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CRÍTICA / Mágica deconstrucción


MÁGICA DECONSTRUCCIÓN

Murcia. Auditorio Víctor Villegas. 22-02-2018. Grigory Sokolov, piano. Obras de Haydn y Schubert.

       José Antonio Cantón

Solo en contadas ocasiones un solista viene a ocupar un lugar en la programación estelar del Auditorio de Murcia como es la que ofrece en su Ciclo de Grandes Conciertos. Ha sido en este caso el pianista petersburgués Grigory Sokolov la excepción de esta regla, generando su presencia tanta expectación en el público como la que se produce con las más admiradas formaciones orquestales. La espectacularidad de virtuosismo no es el adjetivo más adecuado para las obras que interpretó en este recital, especialmente por Haydn, dado que su repertorio para piano se crea en el periodo de transición estilística del barroco al clasicismo en el que el pianoforte empezó a ser el destino de la música para teclado con cierta inestabilidad derivada de los constantes progresos técnicos que se iban incorporando a su construcción en aras a mejorar y personalizar su sonido, evolución que tuvo su máxima correspondencia creativa en la obra para teclado de Beethoven.

Grigory Sokolov, para ofrecer una idea panorámica de tal realidad, ha querido interpretar tres sonatas del amplio catálogo sonatístico del padre del clasicismo musical, en las que ha partido de un planteamiento métrico y temporal orientado sustancialmente a desentrañar cada uno de los instantes de estas obras con evidentes sentido deconstructivo, como queriendo hacer un análisis crítico de la expresividad de cada nota, buscando el sentido profundo de su razón de ser en el pentagrama. Este gigante de la recreación musical al teclado, que ha llegado a ser considerado por el ya centenario diario alemán Berliner Morgenpost como posiblemente el más importante pianista vivo, ha transitado por la música de papá Haydn con la naturalidad de un aprendiz de brujo goethiano que intenta descubrir los íntimos secretos musicales del compositor austriaco incorporando a cada pulsación el inmenso valor de su excelsa experiencia de intérprete que rompe con las más sólidas referencias del pasado y del presente. Se puede hacer siempre una valoración técnica y analítica de una versión musical, pero en el caso de Sokolov tal propósito viene de inmediato superado por la inmensa riqueza de la información sonora que nace de sus manos, haciendo que el oyente quede abrumado por la amplitud de matices, nuevos destellos sónicos, audacias rítmicas y su particular planteamiento fenomenológico de discurso, que significa siempre un verdadero desafío para la percepción del escuchante más avezado en el arte del piano. 

Estas consideraciones quedaban corregidas y aumentadas en la segunda parte del recital que estuvo ocupada íntegramente por Cuatro Impromptus, D.935 de Franz Schubert en los que fue más acusada aun su intención de oponer de manera dualista el pensamiento musical del posiblemente melodista puro más destacado de la historia de la música, como se puede inferir de su autoridad como "liederista". Sokolov mantuvo una constante dialéctica en su discurso, llevándola a su máximo grado en el tercero, sabedor de la predilección que Schubert tenía por la melodía que lo sustenta; la contenida en el interludio al acuarto acto de su incidental Rosamunda. Cada una de sus cinco variaciones quedaron integradas en el noble resonante carácter de la tabla armónica del instrumento, como justificando el invento y la necesidad de este elemento del piano, hecho que quedó rubricado con la coda, en la que Sokolov se recreó hasta extremos casi insoportables de melancolía.

Ante el delirio de un público absolutamente entregado a este maestro del piano, éste entró en la habitual tercera parte de su actuación integrada por seis bises, donde no faltó su espectacular versión clavecinística del rondó Les Sauvages de Jean-Philippe Rameau junto a tres pequeñas obras de Chopin, destacando por la sutilidad de su sentido lúgubre el Preludio, Op.28/15, con el que alcanzó un grado de serena indiferencia desde el más absoluto control expresivo de sus repetidas notas. Quiso contrastar la tensión emocional alcanzada con esta pieza con una delicadísima versión del Vals nº 2 en Mi menor de Alexander  Griboyédov, cuyo tempo llevó Sokolov al límite de la ruptura, dada la inquietante lentitud de su exposición. Después de los telúricos ataques con los que inició el Preludio en Do menor, nº 20 del músico polaco, entró en una especie de ambiente sonoro de etérea respuesta. No satisfecho con tan variados pianísticos estados de ánimo, terminó definitivamente con la dolorosa música que encierra el Cuarto preludio en Mi menor, Op. 11 de Alexander Scriabin con el que, desde un sosegado tempo que acentuaba su mística sustancia, quiso despedirse de un auditorio totalmente rendido a la excelencia de su mágica pulsación.

Grigory Sokolov demostró que, pese a no disponer del mejor instrumento deseable, pudo transformar su heteróclito sonido en música buena, hermosa y verdadera, sorprendiendo por elevación una vez más a todos aquellos que, conocedores de la grandeza de este pianista, han disfrutado de su arte en pasadas ocasiones.

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