntó al pasado. El pasado se resiste, claro. Vienen otros y discuten con ese mismo pasado y con quien les preguntó. Y otros más, que se enfadan con los pioneros, porque ser pionero es timbre de gloria, y por eso es amargo que se adelante alguien en la conquista de esa cima. Menéndez Pidal fue pionero, pero antes de él había otros. Dio el gran empujón, y liberó a la filología y la historia del antipático integrismo de un su maestro, el sabio inquisidor Menéndez Pelayo. En eso de la rivalidad de historiadores todos conocen el enfrentamiento de Américo Castro y Sánchez Albornoz. Menos conocida, pero más presente hoy, es la de los enfrentamientos sordos entre los estudiosos de Valle-Inclán, que más que atacarse se acogen a esa novísima inquisición que es el ninguneo. No te cito, no existes.

La inmensa bibliografía de don Ramón Menéndez Pidal admite un resumen en los muchos títulos que albergó la vieja colección Austral. Además de la Flor nueva, miro entre mis libros y vuelvo a consultar un volumen cuya primera edición en esa colección se remonta a 1942, El idioma español en sus primeros tiempos, con ese arranque sobre el hablar mozárabe. Y otros muchos títulos: Los españoles en la literatura, De Cervantes y Lope de Vega, El Cid Campeador y sus pródigos estudios sobre poesía y poetas concretos del Medievo y, desde luego, sobre el idioma. Y así que pasen cien años y cincuenta años, o al menos solo cincuenta, nos encontramos en pleno bienio pidaliano.

El bienio pidalino se celebra en estos dos años, 2018 y 2019. El primero, porque en él se cumplen los cincuenta años del fallecimiento de don Ramón. El segundo, porque se cumplen los ciento cincuenta años de su nacimiento. Es decir, Menéndez Pidal vivió casi cien años, y cuando él nació se desarrollaba un peculiar proceso revolucionario en la España que tanto amó, en un momento en que aún no habían matado a Prim. Y cuando se fue de este mundo abandonó una patria en la que una dictadura parecía prepararse para desaparecer a fuerza de fingirse menos feroz. Cuánta historia pasó por la vida de don Ramón, que dirigió aquella ambiciosa empresa de la Historia de España de Espasa-Calpe, concebida en tiempos en que no se había resuelto la barbarie (gestión, la llaman) a tomar el poder en los grupos editoriales.

El bienio acoge esos cien años de actividad inagotable de don Ramón, con los avatares políticos a los que fue renuente y que no disculpaban indiferencias ni desdenes, no digamos estorbos. La propia página de la Fundación Menéndez Pidal da mejor detalle de las celebraciones, porque ya sabemos que los centenarios no sirven para nada. Para nada más y menos que poner en evidencia lo que ya ignoramos (ya, esto es, no le concedemos vigencia) o lo que aún creíamos saber (aún: el olvido está hecho de “todavías”). Esta es la página: http://www.fundacionramonmenendezpidal.org/