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CRÍTICA / Música en tiempos de Murillo


Vélez Blanco. Claustro del Convento de San Luis. 20-VII-2018. XVII Festival de Música Renacentista y Barroca.  Marta Infante, mezzosoprano. Manuel Vilas, arpa de dos órdenes. Obras de Durón, Fernández de Huete, Marín, Del Vado y anónimas (manuscritos Contarini, Guerra y Verdú).

José Antonio Cantón

Dedicado al siglo del gran pintor barroco sevillano Bartolomé Esteban Murillo, del que este año se cumple el cuarto centenario de su nacimiento, el Festival de Música Renacentista y Barroca de Vélez Blanco ha querido realizar un recorrido musical, histórico y cultural por la España y la Europa del siglo XVII con la programación de doce conciertos, cuatro cursos en su Academia de Música, un ciclo de conferencias y dos seminarios, uno de ellos dedicado complementariamente al arte culinario en la Edad Moderna, que tendrá como colofón la cena renacentista que cierra el Festival con el acompañamiento musical del Ensemble La Danserye. Con estos contenidos, la localidad de Vélez Blanco se convierte en un especial foco de atención musical y cultural del verano andaluz.

Su concierto de apertura ha estado protagonizado por dos excelentes intérpretes de música antigua como son la cantante Marta Infante y el arpista Manuel Vilas, que han ofrecido un escogido repertorio de tonadas y zarzuelas barrocas que han hecho las delicias de un público naturalmente identificado con la belleza del recitado que abría el programa, Rompa el aire del madrileño Juan Hidalgo, considerado el padre del arte lírico hispano, y dos tonos de su zarzuela Los celos hacen estrellas en los que la cantante encontró la plenitud de su voz, que se pudo disfrutar en toda su magnitud en el titulado Tanta copia de hermosura perteneciente al Manuscrito Contarini, archivado en el palacio con tal nombre existente en Padua. Su canto fue toda una lección de afinación, colocación, emisión, acentuación semántica y dicción, alcanzando enorme sensibilidad cuando apianaba a mezza voce y en sus fiati, realmente asombrosos. Todo ello con un Manuel Vila que, como contraste a su bajo obstinado, improvisaba con la gracia y espontaneidad de un músico consumado de precisa y cálida expresividad, cualidad que anticipó en dos piezas instrumentales, Canción valenciana y Canarios de Diego Fernández de Huete, prestigioso arpista de la Catedral de Toledo, del que se sabe poco para la trascendencia que tienen sus investigaciones en teoría y práctica instrumental.

El recital continuó con el anónimo tono Yo madre del ciego Dios sobre textos de Calderón, para después de una precisamente recitada pieza de Juan del Vado, Molinillo que mueles amores, producirse el segundo gran momento de la velada como fue la soberbia interpretación de los encadenados pasajes, aria, recitado y coplas, que contiene el título Sosieguen, descansen perteneciente a la zarzuela Salir el amor del mundo del insigne organista y maestro de capilla Sebastián Durón, con la que este dúo llegó a un verdadero grado de excelencia. Para serenar emociones, Manuel Vila recreó con sumo gusto dos pequeñas piezas instrumentales anónimas que llevan por título Sarao, que tocó con gran sentido ceremonial, y Gitanilla, que transmitió con la gracia propia que pide su asemejado aire de fandango. Un tono del Cancionero de Verdú, No hay más Flandes, sirvió de introducción a los tres últimos de José Marín que cerraban este delicado, íntimo y precioso concierto inaugural del festival, antes de la sorpresa que supuso su bis, la tonadilla El mirar de la maja de Enrique Granados transcrita del piano para el arpa española de dos órdenes, que significó un precioso contraste estilístico de románticas sensaciones. Se terminaba así una espléndida actuación que augura un emocionante Festival de especiales experiencias, que nos va hacer imaginar y vivir uno de los periodos más ricos de nuestro pasado musical.