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CRÍTICA: Los colores de Till Fellner


Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). Ciclo Grandes Intérpretes Fundación Scherzo. 21-X-2016. Till Fellner, piano. Obras de Schumann, Beethoven y Bach.

Blas Matamoro

Un programa curiosamente organizado brindó Till Fellner en el Auditorio Nacional el pasado día 21. Abrió y cerró Schumann (Papillons y Humoresque), siguió la beethoveniana Quasi una fantasia y, entre medias, dos momentos extraídos de El clave bien templado de Bach. Todo estuvo compaginado estrictamente en torno a la idea de fragmento: Schumann que es siempre fragmentario, unos trozos bachianos y un Beethoven donde, como a menudo el gran sordo, especula con un pegote de fragmentos de obras no terminadas, ofreciendo una formalidad experimental porque si ha habido un músico experimental, fue él.

Es difícil elogiar a Fellner. Hay que caer en los lugares comunes, merecidamente adjudicados al gran pianista austriaco. Su exquisito sonido, su digitación impoluta, su fraseo cuidado al segundo, sus controlados contrastes de expresión, su señorío estilístico que le permite hacer cantar toda la música, en el caso, de Bach a Schumann pasando por Beethoven.

Me quedo en un solo aspecto, su utilización del color. Siempre que se habla de sonido musical, hay que echar mano de categorías de otras artes que no involucran sonidos (los de la poesía son virtuales). El Schumann de Papillons se pintó con colores lisos y decididos como los que se usan para los muñecos de feria. En cambio, el de Humoresque es un óleo pastoso de gama oscura, con algunos filtros de luz interpuesta por la niebla. Bach tiene el color de un mueble añoso al que los sucesivos lustres han convertido en una piedra preciosa de intenso rojo telúrico. Beethoven es una textura de tinta china sobre papel verjurado. Negro sobre blanco y colorido a elección del escuchante.

Fellner es cinéfilo y su música, como vemos, admite ser visual. Incluso, por el hecho de que fluye en el tiempo, según siempre ocurre con la música, porque construye unos filmes imaginarios. Son estrenos. Un gran artista de la interpretación es capaz de estrenar a los clásicos cada vez que los ofrece. Ver, oír y sentir a partir de la chistera mágica que puede ser, apropiada por Fellner, la caja armónica de un piano.