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CRÍTICA: Le Cinesi, una ópera de cámara de Manuel García, el gran sevillano


Madrid. Fundación Juan March. 9/16-I-2017. Manuel García, Le Cinesi (ópera de salón en un acto a partir de un libreto de Metastasio). Marina Monzó (Lisinga), Cristina Toledo (Sivene), Marifé Nogales (Tangia), José Manuel Zapata (Silango). Dirección musical y piano: Rubén Fernández Aguirre. Dirección de escena: Bárbara Lluch. Escenografía: Carmen Castañón. Figurines: Gabriela Salaverri.

Santiago Martín Bermúdez

Los libretos de Metastasio llenan todo un siglo, el XVIII, y parte del siguiente. Hay otros libretistas, desde luego, en esa larga centuria, pero las obras de Metastasio sirven una y otra vez para que diversos compositores hagan sus versiones, con pequeñas o grandes variantes en la letra, pero siempre con la obra de Metastasio como base y como desarrollo. Pensemos que Mozart compuso La clemenza di Tito cuando ya existían más de cuarenta óperas basadas en los líos de esos seis personajes de Metastasio (y hubo algunas más, incluso en el XIX). Ahora bien, Metastasio no siempre compuso opera seria; también tiene textos como Le Cinesi, que no es buffo, pero que es comedia elegante de tema contemporáneo, con toques de eso que con el tiempo se llamará alta comedia (la de los triángulos, no la de la crítica social) y que aquí está solo esbozado.

Le Cinesi respondía a la curiosidad (más que fascinación) que despertaba Oriente, lo mismo que la turquerías tipo El rapto en el serrallo (vendrá más tarde la chinoiserie, y tratará de quedarse con todo). No es exactamente un texto operístico independiente, sino que en su origen fue introducción a un gran ballo cortesano (Viena, 1735, Caldara), aunque con el tiempo otros compositores lo adaptaron a circunstancias distintas; esto es, se siguió componiendo música a partir de este texto breve, leve, con una banalidad aparente y en el que se discuten estéticas, éticas y hasta se desarrolla un triángulo que puede ser cuadrilátero, puesto que hay una hermana del galán que manda mucho (espléndida, la muy joven Marina Monzó). Hasta llegar a la composición del sevillano Manuel García, el padre de María Malibrán y Pauline Viardot y gran tenor que hizo un Otello (de Rossini, claro) dicen que memorable. Es operita parisiense de 1831, y leemos lo siguiente en el excelente libro publicado por la Fundación March para ilustración de este espectáculo (creemos que se puede consultar y descargar desde la página desde la Fundación): "La obra se presenta como 'ópera de salón', mención que revela con claridad la transformación de los espacios, los intérpretes y el público ocurrida en aquellos años como anuncio de la nueva centuria. El libreto, concebido originalmente para un entorno cortesano e interpretado por miembros de la aristocracia, pasa ahora al salón burgués de manos de cantantes profesionales (o estudiantes que aspiraban a serlo)".

La Fundación Juan March y su proyecto Teatro musical de cámara ha caminado ya lo suficiente como para que comprendamos el sentido de sus recuperaciones y experimentos. Después de obras como El pelele, Fantochines o Mavra, este año se abre la nueva tanda de experiencias con esta preciosa obra de Manuel García, Le Cinesi; y  vendrá esa  joya de Rimski que es Mozart y Salieri, una de las quince óperas del compositor ruso; esta, a partir de una de las micro-tragedias morales de Pushkin. Son siempre obras breves, con elementos limitados de reparto o escena.

En el próximo número de SCHERZO se dará cuenta del estreno de Le Cinesi. De momento, levantamos acta, cual si fuéramos notarios, de esta recuperación. No es cuestión de extenderse ahora en críticas. Tan solo recordar que se trata de una obra con acompañamiento pianístico (excelente, como de costumbre, Rubén Fernández Aguirre). Y que el trío femenino cumplió con voces, y en parte con sentido de la comedia. Algo que le faltó, ay, al tenor José Manuel Zapata, poco actor; y que uno diría que es más bien barítono martín que tenor. La dirección de escena de Bárbara Lluch cuida el detalle y la relación entre los personajes, y no es responsabilidad suya cierta falta de agilidad escénica en el reparto, ni lo es de algunas de las cantantes, que responden con niveles muy distintos (Marina Monzó, Cristina Toledo y Marifé Nogales). Como siempre, los figurines de Gabriela Salaverri son bellos y contrastados, mucho más allá de un toque de color. La escenografía de Carmen Castañón es sabia por la manera de sacarle partido al reducido fondo de la sala de la Fundación March; sabe usar de esos biombos y ese mobiliario, sin duda apoyada para muebles y bibelots por Cristina Martín.

Pero lo que importa es que se ha recuperado otra obra oculta por el tiempo, y que ahora existe como grabación audiovisual —siquiera privada— y como versión crítica de la partitura. Esa es la misión que cumple desde hace casi tres años la Fundación March y su proyecto llamado Teatro musical de cámara, con sus funciones para público general y otras para público juvenil en sesiones llamadas didácticas. Felizmente, la pedagogía no tiene nada que ver con esto. ¿Se imaginan a uno de esos doctos pedantes de la pedagogía clamando que una ópera así (acaso cualquier ópera) nada tiene que ver con la experiencia, la vida de los chicos? Por el momento, algunos privilegiados educandos han accedido a una obra así, siquiera con las limitaciones señaladas. Magnífico.