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CRÍTICA / Non troppo


Madrid. Auditorio Nacional. 24-X-2017. XXII Ciclo de Grandes Intérpretes. Leif Ove Andsnes, piano. Obras de Sibelius, Widman, Schubert, Beethoven y Chopin. 

Rafael Ortega Basagoiti

El noruego Andsnes es pianista de medios sobrados y criterio correcto y sólido. En su nueva presencia para el Ciclo de Grandes Intérpretes dejó, como en alguna otra ocasión anterior, buen sabor de boca… a medias. Comenzó con lo que constituyó, de lejos, lo mejor del recital, las cinco piezas seleccionadas de Sibelius (El Abedul, Rondino II Op. 68 nº 2, El Pastor, Impromptu Op. 97 nº 5 y Romanza Op. 24 nº 9). Música en la que, como señala con acierto Arturo Reverter en las notas, se aprecian resonancias de Chopin (en la última de las citadas) pero también de Grieg (en El Pastor). Reverter las menciona como piececillas, y no son, en efecto, nada ambiciosas ni en densidad ni en dimensiones.

Sin embargo, se trata de una música, como tantas veces en Sibelius, de rico colorido y ameno discurso, admirablemente trazado por Andsnes, que aquí lució con generosidad su ancha dinámica y sobresalientes medios técnicos. Debo confesar una cierta decepción ante la creación de Jörg Widman titulada Idyll & Abyss: Seis reminiscencias de Schubert. Aunque su breve discurso contiene ramalazos curiosos, incluido algún recurso humorístico (como el silbido del solista), y la música se escucha sin desagrado, el resultado final no termina, al menos a quien esto suscribe, de convencer, y parece de corta sustancia. Eso no puede suceder con las 3 Piezas D. 946 del Schubert crepuscular.  Partituras magníficas (especialmente la segunda) en las que, más allá de un dibujo formal relativamente sencillo (A-B-A las dos extremas, un rondó A-B-A-C-A la segunda), se esconde un clima nada fácil de desentrañar, en parte por el nada fácil equilibrio de tempo entre las secciones para no malograr la doliente atmósfera que algunos de los cambios armónicos traen consigo.

No sé si es cuestión de afinidad por esta música o simplemente necesidad de convivir más tiempo con ella, de madurarla más. Lo cierto es que el discurso de Andsnes se enfrió aquí de manera significativa, quedando estrecha la dinámica (demasiado pedal izquierdo, entre otras cosas), recortada la tensión e incluso algo descafeinado el canto en el segundo de los couplets del rondó en la segunda pieza, que reclama un canto de mucha más intensidad nostálgica (ese Schubert de la primera de las canciones del Winterreise), aquí excesivamente aligerado. Mejoró la cosa de manera sustancial en Beethoven. La Sonata nº 17 "Tempestad" tuvo tensión y temperamento adecuados en el Allegro inicial, expresivo canto en el Adagio y elegante dibujo en el final, un bellísimo movimiento que se desenvuelve muy satisfactoriamente sin requerir especial arrebato, algo que conviene a las maneras siempre contenidas del noruego. Bien dibujado, más elegante que especialmente poético, pero en todo caso refinado y convincente, el Nocturno op. 62 nº 1 de Chopin, con hermosa articulación de la serie de trinos y florituras, cuidado siempre el sonido.

En línea con lo visto en el resto del recital, la Balada nº 1 del genial polaco tuvo sus mejores momentos en el lírico y sereno comienzo, y la transición a los pasajes de mayor bravura fue dibujada con acierto. Pero esos pasajes de bravura, de mayor intensidad dramática, parecieron matizados por una indicación de permanente contención, una suerte de perpetuo non troppo. Lectura admirablemente realizada en lo técnico, pero a la que le hubiera venido de perlas un más decidido fuoco para conseguir un resultado que fue convincente, sí, pero, como la citada indicación, no demasiado, non troppo. Sorprendió, por dimensión, la primera de las propinas (la Tercera balada del propio Chopin), a la que es enteramente aplicable lo anterior. Y el cierre nos devolvió al principio: un nuevo Impromptu de Sibelius dibujado con agilidad y elegancia.