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CRÍTICA / Madrid / Júbilo y hondura, por Santiago Martín Bermúdez


Madrid. Auditorio Nacional. 14-III-2019. Liceo de cámara XXI. Daniel Sepec, violín. Tabea Zimmermann, viola. Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Obras de Beethoven, Sándor Veress y Mozart.

Santiago Martín Bermúdez

A propósito de este concierto, recuerdo algunas de las reflexiones de Ortega sobre la música. La música que está tras la cortina, que sirve de fondo y de fiesta. La música de fiesta puede tener elevado nivel, como en este caso. Como esta temprana serenata de Beethoven (op. 8), bella, con algún momento excepcional que los intérpretes elevan aún más: ese Adagio, ese segundo movimiento de siete, un episodio que acaso se compadece poco con el carácter de una serenata de fines del XVIII pero que parece arañar futuros en los dedos de este trío de músicos excepcionales. No será fácil encontrar en una sola vida una manera tan tensa y al mismo tiempo plácida de interpretar/celebrar este festejo; que es un festejo se recuerda a menudo, pero que es música susceptible de trascendencia artística (no de la otra, por favor, no) se impone por la propia lógica del solaz de estos tres virtuosos: el Allegretto alla polacca no deja de ser animado y ágil solo porque estos músicos se tomen en serio la secuencia del joven Beethoven. En serio no quiere decir grave, hay que insistir siempre en eso.

El Trío de cuerda de Sándor Veress es un díptico cuyo primer movimiento se dedica a algo parecido a una conmoción sin arrebatos y tal vez por ello más honda, mientras que el segundo da pie a juegos, a guiños, a procedimientos de provocación. Es obra de 1954, cuando el serialismo era obligatorio (por decirlo así), y tal vez por entonces ya estudiaban con él dos jóvenes apellidados Ligeti y Kurtág. En aquella Hungría que estaba a punto de estallar y de ser aplastada de nuevo, cuando Kodály resistía y Bartók había muerto apenas nueve años antes. Pero lejos. El díptico se presenta como contraste, como oposición de contrarios, o acaso como dos aspectos de un mismo mundo; en el que no faltan ni el temor ni la sonrisa (puede que más: puede que la risa).

La segunda parte la dedicaron Tabea, Sepec y Queyras al hermoso Divertimento K. 563 de Mozart. Son los tiempos de cierre (valga esta palabra: cierre) de su sinfonismo —aunque, quién iba a imaginarlo— y de culminación operística (Don Giovanni se estrena unos meses antes). No renunciaba Mozart al regocijo en esta serie dedicada a un hermano masón, pero con ello realizaba una incursión en el trío de cuerda, en unos años en que frecuentó el cuarteto con aportaciones decisivas (quedan atrás los Cuartetos ‘Haydn’, son inminentes los Prusianos). Los tres virtuosos se toman muy en serio este trío en seis movimientos (también aquí hay un hermoso Adagio) y el resultado es uno de esos momentos de alto nivel artístico en los que no hay ni magia ni fascinación, sino el viaje sorprendente por los recodos de una secuencia en la que todos los humores parecen desplegarse con emotiva presencia. En fin, un concierto extraordinario. Había un deseo implícito en buena parte del público: queremos volver a veros y oíros con otro repertorio. Me pongo a fantasear y me digo: cómo harían Tabea, Sepec y Queyras el Trío op. 45 de Schoenberg (acaso lo hayan tocado ya, pero no he sabido localizar el dato). ¿Lo repito? Un concierto de un grandísimo nivel artístico y emotivo.