Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Lección magistral en el Festival de Granada

CRÍTICA / Lección magistral en el Festival de Granada


Granada. Patio de los Arrayanes de la Alhambra. 26-VI-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Pierre-Laurent Aimard, piano. Obras de Debussy, Bartók, Dukas, Goossens, Malipiero y Stravinski.

José Antonio Cantón

De verdadero acontecimiento hay que considerar la visita al Festival del pianista lionés Pierre-Laurent Aimard interpretando un programa monográfico dedicado a Claude Debussy. Tenido como uno de los más admirados intérpretes de música contemporánea para teclado en los últimos cuarenta años y destacado miembro del prestigioso Ensemble InterContemporain desde su fundación por Pierre Boulez en 1976, ha convertido su recital en una verdadera lección magistral de la rica y particular estética pianística del gran compositor francés, del que este año se cumple el centenario de su muerte.

Aimard ha querido empezar su actuación con cinco obras para piano de las diez que integran un conjunto titulado Tombeau de Claude Debussy estrenado en 1921, en el que participaron importantes compositores aportando cada uno un pequeño homenaje póstumo a su figura. Inició el recital con la tercera pieza de la colección: un Lento de Gian Francesco Malipiero que sirvió para crear un elegíaco ambiente sonoro dentro de un manifiesto estilo "debussyano". Le siguió un muy personal Sostenuto, Rubato de Béla Bartók, de clara referencia folclórica, para continuar con esa imitación que Eugène Goossens compuso en su Hommage à Debussy, y terminar con la transcripción para piano de un fragmento sinfónico de Stravinski y la pieza titulada La plainte, au loin, du faune de Paul Dukas, donde éste también siguió los postulados impresionistas del admirado compositor.

Después de estas pinceladas elegíacas, Pierre-Laurent Aimard inició la interpretación del primer libro de Images, obra capital de la literatura pianística de Debussy. Con una sonoridad llena en matices derivada de una técnica de pedal sorprendente tocó Reflets dans l'eau con exquisita sensibilidad, en los que podía oírse ese imaginable silencio interválico como elemento sustancial de la extraña musicalidad de esta singular página. En el Hommage à Rameau, Aimard jugó con las dinámicas hasta límites insospechados manteniendo una homogénea serenidad en su aire de zarabanda,  realzada por la sonoridad pentatónica, que le llevaba a canturrear, bouche fermée, como refuerzo y guía de su dicción al teclado. Este hecho extraño para el oyente reflejaba hasta qué punto el intérprete tenía interiorizada esta pieza, teniendo necesidad de un leve canto. La velocidad que requiere Mouvement impedía se articulara éste, lo que redundó en beneficio de la percepción del obstinado ritmo de la obra que se cargaba de embrujo con sus casi imperceptibles prolongados rubati.

En el segundo libro, supo oponer con claridad los dos ambientes que contiene Cloches à travers les feuilles flexibilizando su muñeca derecha ante la dosificada tensión que se requería en su mano izquierda, demostrando un admirable mecanismo, que le permitió transmitir la belleza de esta música, procurando goce inmediato en un atento oyente, que pudo sentirse atrapado por ella. Marcó el carácter de ensoñación de Et la lune descend sur le temps qui fut con flotante elegancia, como queriendo pintar con sonidos la luz del astro nocturno penetrando en un paisaje. Puso término a la primera parte del recital con una versión de Poissons d'or de refulgente y centelleante luminosidad.

El recital entró en su parte decisiva con los Douze Études, L.136 en los que Aimard quiso demostrar el gran trabajo de digitación efectuado ante la ausencia de indicaciones al respecto en la partitura de esta obra maestra del piano. Así ha conseguido llegar a una asombrosa claridad de exposición realzando los estados de ánimo que quiso manifestar el autor en cada estudio. Desde el carácter irónico del primero que evoca la figura de Carl Czerny, pasando por el sentimiento nostálgico del dedicado a las terceras, encontró esa distante sensación sonora en el de cuartas e intencionada frescura saltarina en el escrito para sextas. Resolvió con manifiesta capacidad lisztiana el de las octavas, llegando a máximo virtuosismo en el acrobático estudio en el que Debussy prescinde de los dedos pulgares, pieza muy difícil de escuchar en vivo ante el desafiante reto técnico que comporta su ejecución.

De la segunda media docena hay que resaltar el que explora la sonoridades opuestas, noveno de la colección, donde el pianista hizo una auténtica exhibición del lirismo, llevando al máximo grado de expresividad las intensidades más sugestivas y los timbres más desestabilizados imaginados en un piano, y alcanzar así los registros, matices, dinámicas, tempos y velocidades que Debussy propone en esta obra que le sitúa entre los más grandes creadores de la historia de música para teclado. El magnetismo que irradió en el último estudio, Pour les accords, quedó  rubricado con una extraordinaria interpretación de su lento central, contrastando así de manera magistral su desarrollo percusivo. 

Con intérpretes como Pierre-Laurent Aimard se garantiza ese ideal binomio de intelecto y estética, que cada vez se hace más necesario ante la creciente impostura que actualmente oprime al verdadero arte. Su actuación ha sido uno de los grandes aciertos de la presente edición del Festival por la sinceridad, sensibilidad y destreza en un selectísimo repertorio cuya interpretación sólo pertenece a músicos elegidos.

(Foto: José Albornoz)