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CRÍTICA / Oscuras intensidades


Madrid. Auditorio Nacional. 13-V-2017. Orquesta Nacional de España(ONE). Nicola Benedetti, violín. Director: Christoph EschenbachObras de Brahms y Bartók.

Arturo Reverter

Uno de los atractivos de esta sesión era escuchar de nuevo a Leonidas Kavakos, esta vez en la interpretación del Concierto de violín de Brahms, gran piedra de toque para cualquier tañedor de ese instrumento. A causa de una desgracia familiar el artista ateniense hubo de ser sustituido por la escocesa Nicola Benedetti, de ascendencia italiana, que maneja el Stradivarius Gariel de 1717. Sin el empaque señorial, el impulso soberano, el sonido pleno y la potencia de su colega, la joven y esbelta violinista nos ha dejado una grata impresión.

Posee una técnica segura y eficiente, unos dedos ágiles y un arco preciso y fulgurante. El volumen no es grande y la homogeneidad tímbrica, relativa y en algunos espinosos pasajes del primer movimiento se le escaparon varias semicorcheas, pero la personalidad en el fraseo, el cuidado del acento, el arrebato controlado y la entrega apasionada contrarrestaron suficientemente esas posibles deficiencias. Benedetti llegó al meollo de la expresión en los pasajes más líricos, donde brilló su sentido del cantabile, especialmente en un luminoso y sentido Adagio. Nos gustaron también las perfectas y potentes dobles cuerdas, que contribuyeron a la estupenda edificación de la cadencia del primer movimiento. La conocida Sarabande de la Partita en Re menor de Bach fue el espléndido bis. En ella alcanzó la violinista la excelencia: concentración, afinación, legato, expresión; todo en uno.

La colaboración de Eschenbach y la Nacional otorgó temperatura a la interpretación desde un pausado y bien trabajado comienzo en el que la cuerda sonó cálida y acoplada impulsada por la severa y sobria batuta, incapaz en ocasiones de limar ciertas durezas pero hábil para cohesionar y dotar de solidez al conjunto. Apreciamos a veces un exceso de decibelios, pero en otras degustamos un fino trazado, como el de los sutiles arcos en la apertura del segundo movimiento, tras la magnífica intervención del oboe de Roberto Silla. Fuerte acentuación, secos acordes y rítmica cuidada en el Allegro giocoso ma non troppo, en el que la orquesta sonó bastante acre.

No es Eschenbach, músico serio, seguro, firme, buen constructor, de gesto amplio, de mímica a veces no muy clara que parte de una vigorosa articulación de los hombros, un maestro refinado, minucioso trabajador del sonido, delicado orfebre del color o supremo artífice del matiz. Pero sabe situarse en el podio y tiene siempre un concepto claro de los pentagramas a los que se acerca. Su versión, apoyada en una excelente Nacional, del Concierto para orquesta de Bartók fue contundente, compacta, bien ritmada, clara de exposición, amena y briosa, bien que de relativo sabor danzable.

Las buenas maneras se detectaron nada más empezar a lo largo de un Andante non troppo que desembocó de forma muy natural y lógica hacia la luz del Allegro vivace, de líneas no siempre transparentes pero con un clímax muy bien logrado gracias a la estupenda planificación de los vientos. Bien dispuestas las parejas en ese Giuoco delle coppie, en el que el tempo scherzando fue bien subrayado y donde se lucieron los instrumentistas de la orquesta. La flamígera batuta obtuvo la deseada intensidad en la sombría Elegía, expresó intención, aunque a falta de un aire más humorístico, en el Intermezzo interrotto, en el que el tema lírico discurrió con la exigida lejanía, y alcanzó buenos efectos en los pasajes fugados del Finale, cuyo Presto no logró la solicitada claridad de texturas. Demasiada confusión de planos en la peroración postrera. El éxito fue innegable.