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CRÍTICA / Maestría de lenguaje y estilo


Jaén. Teatro Infanta Leonor. 27-II-2018. Festival de piano Jaén 2018. Joaquín Achúcarro, piano. Obras de Brahms, Chopin Debussy, Rachmaninov y Ravel.

José Antonio Cantón

De verdadero acierto hay que considerar que se haya contado con la participación del pianista Joaquín Achúcarro en la actuación que ha abierto el Festival de Piano de Jaén, que está llamado a complementar el evento musical más importante de los que se celebran en la capital del Santo Reino como es el Premio Jaén de Piano, que esta próxima primavera llega a su sexagésima edición como uno de los concursos más importantes de España así como de más proyección internacional. El maestro vasco se ha presentado al público jienense con un programa de hondo sentimiento romántico en su primera parte, y de exquisito impresionismo y asombroso modernismo en la segunda, en las que ha vuelto a sorprender por su dominio de lenguaje, comunicando desde su enorme experiencia como formador de varias generaciones de pianistas, y demostrando su fidelidad estilística a los diversos autores concitados en este recital.

Su maestría en esa doble faceta quedó manifiesta en la obra que abría el programa; Dieciséis Variaciones sobre un tema de Schumann op. 9 de Johannes Brahms. Previa una aclaración sobre la sustancial décima variación, núcleo de toda la obra y verdadera clave para entender los aspectos emocionales de su creación, Achúcarro deslizó sus manos sobre el teclado con dulcísimo sentido en el acompañamiento de este pasaje antes de adentrarse en el sublime contrapunto de su desarrollo que, armónicamente, estuvo tratado en un claro afán de destacar el siempre difícil canto interno que tanto caracteriza la música de Schumann y que en esta composición Brahms imita y hasta supera desde su propia voz. El más alto grado de concentración se produjo en la última variación, en la que Achúcarro en un alarde de dominio de pulsación hizo que su precioso sonido dejara una sensación casi espectral en el auditorio, después de un sobrecogedor pianississimo acorde final. 

Cuatro obras de Federico Chopin le sirvieron para demostrar hasta qué grado conoce las esencias de este músico, referente absoluto del repertorio pianístico romántico. En la Fantasia impromptu op. 66, transmitió la ensoñadora expresividad del autor desde la gracia de un particular tratamiento polirítmico, que llevaba al espectador a imaginar el primigenio estilo de interpretación de esta obra. En la Barcarola op. 60, materializó en sonidos una nostálgica estampa veneciana, haciendo natural la subdividida métrica binaria de su compás que tanto favorece a la plasticidad de su ritmo. En el Nocturno op. 9 núm. 2, dejó patente cómo el rubato es una de las señas de identidad del compositor polaco, sabiendo acelerar o retardar según el caso, al mantener en todo momento ese sentido de arrobamiento que encierra este nocturno universal. El espíritu patriótico de Chopin quedó perfectamente plasmado en su famosa Polonesa op. 53, obra en la que se pudo percibir como se sobreponía al cansancio producido por un primera parte que le obligó a transitar por diversos estados de ánimo con máximo grado de exigencia emocional.

Dos preludios de Sergei Rachmaninov abrieron la segunda parte como si sirvieran de entrenamiento mental y formal para abordar seguidamente las sublimes excelencias pianísticas de Debussy y Ravel de las que Achúcarro es un verdadero especialista. Así fue desde el primer compás de Ondine, octavo del Segundo Libro de Preludios del Claude Debussy en el que se podía sentir la plasticidad de esta alucinante música acuática. Una sensación extravagante surgía del sonido del piano en el excéntrico Général Lavine, sexto preludio de la misma colección, en el que  dejó correr su impresionista fantasía dando toda una lección de variedad de toque, cualidad que apareció con desbordante prodigalidad en el que lleva por título Feux d'artifice. El intérprete hizo honor a la responsabilidad recreativa de su función desplegando toda la luminosidad sonora de esta pieza, haciendo audibles los colores de sus complejas armonías y sus variadas dinámicas, así como las sugestivas figuraciones de las que se sirve Debussy en este referente musical del impresionismo.

El momento culminante del recital vino propiciado por la música de Maurice Ravel, concretamente por su obra Gaspard de la nuit, verdadero compendio de las excelencias pianísticas del compositor de Ciboure. Achúcarro, después de una pequeña explicación al público, destiló la mejor ilustración imaginable con el sonido del piano que, como aquel recital inolvidable del lituano Vlado Perlemuter -eminente discípulo de Ravel-, en la trigésimo sexta edición del Festival de Granada (concretamente el día 30-VI-1987), prescindió de precisión y espectacularidad técnicas en aras a encontrar el mejor lenguaje y estilos ravelianos. Así dejó una sensación de musicalidad verdaderamente excelsa en la pieza central, Le Gibet, en cuyo quejumbroso y obstinado redoble de campana llegó a ese punto en el que los grandes intérpretes marcan la diferencia con el resto de colegas, al transfigurarse en ese necesario punto de convergencia fenomenológica musical que convierte este arte en sublime misterio sonoro. Las enormes dificultades de Scarbo quedaron diluidas ante el elegante planteamiento de Achúcarro, que prefirió transmitir el mensaje con claridad armónica a arriesgarse en deshacer tal efecto forzando la exposición, evitando así la distracción del oyente, que suele ser mucho más proclive a los aspectos formales que a la sustancia musical. A su terminación mi imaginación volvió a Perlemuter que, en aquella ocasión contaba con tres años menos edad que el pianista bilbaíno, como referente absolutamente equiparable a la magistral interpretación que acababa de escuchar. 

De la trascendencia de este concierto cabe hacer mención del silencio absoluto que mantuvo el público en todo su desarrollo, hecho que adquiría singularidad en cómo respetó siempre la musicalidad de los silencios, especialmente en dejar que el sonido se diluyera en los finales, permitiendo así que el maestro disfrutara e hiciera disfrutar al oyente de esa distensión que supone la culminación de cada obra. Así, hay que decir que los aplausos fueron siempre oportunos en sus momentos y densos en su fragor al final del recital. 

Un inolvidable Claro de luna de Debussy cerró la actuación de este maestro en este primer recital del Festival de Piano de Jaén, importante suceso cultural de la provincia jienense que, desde una acertada orientación de su Diputación, deseo llegue en el futuro a constituirse en una cita obligada entre los grandes eventos musicales de Andalucía.

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