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CRÍTICA / Llamada a la discreción y a la exquisitez


Madrid. Auditorio Nacional. 18-IV-17. Ciclo Grandes Intérpretes Fundación Scherzo. Angela Hewitt, piano. Obras de Bach, Ravel y Chabrier. 

Arturo Reverter

La pianista canadiense de ascendencia inglesa Angela Hewitt (Ottawa, 1958) debe de ser muy poco conocida por nuestro público, lo que quizá explique —partido de copa de Europa aparte— que el Auditorio madrileño presentara un aspecto casi desolador: como mucho media entrada. Lástima porque los que no estuvieron se perdieron un concierto francamente bueno. La artista se acerca a la música bachiana de manera franca, limpia, libre de gangas, con un sonido muy bello, muelle y matizado y un uso muy juicioso del pedal. Vislumbra bien las estructuras, los giros, las intensidades, airea las líneas sin perder el norte de la forma, con lo que el mensaje bachiano nos lleganítido y claro. Lo ha dejado demostrado en muchas ocasiones, en sus clases magistrales —impartidas ahora en Londres—, en sus grabaciones. La integral del Clave bien temperado en cuatro preciosos discos Hyperion (2007-2008) es una auténtica joya, que viene acompañada además por un espléndido análisis de cada composición.

En este concierto ha bordado las Partitas nº 1 y nº 4 revelando pulsación ligera, amenidad y sentido del ritmo, de la danza, concepto sobre el que diserta Santiago Martín Bermúdez en sus excelentes notas al programa. Los colores que Hewitt extrae del teclado, los claroscuros que abre con el advenimiento de cada modulación toman cuerpo y significado muy aclaratorios. Sucedió, por ejemplo, en la Allemande de la primera composición. Trinos modélicos, sonoridades fortepianísticas en la Sarabande, acentuación excitante en el 3/4 del Menuet I. Los dos episodios de la Obertura a la francesa de la Partita nº 4 fueron debidamente contrastados, como bien servida la agitación rítmica de la Allemande y las síncopas del Aria. En la Sarabande nos hipnotizó el sugerente y original manejo de los silencios. La Gigue fue ejemplar en el desarrollo de ese extraño compás de 9/16 y en la clara superposición de los dos motivos al final.

Las cinco Sonatas de Scarlatti tuvieron más de danza abstracta en sus curiosas acentuaciones, en sus figuraciones, en la forma de plantear las modulaciones, en sus ligaduras que de danzas chispeantes y vigorosas. Exposición menos staccato de lo habitual, lo que es una manera de ver estas obras. Con todo, la pianista nos encandiló con su elegante interpretación de la famosa K 380, a la que no le faltó el aire cuartelero que imponen sus toques a rebato. La K 24 fue servida de forma fulgurante con sus excitantes notas picadas.

La Sonatina de Ravel tuvo, en sus tres movimientos, una recreación cristalina y poética, mientras que la Bourréefantasque de Chabrier fue diseñada con imaginación y una singular y espejeante claridad en la zona superior del teclado, con sonoridades de carillón. El Claro de luna de Debussy, bis tocado introspectivamente, puso fin a un recital espléndido, variado y de evidente altura interpretativa en el que brilló el magisterio de Angela Hewitt, artista sobria, discreta, musical, exquisita.