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CRÍTICA / Magnífico despliegue orquestal de la OCNE


Madrid. Auditorio Nacional. 24-VI-2018. Isabelle Faust, violín. Orquesta Nacional. Director: David Afkham. Obras de Dvorák y Strauss

Arturo Reverter

Sesión hiperromántica, de un romanticismo ya en retirada, penetrada de los aromas populares de la tierra bohemia, por un lado, y de los ecos de un descriptivismo poderoso y fluyente, por otro. Dos grandes orquestadores frente a frente y una actuación del conjunto del INAEM de muchos quilates, de la mano del persuasivo y eficiente Afkham, que supo tener bien aseguradas las riendas de la función de principio a fin. El gran despliegue que exige la monumental Eine Alpensinfonie de Richard Strauss —que no escuchábamos a la OCNE desde que la dirigiera ya hace unos años, de forma muy estimable, Juanjo Mena— nos sumergió en procelosa marea. No es fácil controlar, ensamblar y planificar todas las fuerzas reunidas y gobernar con autoridad, firmeza y claridad esa enorme masa de 130 instrumentistas. Afkham, en este caso con batuta, con su gesto algo monótono pero bien dibujado y preciso, supo llevar sus huestes por el mejor camino desde el mismo bien construido comienzo y esa ascensión hacia la aparición deslumbrante del astro rey. Todas las fuerzas se unieron en un esplendente acorde en mayor.

Nos gustaron especialmente las frases líricas de la cuerda, bien respiradas, acentuadas y diseñadas, en los episodios subsiguientes, Entrando en el bosque y Caminando junto al arroyo, y los pasajes líricos, con protagonismo del oboe (estupendo Robert Silla). Acertada entrada del órgano (Daniel Oyarzábal) en piano. Fue excelente en un principio la edificación, por tramos, del cuadro Temporal y tormenta, en el que se alcanza el clímax absoluto. Aunque, a medida que la intensidad iba subiendo hasta el paroxismo, los planos se fueron confundiendo y las texturas emborronando. Pero el recogimiento posterior fue bien tramitado a partir de la intervención de la trompa. Las volutas orquestales fueron dejando su perfume, en esos pasajes tan melosos del Strauss más lírico. Afkham supo establecer el tempo justo para que todo manara fluida y mansamente hasta la ascesis final. Las tubas Wagner acolcharon son su sordo y dulce sonido el espectro nocturnal. Un mágico glisando puso el punto final a la extensa descripción. 

Antes, el director había sabido sostener y desarrollar el bien dibujado melodismo del Concierto para violín en La menor op. 53 de Dvorák, que acompañó con cuidado a la germana Isabelle Faust, elegante, expresiva, sabedora del manejo del rubato ideal, hábil para subrayar la veta folclórica, para vibrar con ese tan trabajado y repetido tema, vigoroso y popular que vertebra todo el brillante y rapsódico primer movimiento. Salvo unos pasajes rápidos en los primeros compases, en los que la digitación no fue perfecta, todo el desempeño de la solista fue ejemplar. 

Desde la primera gran frase cantabile se hizo dueña de la situación y nos mostró su vena más efusiva trabajando sobre la cuarta cuerda en la gran expansión lírica de la última parte del Allegro inicial, en donde la orquesta acertó a plegarse exquisitamente. Antes de que Faust reprodujera de forma cristalina los expresivos trinos que anticipan el cierre del movimiento. Las manos, aquí sin batuta, de Afkham, perfilaron tenuemente las frases líricas del Adagio y se alcanzaron momentos muy bellos durante el diálogo del violín con las trompas y, más adelante, durante el pasaje camerístico de las maderas. Se acertó a marcar en el Finale, un típico furiant, el aire danzable requerido. Faust regaló un bis: un brevísima pieza llena de glisandos sutilísimos de autor, para el que firma, no conocido.